Este cuento ha ganado el primer premio en el concurso "Búsqueda" auspiciado por la Secretaria de Cultura de la Provincia de Neuquén y ha sido publicado en la Antología de cuentos "Búsqueda". También fue analizado por la revista "Luna Llena" y el autor, que leyó asombrado el artículo, agradece enfáticamente a los comentarios de Luis M. Ross coincidiendo con las críticas y no tanto con los elogios. EL CUADRO Un campesino encontró un cuadro caminando por terrenos vírgenes. Era un óleo que representaba a un bosque de arrayanes. Abundaban los colores opacos, esencialmente el marrón para los troncos y el negro para las sombras. Se advertía, aún sin luna, que era de noche y unas estelas de niebla flotaban góticamente. Por otra parte, tenía marcos de fino bronce, con animales mitológicos tallados. Lo llevó hasta su casa y lo apostó en la pared frontal a su cama. Acostumbrado a lo rústico, era una suntuosidad que compensaba la monotonía de su trabajo y de sus hábitos. Vivía en soledad y en períodos de seis o cuatro meses le visitaba su hijo. Después, en sus meditaciones, se repasaban algunos fragmentos de los diálogos y, también, de las posibles variantes en que se hubiesen convertido esos diálogos y las posibles respuestas que él le hubiere dado. Algunas veces, también, recordaba a su ex mujer. Tenía la sospecha de que su reemplazante, o sea quien ahora pasaba las noches con ella, era dueño de una importante fortuna económica. Una mañana se despertó con un raro miedo. El sol invadía por el ventanal y se reflejaba en los marcos de bronce del cuadro. Al mirarlo, el reflejo, como un disparo, acertó en sus ojos y así el cuadro parecía estar atrás de un vidrio empañado. Entonces creyó ver, asomando desde atrás de uno de los arrayanes del bosque, el dibujo de un diablito. Se refregó los ojos y ya no había nada. Esa noche creyó nuevamente verlo. Parecía el dibujo de un diablito que lo espiaba desde atrás de uno de los árboles del bosque. No podía estar seguro de no haberlo visto. Aunque cuando fijó la vista se esfumó, no podía estar absolutamente seguro de no haberlo visto. Durante las semanas siguientes le pareció verlo otras veces. Algunas noches, cuando volvía de trabajar, o antes de irse a dormir, siempre de reojo, lo encontraba espiando desde atrás de un árbol e inmediatamente se desaparecía. Tal vez escondiéndose en el interior del bosque. Apenas lo tenía en cuenta, sólo le quitaba algo de su atención y, cuando lo recordaba, lo hacia sin miedo. A veces hasta le resultaba divertido. Una broma intimista consigo mismo, jugar a descubrir al personajillo que se escondía en algún lugar del bosque. El pequeño demonio -o lo que creía ver- estaba muy toscamente dibujado. Rudimentario y simple, era de palitos, con la cabeza de un triángulo, el tridente y los cuernos. Tal cual el dibujo que un niño hubiera hecho con un crayón... sin embargo tenía algo, una gracia especial, porque parecía vivo. Andrés (así se llamaba) se juntaba todas las semanas a jugar al póquer con dos campesinos aledaños. Uno de ellos tenía un nombre que para él era un poco raro: Menas. El otro se llamaba Santiago, pero ellos le decían "Panza". En esos tiempos, había comenzado a crearse una pelea con Menas. Las apuestas no eran de dinero, eran de tiempo de trabajo y, contra la inocuidad que al principio le atribuían, apostar tiempo de trabajo alentaba los rencores. Se sentía alegre porque había ganado las últimas veces, pero ahora su deseo era que Menas no vuelva a perder. Y al oír el ruido de los caballos golpeando el camino de tierra, indicación de que llegaban, sintió incomodidad. Pero no venían los dos sino sólo Panza. El vecino que vivía más cerca. Encendieron la chimenea y organizaron las cartas para el póquer. Panza, al igual que las otras veces, parecía intrigado por el cuadro y lo observaba meditabundo. - ¿Tirado en el campo me has dicho que lo encontraste? Andrés sospechaba que se había volado del cargamento de algún camión y se lo dijo. También le dijo que, de todas maneras, lo que más le sorprendía era que ni el rocío ni las lluvias lo hayan estropeado. - Pudo haberse caído el mismo día, antes del rocío. Ahora que lo pienso, alguna vez creo que vi camiones que cargaban muebles por esta zona. Panza a lo seguido cambió de tema. - ¿Crees vos en la luz mala? - ¿Esa superstición?... No... acá en Argentina la gente dice cualquier estupidez...un poco de mate y de aburrimiento y nacen esas leyendas... - aguardó unos segundos reflexivo antes de continuar - ... ¿Por qué me lo preguntas?... - ...La otra vez yo estaba muy angustiado... vas a decir que estoy mal de la cabeza... pero... la otra vez estaba muy angustiado ...¿Y de dónde venia la angustia?... ¡No tenía motivos para angustiarme!...Creí que eran olas de angustia que estaban afuera de mí... que venían desde lejos avanzando por el campo y cuando llegaban hasta mí me sacudían los pensamientos.... Había niebla.... y creí ver una luz... Tal vez la angustia venia desde la luz.... Lo interrumpió. - ...¿Y si la angustia venía de adentro de tu cabeza?... - ..Yo no soy nada de creer en esas cosas... la luz mala...