ANDRÉS DÍAZ SÁNCHEZ HALLOWEEN Era el año Mil Ochocientos Diez Del Señor. La vida en el pantanoso y turbulento Estado de Luisiana resultaba tan peligrosa y escurridiza como una serpiente de río. En sus ciudades los marineros se emborrachaban y acudían a las prostitutas y los comerciantes traficaban con esclavos de África y con armas que vendían tanto a ingleses como a estadounidenses, y a los respectivos mercenarios de uno y otro bando. Pierre Montaigne, John Foxworth y Neal Lyndon pertenecían a la última categoría de hombres mentada. Formaban a las órdenes del sanguinario pirata Jean Lafitte, famoso por su total falta de escrúpulos y sus robos de oro, mercaderías y esclavos a los cargueros del Golfo de Nuevo Méjico. También luchaba Lafitte como soldado de fortuna, según quién le pagara más: al amparo de los estadounidenses o de los casacas rojas. Pierre, John y Neal habían dejado hacía una semana Barataria, el principal emplazamiento de Lafitte. Quince días antes de ello, participaron en un asalto a un carguero francés, apropiándose de especias y telas cuyo destino era Nueva Orleans. Por mandato de Lafitte, todos los pasajeros fueron pasados a cuchillo. La caballerosidad y la nobleza de los saqueadores de las aguas siempre fue y sería un infantil idealismo, producto de narradores de historias sin ningún respeto por la cruda realidad. Los de Lafitte, en cualquier caso, no tenían la costumbre de dejar testigos con vida, y así pues, Pierre, John y Neal -entre otros- hicieron el trabajo sucio, tomándose antes su tiempo con los menores y la única mujer del barco, la esposa de un tratante de telas parisinas. En el día de hoy, a comienzos de Noviembre, los tres caminaban con el jornal correspondiente a un mes de saqueo y un permiso de veinte días, con destino a Nueva Orleans. Allá, en la ciudad del carnaval, entumecerían aún más sus mentes y conciencias mediante alcohol y la lujuria de las prostitutas hambrientas de monedas y billetes. Marchaban a la ribera del gran Missisipi, siempre hacia el Norte, atravesando los oscuros pantanos. La niebla se arremolinaba en torno a sus lámparas de gas como una red de sedosos y húmedos jirones. Los enormes árboles, tristes y decadentes, tamizaban la escasa luz del anochecer. Las sombras se alargaban y era entonces cuando los caimanes asomaban sus cabezas y observaban con sus ojos sin pupilas el sombrío universo que habitaban. Los grillos chirriaban lejos y cerca, los sapos croaban perezosamente. La pesadez se abatía sobre los caminantes como una manta invisible. Andaban en silencio, cada uno portando su saco de dormir, armas y un fardo con determinadas provisiones. En cabeza marchaba Neal, quien, por resistente y tenaz, marcaba el paso. Su nombre verdadero era Onkuani. Era alto y corpulento y de piel negro-azulada. Fue arrebatado unos ocho años atrás de África por los esclavistas portugueses. Tras muchas peripecias, y a golpes de coraje y traición, había acabado convertido en pirata. Mas a Neal no le gustaba recordar el pasado. Sus gruesos labios permanecían casi de constante medio curvados en una sonrisa cínica y despreciativa. La nariz se le achataba y aplastaba como una patata y los ojos inexpresivos aparecían manchados de diminutos vasos rosados. Enarbolaba un sólido machete y con él destrozaba los setos de maleza que le salían al paso. En la zurda sostenía una lámpara que difícilmente apartaba la nebulosa oscuridad del pantano. Tras él iba Pierre Montaigne. Procedente de Francia, a los quince años marchó con su familia al nuevo continente. Sus padres probaron fortuna en el Canadá francés, pero un grupo de indios aliados de los ingleses arrasaron sus tierras y el único superviviente fue Pierre. Espoleado por el odio y las mentiras propagandísticas, se unió al ejército del Canadá Inferior, peleando con un vigor y una rabia nacidos más de la sed de venganza que del patriotismo. Sin embargo, su vocación castrense se vino abajo a los veintiún años, cuando, en el transcurso de una difícil escaramuza, prefirió salvar su pellejo a su honor. Tras la deserción tuvo que huír del Canadá, realizando un confuso periplo hacia el Sur, durante el cual ejerció los más dispares trabajos: cazador de pieles y cabelleras