¡que estupidez!... pero porque... es raro que un lugar tan tranquilo como este sienta esas angustias... Golpearon la puerta y segundos después ya los tres se hallaban, listos para el juego, hablando de cómo habían pasado la semana. No continuaron la conversación de la "luz mala" porque Menas, el recién llegado, era un hombre típico del campo, un gaucho fiero, hasta llevaba una cicatriz de una pelea con facón... no era un hombre para hablar de esas cosas. Andrés lo miraba con otra angustia. La angustia concreta de pelearse por el póquer. En el tiempo de espera en que se repartían las cartas, en cada "mano", él lo indagaba ... ¿era Menas capaz de enojarse hasta llegar a una pelea? Allí el pueblo más cercano se situaba a cientos de leguas, si se peleaban el único límite lo tendrían que poner los propios peleadores y, pensaba, el límite quizá no serían las armas. De vez en cuando, también, se fijaba si en el cuadro asomaba el pequeño diablo... no sentía miedo, sólo un poco de sarcasmo y de ironía. "A ver mi amigo. A ver si me das un saludo" decía para sus adentros. Las primeras buenas cartas que recibió fueron un "color" de corazones y lo relacionó con su ex mujer, burlándose de sí mismo. Tiempo después tuvo un "full" y obtuvo una importante cantidad de fichas. El juego se fue desenvolviendo de tal modo que el montoncito de fichas de Menas disminuía y el de él aumentaba, tal cual había ocurrido las últimas veces. Panza ganaba o perdía en intervalos cambiantes; sin embargo, también se preocupaba por la creciente bronca de Menas, por el riesgo de una pelea entre Menas y el anfitrión. Cuando finalizó el juego Menas se despidió saludando con un "Hasta luego" general muy tranquilo y algo seco. Cabalgó sin lentitud pues esta vez no esperaba a Panza. A pesar de que Panza siempre lo acompañaba un tramo del camino de vuelta. Una gran bronca y una gran frustración marcaban su ánimo. Había perdido más que las veces anteriores, así ya no le quedaba tiempo libre. Todo lo contrario de lo que ocurrió, él había ido a jugar para ganarse un descanso que le compense el excesivo trabajo. En sus pensamientos se repasaban las jugadas en las que más fichas había perdido. Eran casi todas jugadas en donde se había enfrentado con el anfitrión, o sea, con el dueño del cuadro. Al caballo lo sentía perezoso y lento, a la montura la sentía incómoda y, cuando tuvo que detenerse por la tranquera, casi eran golpes sus palmazos a los mosquitos. Cerca de la mitad del camino sintió un miedo que no pudo explicarse. Era un miedo que se había impuesto sobre la bronca, un miedo cada segundo más intenso. Nada raro ni amenazante sucedía. Ningún cambio repentino, ningún aumento en la densidad de la niebla. Le parecía, por momentos, que el caballo se conducía por si solo. Tal cual si las riendas se movieran en falso. También le parecía que, de un momento a otro, le estuvieran por tocar el hombro. Era como si lo estuviese acompañando una presencia y, a veces, fantaseaba que las vacas corrieran la cabeza para seguirlo con la mirada. Cuando llegó a su casa se despabiló del miedo. Le restó importancia y lo olvidó. Ahora pensaba nuevamente en la derrota en el juego. Más de una vez Andrés, así se llamaba el dueño del cuadro, le había contado que su hijo lo visitaba y hasta le había citado algunos fragmentos de los diálogos que con su hijo tenia. Menas, ahora, se imaginaba a Andrés diciéndole a su hijo: "Acá en realidad no trabajo nada pues siempre ganó al póquer... y los vecinos trabajan por mí... ellos hacen mi trabajo" Mientras tanto, el dueño del cuadro, Andrés, meditaba sentado sobre la cama. Se sorprendió de sentir un miedo repentino. El viento agitaba las ramas de los eucaliptos pero ya conocía de siempre ese ruido. No era para tener miedo. El cuadro, reflexionó, tenía una esencia misteriosa. Como un resplandor invisible que, de alguna manera, se notaba. Junto con los colores sombríos propios de la representación, un bosque al anochecer o a una hora de escasa luz solar, coexistían flores rojas. Estas flores aparentaban ser gladiolos, su color era similar al rubí y brillaban como si fuesen brazas encendidas. Las veces en que había creído ver al pequeño diablo, este era del mismo color. Quizá el diablo, pensó, era una ilusión óptica que echaba mano de las flores para fabricarlo. Podría ser, también, un truco intencionalmente buscado por el macabro pintor. " ...¿Por qué este cuadro me da miedo?...¿Qué es lo que tiene?..." A la mañana siguiente se despertó un poco más tarde que de costumbre. Ya no recordaba nada de la noche anterior y tarareaba una samba. Sentía mucha satisfacción por su ganado tiempo libre. Llevó una silla junto con un mate y un pan horneado al jardín. Al poco tiempo, en el horizonte vio una silueta borrosa que se engordaba, no la distinguía bien pues el sol matinal era encandilante. La silueta se transformó en una sombra y después en un hombre que se acercaba a caballo. Era Menas y cuando estuvo a unos pocos metros pudo advertirle el gesto adusto. - ¿Disfrutando de esta espléndida mañana, mientras que tu amigo hizo ya el trabajo? Recordó que, mientras se despedían, la noche anterior, Panza le había dicho: "Menas se enoja porque pierde. Eso no es de un hombre. Y si no le gusta perder que no juegue" - ¿Por qué callas? ¿La vagancia te ha vuelto mudo?....Puedes hablar.. al fin y al cabo no es tanto esfuerzo... Como pudo le respondió que así eran las reglas del juego. Creyéndose simpático, agregó que en la próxima partida tal vez podría tocarle ganar a él. Entonces Menas subió aun más el tono de voz, casi hasta el grito. - ¡Ya decía yo que la pereza ordena las ideas! - puso voz de falsete - "La próxima vez podrá tocarme a mí"... - volvió a su voz ronca - muy cierto. Escucha bien esto... la próxima me va a tocar a mí. Pero no va a ser la semana que viene ni vamos a jugar los tres... Dejó un silencio que parecía disfrutarlo. Por debajo del sombrero apareció una mueca cínica tan grande que casi ocultó la cicatriz que Menas sufría en su rostro. - La próxima vez, caballero, será hoy por la noche y solamente estaremos tu y yo. - luego de unos segundos continuó - Hoy a las once de la noche voy a tocar la puerta de tu casa y hoy a las once de la noche tú me vas a abrir. Dicho esto, dio un fustazo al caballo, se sostuvo el sombrero a modo de saludo y se fue. Cuando ya se alejaba, Andrés lo seguía con la vista imaginándose lo que seria pelearse con él. Se imaginaba a Menas usando un gran cuchillo y a él usando otro gran cuchillo. Los dos dando vueltas en círculos, uno enfrentado al otro, sin decidirse a tirar la estacada. Su preocupación no era por él, era por su hijo. El riesgo era abandonarlo... la orfandad, dejarlo solo en el mundo. Su hijo lo tenía a él y casi a nadie más. Si le pasaba algo, este quedaría sin ningún confidente, quedaría solo, sin su padre. Menas de allí no fue a su casa. La rutina de trabajos le quitaban el tiempo necesario para los viajes de ida y de vuelta. El día anterior había solucionado el almuerzo preparándose un sándwich. Esta vez, en cambio, Panza le había invitado a un pequeño asado. Panza no estaba de acuerdo con la idea de Menas de jugar al póquer esa misma noche con Andrés. - Si juegas hoy - le decía - vas a inaugurar esa práctica de los partidos de a dos. ¿Por qué no esperas una semana y, así también, no dejamos de lado la regla de jugar solamente los jueves? Menas insistía mostrándole su tediosa rutina de trabajos. Hablándole de las vacaciones continuas en que ellos dos y, especialmente él, le obsequiaban con sus derrotas al póquer a Andrés. - Es malo este sistema que tenemos de apostar tiempo de trabajo - reflexionó Panza - Alienta el resentimiento mucho más que el propio dinero. No se pusieron de acuerdo. Ambos coincidían en que era injusta la magnitud de las ventajas que Andrés recibía del póquer, pero no coincidían en que eso autorizaba el juego de a dos. Y Menas cada vez insistía con más bronca en la pereza de Andrés que, ganando al póquer, los tenía a ellos dos trabajando como si fueran sus empleados. Como la bronca seguía subiendo y el tono de las palabras también, Panza decidió cambiar de tema para calmarlo. - ¿Y tu perro sigue loco o ya anda un poco mejor? - Sigue... cada vez esta más asustado....¿Qué le puede pasar?...Hace casi un mes que sigue igual... ¡Es un perro grande, fuerte, de guardia!... ¡No puede andar llorando todo el día! ...Está asustado... muy asustado... ayer lo vi ladrándole a un árbol... lo acaricié para tranquilizarlo... pero no sé qué le pasa... llora con su aullido agudo todas las noches... ¡Está loco!... Eran las diez de la noche y Menas andaba a caballo por el camino de tierra. Iba a la casa de Andrés, a jugar al póquer de a dos prometido. Sin darse casi cuenta, suavemente, comenzó a sentir algo raro. No quería continuar, antes se sentía muy decidido, contento. Ahora que sólo había cabalgado diez minutos, le nacía el deseo de volver. ¿De dónde le vino ese deseo de volver? Parecía externo a él. Quería volver corriendo a su casa y esconderse abajo de la cama. El no era alguien miedoso. Y mientras el caballo avanzaba cada vez sentía más ganas de volver. Como si algo terrible estuviera por ocurrir. ¿De dónde le salía ese deseo? Una espesa nube ocultó a la luna. Todo se cubrió de sombras. Las ramas de los árboles de al costado del camino dejaron de moverse, había cesado el viento. Disminuyeron hasta el silencio los ruidos de los grillos. Pasaron así diez o cinco minutos. Menas sentía miedo. El caballo tornó sus ojos de un fulguroso color, como de fuego... irradiaba una luz color rubí. El caballo empezó a correr a una velocidad que nunca antes Menas había sentido ni visto. Por fin, saltó limpiamente el alambre y se internó sin perder aceleración en las hectáreas del ganado. Frenó salvajemente, bajó el cuello, Menas se deslizó y con un golpe doloroso rodó en el pasto. Ahora Menas se hallaba en el medio del campo y notó el raro cariz de los ojos fulgurantes. La oscuridad era tan extrema que del resto del animal sólo se veía una sombra y por eso tardó unos segundos en darse cuenta de que este ahora corcoveaba para golpearle o para pisotearlo. En su chaqueta guardaba un revólver que traía consigo por si el póquer se convertía en una pelea. El primer tiro lo erró por la falta de luz... lo que más le incomodó fue, sin embargo, la sensación de que una presencia lo estuviera acompañando. Una presencia que parecía divertirse con su lucha. El segundo tiró hizo blanco y el animal se desplomó. Ahora avanzaba casi a tientas en la oscura noche. Su paso era similar al de un sonámbulo o, tal vez, al de un psicótico. Giraba sobre su cuello en intervalos cada vez mas cortos. Era como si lo acompañase una presencia, como si de un momento a otro le estuvieran por tocar el hombro. La noche anterior, ahora recordaba, también había sentido eso pero... ¿quien lo acompañaba?. Era tan oscura la noche que si hubiese alguien probablemente no lo podría ver. Horrorizado advirtió que