indias, cowboy, forajido, cocinero en una fonda de paso, trampero, ladrón, buscador de oro frustrado y, por fin, tras dos años de infortunado vagabundeo, pirata en el Golfo de Nuevo Méjico. Era un tipo bajo, de anchos hombros y algo fondón, aunque fuerte y ágil. La barba y bigote negros ensombrecían sus facciones, pálidas por naturaleza. La nariz se curvaba aguileña, los ojos castaños danzaban nerviosos e inquisitivos. Era de esa clase de personas que rehuyen la vista al hablar y, como los pájaros, no dejaban nunca la cabeza quieta. El último del trío, John Foxworth, procedía de una humilde familia del Norte. Huido de su casa a temprana edad, había ejercido, exceptuando la prostitución, casi toda actividad ilegal: timador, tahúr, asaltador, contrabandista, esclavista, matón a sueldo, mercenario y pirata. Alto y delgado, sus miembros rocosos denotaban enorme fuerza física. Su cabello ralo y oscuro parecía estar siempre mojado sobre el rostro delgado y anguloso. La nariz, recta e inquisitiva, y la boca, de labios finos y cortantes, parecían propias de alguien propenso a la discusión. Sus ojos verdoso-castaños proyectaban el mirar torvo y peligroso de quienes no confían en nadie porque creen al resto del mundo tan traicionero como ellos mismos. Los tres vestían parecidas prendas: chaquetones baratos, camisas y chalecos de colores vulgares, pantalones ajustados, botas de cuero y un cinto resistente del que colgaba un pesado machete y una o dos pistolas cargadas. Neal se había quitado la casaca y no llevaba sobre el torso más que una basta camisa blancuzca con las mangas destrozadas a la altura de los codos. Caminaba descalzo, con los pantalones recogidos hasta media pantorrilla. También Pierre se salía de la norma al lucir un gran pañuelo rojo anudado al cuello. - Lleva cuidado con los caimanes, Neal -advirtió Pierre, con su extraña voz de pito-. Cuando menos lo esperas te arrancan una pierna. El negro sonrió irónicamente. - Tranquilo, francés. Sé por dónde piso. De donde yo procedo, los cocodrilos doblan en tamaño a vuestros lagartitos. Éstos, para mí, no suponen ningún problema. - No sé cómo no se le llenan de sanguijuelas los pies a ese negro del demonio -gruñó John desde atrás-. Ayer descubrí una que se me había subido hasta la entrepierna. Tuve que quitármela a puñados de sal. - Mis pies son duros como el cuero curtido -contestó Neal con su profunda voz. Sonrió de nuevo-. Y mis huevos también. - Negro tramposo... -murmuró John. - John, deberíamos haber tomado la carretera principal, como toda persona civilizada -se quejó Pierre. - Si lo hubiéramos hecho ahora colgaríamos del cadalso, estúpido - contestó el aludido-. ¿No sabes que el ejército custodia los caminos transitables y que primero dispara y luego pregunta? Cuando nuestro excelso jefe Jean Lafitte haga tratos con el gobernador estrecharemos la mano de los infantes de Luisiana. Hasta entonces, colgarán a todos los Fuera de la Ley que encuentren. Estoy seguro de que antes de cuatro horas avistaremos las luces de Nueva Orleans. Estamos ya cerca del fuerte San León, sólo debemos seguir el curso del Missisipi y daremos con la capital. Tenemos provisiones de sobra. - Si nos faltan, puedo cazar algo para vosotros -intervino Neal. - ¡No! -exclamó Pierre- La última vez que acepté uno de tus bocados encontré entre mis dientes un anillo de cobre y lo vomité todo. Neal sonrió, mostrando sus dientes amarillentos. - Uno no es perfecto. - ¡Dios nos libre! -musitó Pierre. Extrajo su diminuta Biblia de un bolsillo en la casaca y la besó. Cada vez que algo le escandalizaba o cometía una acción moralmente reprobable, Pierre sacaba su ajada Biblia, la besaba y soltaba el ¡Dios nos libre!. Resultaba típico contemplar salir a Pierre de un prostíbulo recitando la famosa frase, o momentos después de haber llevado a cabo un asesinato o un robo. Cada hombre tenía su propia manía, secreta o pública. Aquélla era la de Pierre Montaigne. - Debemos pasar la noche en las cercanías -señaló Neal-. Pronto la oscuridad cerrada nos impedirá seguir, aún con las linternas encendidas. Buscaremos un claro y... Se escuchó un grito agudo. Pierre había resbalado y caído al suelo estrepitosamente, resbalando hasta