desde el cielo se acercaban ojos iguales a los del caballo. Eran aves, teros, buitres, palomas, que, en conjunto, se acercaban casi en un orden armónico. Un pájaro con el pico le arrancó un pedazo de carne. Otro pájaro tímidamente imitó al primero... y después otro más y otro más y otro más. Minutos después cayó vencido sobre el pasto. Su rostro se mutaba segundo a segundo, perdía forma y chorreaba sangre. De pronto algo le regalo una esperanza. El ladrido furioso de su amado perro, Milton, se escuchaba cada vez más fuerte. Era obvio que el animal corría hacía él. - ¡Milton!... ¡Milton!... ¡Milton!... Gritaba y el ladrido se escuchaba más fuerte pero cada vez él gritaba menos pues ya se estaba comenzando a desangrar y se debilitaba segundo a segundo. El mismo perro que antes lloraba sin cesar ahora corría valientemente en su auxilio y no lloraba sino que ladraba con un ladrido muy potente y bravo. - ¡Milton!... ¡Milton!... No pudo gritar por tercera vez. Ya estaba demasiado débil. Si disparaba unos tiros, pensó, el estruendo tal ahuyentaría a los pájaros. Ahora sacar el arma nuevamente de la chaqueta le era difícil. Las mordidas y el dolor habían debilitado su brazo. Cuando disparó el grupo de pájaros ni siquiera se inmutó. - ¡Milton!... ¡Milton!... Acumulaba todos sus esfuerzos para cada grito, ya sin casi intentos de sacárselos de encima. Y cesó sus alaridos cuando las heridas en su cuello eran tan profundas que alcanzaron su garganta. Luego se le descubrió una parte del intestino. El intestino emanaba un fétido hedor que atrajo ratas y otros animalitos. Desde las nueve de la noche que Andrés se deleitaba con el whisky. Quería sacudirse su incomodidad por la posible riña en que pudiera tal vez degenerar el póquer. Ahora eran las once y de un momento a otro podría sonar la puerta escuchándose la voz ofuscada de Menas. El alcohol hacía efecto en él, pero de todas maneras pensaba en su hijo. No quería dejar a su hijo solo en el mundo. Sin darse cuenta tenía la vista fija en el cuadro y quiso saber si atrás de algún arrayán se ocultaba el diablito. Le había tomado simpatía al cuadro. Su nueva conjetura era que aquel demonio cambiaba de lugar cuando las condiciones lumínicas se alteraban siquiera sutilmente. Una sombra por allí lo harían aparecer atrás de un árbol y un reflejo por allá lo harían formarse atrás de otro. Dependía de circunstancias físicas, la luz y las sombras... una ilusión óptica. Esta vez lo vio con una enorme y sobresaliente sonrisa. Asomaba desde atrás de un árbol, la cola con la punta y el pinche en la mano. Nada era tan nítido como la cabeza en la que incluso se veían dos pequeños cuernos. Muy mal dibujado estaba, a diferencia de todo el cuadro que si era una obra de arte, el diablito era muy rudimentario. No obstante, algún disimulado efecto artístico habría de tener ya que parecía muy real. Cerca del cuadro no se veía, eran sólo flores rojas que, aunque desprolijas, pertenecían al bosque. A más de dos metros, se forjaba con tanta concisión que Andrés, esa noche, podía verle una festiva sonrisa. Andrés nuevamente tomó el desayuno con la silla en el jardín para disfrutar del amanecer. Le dolía la cabeza por el alcohol. Era como si le estuvieran dando martillazos. Luego se fue a preparar al molino, moviéndose sin apuro pues aún le sobraba tiempo ganado en el póquer a sus compañeros. En el horizonte su vista encontró una silueta y a los segundos un jinete a caballo. Aunque por la lejanía no era posible distinguir al jinete, si era posible ver que llevaba una bolsa. Cuando advirtió que se estaba acercando hasta él bajó del molino para recibirlo. En son de broma, se dijo: "Voy a hacer una apuesta contigo, cuadro... Si es Menas el que viene. te vas a guardar a ese diablito en una parte del bosque tan profunda que ya no lo pueda ver nunca mas... Si no....te permito hacer conmigo lo que desees". El que se acercaba era Panza. Algo raro, aunque ellos dos siempre se juntaban a dialogar, nunca sus encuentros eran sorpresivos, siempre los arreglaban con anterioridad. Se saludaron con menos simpatía que de costumbre. - Menas fue a jugar a las cartas ayer a tu casa. ¿No es así? Asintió y, luchando contra el dolor de cabeza, preguntó si sabia algo acerca de Menas. - Quizá esto te pueda dar una idea. Panza arrojó la bolsa que rodó en el pasto hasta chocar con un pedazo de cemento de una construcción a medio terminar que se ubicaba al lado del molino. Al levantarla Andrés se topó una nube de pastoso hedor. Un hedor que le recordaba las épocas en que había trabajado en una refinería de grasa. Encontró en el interior de la bolsa una calavera en la que todavía quedaba un ojo y un poco de seso. Lo más violento era el hedor. Invadió todo el lugar en poco tiempo y le incitaba una sensación parecida a las náuseas. - Lo que tienes en la mano es la cabeza de Menas. Iba a enojarse por la manera con que Panza explicaba la muerte de su amigo en común pero al verle supo que le afectaba ello tanto como a él. Mas aún, el rostro de Panza le recordaba el ánimo que había tenido él mismo la vez en que su ex-mujer lo había dejado. Panza le pidió de dormir en su casa, según dijo sentía preocupación de dormir solo, al menos esa noche, después de lo que le había ocurrido. "¿Y cómo confías que a Menas no lo mate yo?" pensó mientras le daba la bienvenida. Ya las nubes tapaban completamente la superficie del cielo y el viento soplaba con fuerza. En poco tiempo era probable que se desencadene una tormenta. - ¿Te puedo hacer una pregunta? Ahora entre los dos ataban las riendas del caballo de Panza a un palo del alambre de púas. - ¿Nunca le has encontrado nada raro a ese cuadro que tienes en tu casa? Le dijo que no. Le dijo que nunca le había encontrado nada raro. Mientras lo decía, en un desfile memorístico, todas las veces en que había visto al diablito pasaban ante sus pensamientos. Los dos ordenaban la casa para la noche, en silencio. Tenían un compañerismo que a Panza le hacía recordar los tiempos en que fue marinero de un barco mercante. La noche anterior, a la espera de Menas, Andrés se había entretenido jugueteando con las cartas y bebiendo whisky. Ahora, residuo de aquello, aún quedaban las cartas desparramadas sobre la mesa. Propuso a Panza de jugar póquer. Una manera de distraerse o de disminuir los nervios que sentían. Ambos resbalaban cerca del abismo de la locura. Por momentos se reían de chistes insulsos y por momentos levantaban la voz casi hasta el grito. - Juguemos, pero esta vez que la apuesta sean nuestros sueldos y no nuestro trabajo. La victoria la mantuvo en las primeras diez manos el dueño de casa. Triunfó en todas las manos, acabando en poco tiempo con el sueldo de Panza. Este se rascaba la chiquita y grasienta nariz con nerviosismo, también se acomodaba el pelo. Y una y otra vez revisaba los bolsillos de su campera. Así pasaron diez minutos en los que ya estaba apostando sueldos futuros. Repentinamente encontró marcas con pintura roja en tres ases del mazo. Buscó la cuarta as y también tenía la misma marca. Mientras señalaba las cartas se levantó de la mesa con un facón recién desenvainado. Andrés se asustó poco del arma de Panza. Vio, atrás de uno de los árboles del cuadro, en un movimiento ágil, asomarse la cabeza aquel personajillo. Presenció cada uno de los movimientos del diablito, desde que asomó sus cuernos hasta que sacó toda la cabeza al descubierto. Enfrente a la nitidez del dibujito del demonio, Panza con su facón era semejante a una hormiga amenazando con sus tenazas. - Muy sencillo era ganar conociendo el juego de los otros. Y así nosotros trabajábamos para ti. ¿Te sentías muy inteligente no es cierto? Dio unos pasos para atrás hacia su lecho. Fingiendo que tropezaba se recostó bruscamente, simulando una caída. Tanteaba el colchón. Buscaba un rifle cargado que, al igual que las cartas, era también una huella de la noche anterior. Cuando lo encontró, el movimiento brusco fue su estrategia, a pesar de que entre Panza y él sólo mediaba una silla. Con la misma punta del rifle golpeó el arma de Panza haciéndole retroceder. Sin pensarlo, presionó el gatillo. Moribundo, Panza rengueaba con furia. Una y otra vez gritaba que el disparo había sido absurdo. Gritaba que los dos eran amigos. Gritaba que con el facón él nunca le hubiera lastimado. Insistía gritando: nunca él lo hubiera lastimado. El facón era sólo para asustarlo, ellos eran amigos. Andrés cargó el rifle y le dio un segundo disparo. Minutos después le dio otro disparo más. El cadáver de Panza reposaba contra el suelo y la sangre se expandía como un lago sobre las baldosas. El diablito ya no se veía. Quizá andaba por algún lugar del bosque no expuesto a la vista. Aquellos marcos de fino metal, con sus dragones tallados, ahora le parecían los bordes de una ventana. Aquel dibujo, pensaba, era un demonio y era un demonio que de alguna forma vivía. La soledad le daba vértigo. Muerto Menas y muerto Panza, era el único testigo de lo que estaba ocurriendo. Cierta vez, muchos años atrás, un amigo le había dicho "Las bestias que la imaginación cría... crecen en la soledad". Ahora la soledad absoluta lo golpeaba. Nadie participaba de lo que ocurría, con nadie lo iba a hablar...y era difícil suponer cual sería la reacción de otra persona ante eso. Se asomó a la mesa para fijarse nuevamente en aquellas marcas de los tres ases que él no había hecho. No vio esta vez esas marcas con pintura roja. Se habían desaparecido. Meditó, sentado sobre la cama, los acontecimientos. Pensó en quemar el cuadro... pero quizás así se liberaría su habitante... sería mucho peor. Ya le había perdido aquella vieja simpatía pero ahora le tenía demasiado respeto. Todos los ruidos le causaban sustos, hasta el ruido del ganado... hasta el ruido de la puerta al abrirse por el viento. El saberse solo le aumentaba el vértigo. La soledad lo sumergía, como un lento remolino, en la pérdida de control de lo que estaba viviendo. Lo sumergía en la locura. Tenía miedo de si mismo. Se imaginaba agarrando bien fuerte con sus dos manos el rifle. Después se imaginaba gatillando sobre su propia sien. La imaginación era muy real y sentía miedo. Sentía mucho miedo de perder el control y de llevarla a la práctica. Arrastró el cadáver por el piso para sacarlo de la casa. Cien quilos eran difíciles de arrastrar. Además, el cuerpo chorreaba sangre volviendo patinoso al piso. Ya en el jardín necesitaba moverlo por tierra hasta el sitio que eligió para enterrarlo. Empezó a cavar un pozo de mucha profundidad para enterrarlo. El cielo cada vez estaba más oscuro pues las nubes se superponían unas a otras. Cada vez había menos luz a pesar de que recién comenzaba la tarde. Escuchó un sonido agudo parecido a una sirena que se acercaba hasta él. El sonido agudo aumentaba segundo a segundo: sintió un escalofrío de temor. Era el llanto de un perro y ahora lo vio acercarse corriendo a él por el campo de trigo. Cuando estaba a pocos metros lo identificó. Era "Milton", el perro de Menas. - Milton... ¿qué te pasa amigo? El perro lloraba y tenía los ojos desorbitados del temor. El lo acariciaba pero el perro lloraba cada vez más con un chillido agudo. - ¿Qué es lo que viste que estas tan asustado?...Ven...Yo no voy a dejar que te pase nada... Lo abrazó al perro y sintió que lo quería, que lo amaba. El perro, por su parte, se dejaba abrazar y lloraba insistentemente. Después continuó cavando el pozo para enterrar el cuerpo de Panza. Tardó una hora en terminar al pozo pues deseaba hacerlo muy profundo para que el olor a podrido no se expanda. Mientras lo hacía Milton, echado, lo miraba sin dejar de gemir con su chillido agudo. Arriba del pozo, finalmente, puso una montaña de tierra y una rudimentaria cruz de palos y de sogas. Fue a buscar el caballo de Panza, pensaba irse lejos del campo. Su deseo era no permanecer un segundo mas allí. Luego de unos pasos apurados lo alcanzó con la vista. Este se había recostado sobre el pasto, tumbando en su movimiento a todo el alambre de púas. Al acercarse más comprendió, estaba muerto. Sin heridas aparentes, con la piel fría. Quería hablarlo con alguien....necesitaba saber cual sería la reacción de otro ser humano ante eso... quería hablarlo. A la ruta, entonces, debía llegar a pie. Si emprendía la caminata a esa hora de la tarde, amén de la lluvia, era seguro que lo iba a sorprender la noche. No se atrevía a caminar solo durante la noche en el campo, acompañado por aquel perro asustadísimo tampoco. Por otra parte era mala la idea de pasar una noche más en aquella casa, durmiendo enfrente al cuadro. Se decidió por esperar hasta el día siguiente. O sea, su decisión equivalía a pasar una noche más enfrente al cuadro. Abrió la ventana antes de recostarse para ventilar el fétido olor de la sangre podrida sobre el piso. Minutos después, entraron unos murciélagos. Afuera el perro continuaba gimiendo en chillido parecidos a los de un lobo. El había querido hacerlo pasar adentro pero el perro se había negado. No se animaba a mirar el cuadro. Tenia miedo de llevarse una sorpresa. Hacia la ventana y hacia la pared iban sus ojos, asustados de mirar al cuadro. "¿Y si me voy de esta casa maldita ahora mismo?...¿y si no duermo una sola noche mas acá?" A excepción del llanto del perro todo era silencio. Ni siquiera el ruido de los grillos se oía. Quería mirar al cuadro y sacarse la duda de si, en ese instante, asomaba el diablito. La duda era leña nueva sobre el fuego de su miedo. Miraba hacia la ventana, torciendo la cabeza lejos del cuadro. Quizá, mientras tanto, el diablito asomaba, quizá hasta se sonreía. Quizá, mientras no miraba, desde el cuadro nacían dos brazos. Quizá eran unos brazos pegajosos, quizá se acercaban lentamente hasta su nunca. Tal vez los brazos ya estaban a pocos centímetros de su nuca. A la mañana siguiente, algo muy raro, recordaba haber dormido bien. No recordaba ninguna pesadilla. Eso era para él muy raro. Minutos después sus botas se adentraban en la maleza, camino a la ruta. A su lado iba Milton ya un poco más tranquilo. Al ver para atrás, a la casa desde lejos, cuando iba ya por las hectáreas de trigo, encontró una imagen opaca. A todo le faltaba luz, tanto a la crucecita improvisada para identificar al muerto, como a los árboles que rodeaban la casa. También al caballo que se le veía sólo la cabeza y que, seguramente, habría juntado ya un grupo de moscas. A la una de la tarde llegó a la ruta. Allí intentaba señales para detener a los automóviles y camiones que pasaban dejando tras de si un vientito. Sin darse casi cuenta, mientras aguardaba que un magnánimo detenga su auto en la banquina para permitirle subir, lo atraparon las meditaciones. Se acordaba, ahora, de un sueño que había tenido. En el sueño él se metía adentro del bosque del cuadro. Andaba por entre las estelas de niebla y las sombras. Los troncos de los arrayanes lucían gotitas de agua sobre la superficie. Se escuchaban ecos aislados que contenían una esencia tranquila, muy tranquila. Era difícil avanzar, los árboles estaban muy próximos unos de otros y la luz llegaba muy reducida. En algunos trechos, aquellos anémicos rayos del sol insinuaban tornarse de un cariz celeste o azul. No podía recordar como fue que se encontró con el diablito. Este fragmento del sueño se le escabullía de la memoria. Ignoraba si se le tembló todo el cuerpo del miedo o si se entusiasmó. Sólo recordaba que el pequeño demonio le había dicho "LLEVA ESTE CUADRO SIEMPRE CONTIGO, TE FAVORECERÁ Y TE COLMARÁ DE FAVORES". Ahora se le repetían esas palabras: "Lleva este cuadro siempre contigo, te favorecerá y te colmará de favores". Pasaba una hilera de autos sin detenerse, dejándole un vientito y las palabras volvían: "Lleva este cuadro siempre contigo, te favorecerá y te colmará de favores". Pasaba un camión y el camionero tampoco se detenía a llevarlo, y él suponía que, además, el camionero lo miraba por el espejo retrovisor divertido de no llevarlo, entonces otra vez en su pensamiento escuchaba "Lleva este cuadro siempre contigo, te favorecerá y te colmará de favores". Seguro que era la expresión de un deseo, pensó, pero... ¿y si era verdad? A él no le había ocurrido nada malo y su fortuna en el póquer se había triplicado. Su racha de victorias había sido anormal. A tal punto anormal que llamó la atención de Menas. No era sencillo atribuirla sólo a una sucesión de coincidencias. ¿Y si era verdad? Ese cuadro le daría muchos beneficios, tal vez. Ahora que miraba los autos de la ruta pasar a su lado, tomaba conciencia de lo difícil que era la vida de sus conductores. Tan competitiva, tan despiadada. Tomaba conciencia sobre lo difícil que podría llegar a ser la vida en la ciudad. La vez en que había vivido en la ciudad no había podido adaptarse, menos lo conseguiría ahora, pensaba... ¿Y si era verdad? Se imaginaba que al ver sus riquezas su ex-mujer diría para sus adentros "¿por qué fui tan tonta si en el fondo lo quiero?...¿por qué me aparté de la vida de este hombre?". Se imaginaba a su ex-mujer hablando con amigas de ella "¿Crees que podrá volver a quererme?...Un hombre tan exitoso, ya me debe haber olvidado". Se imaginaba a su hijo contándoles de él a sus compañeros de colegio "a mi papá le gustaba vivir en el campo... pero un día se hartó... fue a la ciudad y entonces hizo esto, esto y esto otro". Hasta casi hablaba solo contestándole a su ex mujer "No... Ahora te diste cuenta de lo que valgo yo... Pero ahora es demasiado fácil darte cuenta y además es tarde". ¿Y si era verdad? Emprendió la vuelta luego de tirarse a descansar unas horas sobre el pasto y de almorzar el sándwich que se había preparado. El perro comenzó a ladrar ferozmente, impidiéndole el paso. Pero el continuaba caminando y el perro no lo mordía. Minutos después el perro lloraba con un chillido agudo sin acompañarlo, parado al enfrente a la tranquera más cercana a la ruta. Así lo fue perdiendo de vista y su gemido fue perdiendo intensidad y mezclándose con el ruido del viento y de las ramas. Le preocupaba el riesgo de lluvia. Las nubes cada minuto se volvían más oscuras y ya tapaban todo el cielo. Iba a un paso más veloz que cuando hizo el recorrido inverso. Anhelaba volver a ver al cuadro. Volver a tenerlo en sus manos. "No es para tanto... ¿qué pasa?... El cuadro me va a convertir en un hombre rico... Pero... ¿Por qué necesito verlo?...Es como si estuviera enamorado de un cuadro" Ese bosque de algarrobos, repleto de flores, y otras plantas poco diferenciales que creaba, a veces, la ilusión de tener un diablito, le atraía. Aquella "ilusión" no se debía a fenómenos naturales ni físicos ni psicológicos. Era un cuadro demoníaco y lo haría rico. Cuando estuvo cerca de la casa, ya la manta negra de la noche lo cubría casi todo. Apenas, en el horizonte, el teñido rojo de las nubes enseñaba las últimas luces del sol. Sintió fugazmente el anhelo de no seguir adelante. Era un anhelo por volver a la ruta... le crecía más mientras más se acercaba. Quería volver, deseaba volver. Tanto era el esfuerzo que, en cada nuevo paso, parecía que los pies se le hubieran pegado a la tierra en el paso anterior. Se escuchaban truenos sísmicos y aparecían relámpagos encandilantes. Parecía que los dioses del cielo estuvieran librando una cruenta batalla. Cuando pasó cerca de la tumba de su vecino vio que la tierra estaba removida. Y vio también que la cruz de sogas y palos se había roto. El lugar expelía un fétido hedor a muerto pero le dio miedo fijarse si seguía Panza allí. El deseo de no avanzar más era intenso cuando empezó a llover. Las gotas de lluvia eran pesadas y continuas. El golpeteo contra el suelo provocaba casi un ruido de ametralladora. Ahora corría por el pasto a la máxima velocidad de que era capaz. Cuando entró a la casa encendió la luz. Era indiferente al riesgo de que la electricidad y su ropa mojada hiciesen un accidente. Aunque podía ser atribuible a la sangre seca, de todos modos le sorprendió el hedor nauseabundo que se respiraba. Era un hedor tan concentrado que volvía pastoso al aire, a la manera de una neblina. Observó el cuadro. "Un recreo a la vista... magnífico.... majestuoso... majestuoso y fuerte como la esfinge egipcia". Los árboles los juzgó excelentemente dibujados y a su color lo juzgó el exacto para combinar con las otras flores o plantas que abundaban en el bosque. No tenía dibujado animal alguno y trasmitía paz, a contraposición del ruido de los truenos y del que provocaba el viento al agitar los árboles. Esta vez, por más que mirara de lejos o con la vista gorda a las flores rojas, no parecía estar el diablito. Aquel personajillo se formaba casi a partir de estas flores y era siempre borroso. Lo veía en distintas posiciones e inclusive distintos lugares. Siempre coincidiendo con esas florecillas que estaban alegremente distribuidas por todo el cuadro. Luego de observar el cuadro un largo rato, impasible al barro que ensuciaba el piso, se arrodilló y le adoró. La bombilla que iluminaba el sitio titilaba. O quizás lo parecía por efecto la luz de los relámpagos que entraba por el vidrio. Nada temía. Unas gotas de transpiración surcaban su frente pero no era por el miedo sino por la caminata. Pronunciaba en voz alta sus palabras y apenas se oían, eclipsadas por el ruido de los truenos. Envolvió el cuadro en aquella misma bolsa que, el día anterior, había usado Panza para envolver a la calavera. "¿Qué esta pasando acá? ¿Qué esta pasando?". Forcejeó una y otra vez con nerviosismo. La cerradura tenía llave y el picaporte giraba en falso. Sintió miedo. La bombilla se apagó y la oscuridad dominó el sitio hasta que la iluminación de dos relámpagos seguidos permitió ver la silueta de un corpulento hombre. No lo había visto antes y parecía haberse formado de la fetidez. Como los vampiros en personas, pensó, así el hedor parecía haberse transformado en ese intruso. Más factible, siguió pensando, era que haya estado escondido abajo de la cama. Tuvo miedo. Un miedo que golpeaba su alma con la misma furia con que el viento hacía temblar los vidrios de la ventana. Los ojos del intruso se veían encendidos de una luz roja y al caminar dejaba oír ruido a pegajoso. Encendió la linterna y lo vio, era Panza. Llevaba la frente agujereada todavía por uno de los disparos. Se veía en algunas partes el hueso por la falta de carne y era la fuente del hedor. En sus manos sostenía el facón y su boca se descomponía en una carcajada. Una carcajada de dientes malformados e hilos de baba sucios con tierra. - Me has engañado con las cartas. Mataste a Menas. Y cobardemente me disparaste con un arma de fuego. ¿No crees que te haría bien una venganza? Al decir esto escupió un gusano. El gusano se agitaba en el suelo como quejándose por el suceso. Nuevamente probó abrir la puerta pero continuaba cerrada. La sensación de alarma tapó a su miedo. Sacó el cuadro de la bolsa y se lo enfrentó a la manera de un escudo. Vio el agresor formarse adentro del cuadro un pequeño dibujo de un diablo que le indicaba negación moviendo una cabecita triangular. Recuperó entonces su condición de cadáver y se desplomó golpeando el suelo con violencia. Andrés, que se dio cuenta de esto, iluminó con la linterna al cuadro y lo besó. Nuevamente lo guardó en la bolsa e intentó abrir la puerta, con éxito. Se echó a correr por el campo. En las copas de algunos árboles, se veían los fuegos de San Telmo, quizá consecuencia del aire saturado de electricidad por los rayos, en combinación con la intensa lluvia. Difícil le resultaba, por momentos, correr. El viento lo detenía cargando su violencia contra el cuadro tal cual si fuese una vela. Andrés iba al lugar a donde lo había encontrado. Su intención era decirle allí algunas palabras. Una especie de homenaje, quizá una conversación de amigo. No lo admitiría ni siquiera ante sí mismo pero sentía miedo. Aunque la lluvia y el viento no le permitían ver, se esforzaba por distinguir si cerca de él no aparecía Menas... o lo que había quedado de Menas. El sólo imaginar a la calavera aquella resucitada en alguna nueva vida fantasmal le daba pavor. La lluvia y el viento le impedían guiarse pero igual reconoció al lugar en donde había encontrado el cuadro, aquella vez. Se detuvo y sacó el cuadro de la bolsa. Extrañamente las gotas de lluvia no afectaban la pintura, aunque la golpeaban como balas. Ahora vio al diablito, a pesar de que a corta distancia comúnmente no se notaba. Parecía dibujado por un niño de jardín de infantes. Era de palitos y su cara era triangular, llevaba en la mano un pinche y se le descubría la cola. La cola no consistía más que en una tira roja que terminaba en una punta. Admirado trató de improvisarle unas palabras. "Cuadro que un día la vida nos encontró aquí. Te reconozco mi dios y cuando me pidas amor yo amo y cuando me pidas muerte yo mato...". Terminó de pronunciar estas palabras y se detuvo el viento y un silencio repentino se erigió en monarca de la noche. Aparecieron pájaros con los ojos de una fulgurante luz. Una luz color hierro en fusión, la misma que, minutos antes, le había visto a Panza. No sólo eran aves, cuando cayó al piso encontró también algunas ratas. La lluvia formaba arroyitos que llevaban su sangre mezclada con tierra haciendo una mancha color bordó alrededor suyo. Una enorme rata lo mordía con tanta ferocidad que los pelos de su hocico se le manchaban con pedacitos de hígado. Estaba ya casi desmayado y, en un gran esfuerzo, consiguió arrastrarse hasta el cuadro. A pesar de que las gotas de lluvia rebotaban casi de lo violentas que eran, la pintura se mantenía intacta. Miró el bosque y descubrió el diablito. Esta vez de cuerpo entero, adelante de los árboles, con una enorme sonrisa. Era una sonrisa macabra, burlona y festiva. Le quiso pegar y romperlo pero carecía de fuerzas. Apenas podía balbucear quejidos en baja voz. Acostado boca arriba contemplaba las sombras de los pájaros y de las ratas que le arrancaban la carne. No tenía ya piel y su sangre brotaba tanto que parecía un regadero, un regadero que enchastraba de sangre a las ratas y a los pájaros. Lo único que interrumpía al silencio, o parecía interrumpirlo, era su alarido monótono. Los animales, en cambio, mordían silenciosamente. Cinco años después un campesino que andaba caminando por aquellos pastizales encontró un cuadro. Era un cuadro que representaba a un bosque de arrayanes. Lo cargó sobre sus hombros y, contento por el hallazgo, lo colgó en una pared de su casa. En algunas noches creía ver un pequeño diablo escondido entre los árboles de aquella pintura. También un hombre que, torturado por el primero, su presencia parecía deberse a una ilusión óptica causada por unas flores blancas que eran parte del cuadro. Estas flores blancas probablemente serían margaritas. Ambos eran muy confusos pero tenían algo, una gracia especial, porque parecían vivos... HONGO