una charca tapizada de plantas flotantes. Su linterna se apagó y el hombre chapoteó en las sucias aguas. - ¡Agárralo, Neal! -exclamó John, acercándose rápidamente al borde de la poza. El negro cogió el antebrazo de Pierre con sus fuertes dedos y el criollo surgió a la superficie farfullando y escupiendo agua estancada. - ¡Puedo salir solo, no me hace falta ayuda! Apartó bruscamente a Neal de su lado y se encaramó sobre terreno seco. Bufaba como un toro. Exhaló una serie de maldiciones estrepitosas en francés y revolvió su cabello y barba como un perro mojado. - ¡Míralo! ¡Parece un pollo mojado! Ante el burlón comentario de John, Neal echó a reír estrepitosamente. Pierre los miró de manera asesina y eso no hizo más que acrecentar las carcajadas. - ¡Ahora sí debemos detenernos! -exclamó Pierre, furiosísimo-¡Hay que encender un fuego, estoy empapado! - ¡Mírate bien las pelotas, Pierre! -señaló John, encorvado por la risa- ¡Ahora tendrás nuevos compañeros de viaje! Aquella broma provocó nuevos estallidos de hilaridad. Pierre hubo de soportar estoicamente aquellas burlas, insultándolos y maldiciéndolos a los dos en francés y voz baja. Continuaron la marcha. Por mucho que buscaron no hallaron claro alguno donde poder asentarse. El terreno sobre el que caminaban resultaba demasiado húmedo como para lograr una hoguera. La oscuridad se había tornado negrura total, era imposible ver más allá del largo del brazo, aún con las lámparas de gas a plena potencia. - Estamos en problemas -aseveró Neal-. Hay que encontrar un lugar donde pasar la noche. El pantano está demasiado oscuro y es fácil que nos hundamos en arenas movedizas o que los caimanes nos devoren antes incluso de poder verlos. - Por una vez llevas razón -admitió John-. La oscuridad es el abrigo de las alimañas. Debemos protegernos. Pierre no dijo nada, sumido en un malhumorado silencio. A nadie le gustaría atravesar un pantano neblinoso calado de agua hasta los huesos. Por si fuera poco, su lámpara se había mojado y resultaba inservible. - ¡Eh! ¡Parad! -exclamó entonces John, el último de la fila, encorvado, como si buscara algo en el suelo- Acabo de ver... Sí, ¡a mi derecha! Aquí, la hierba es rala... Neal y Pierre se volvieron y le descubrieron, rodeado de completa negrura, indagando en el firme encharcado. La luz de la lámpara dibujaba extrañas sombras en su rostro. -¡Es un camino! Parte de aquí y discurre de manera perpendicular al río. Quizás antaño hubiera un embarcadero en este punto. Llevando cuidado para no tropezar, los otros dos se le acercaron. - Podemos seguirlo -propuso John-. Por alguna razón debe estar aquí, tiene que conducir a algún lugar civilizado, tal vez una cabaña o una aldea. - Recuerda que han puesto precio a nuestras cabezas... -advirtió Neal. - ¿Y qué importa eso? -protestó Pierre- ¿Prefieres quedarte aquí, muerto de asco, toda la noche? No podemos acampar y la oscuridad hace muy peligroso continuar la caminata. - Yo, por mi parte, me voy por este sendero -afirmó John-. Vosotros haced lo que os plazca. El norteamericano se internó en el breve y casi indistinguible camino. Los otros dos, en silencio, le siguieron. Caminaron por la pequeña senda durante más de media hora, alejándose del río e internándose en las profundidades del opaco bosque. Aunque dejaran atrás la orilla, pensaba John, por la mañana podrían volver a ella desandando lo recorrido. Marchaban en silencio, un silencio ominoso. Había una pesadez extraña en el aire. Ninguno de ellos sentía deseos de hablar. John, ahora en la vanguardia, descubrió una mole frente a él, una enorme sombra más densa que el resto de las tinieblas. El norteamericano se dijo que aquéllo sin duda debía tratarse de una casa, probablemente una gran cabaña. - ¿Estará abandonada? -susurró Pierre. Como respuesta, John le dirigió una significativa mirada, desde un rostro en el que la luz de la lámpara y las sombras se conjugaban tenebrosamente, y desenvainó el machete. Después amartilló la pistola, soltó el botón que cerraba la funda y aflojó el arma dentro de ella. - No me importa si está habitada o no -susurro el norteamericano-. Voy a pasar la noche ahí dentro aunque no lo quieran sus dueños. En sus ojos había un brillo siniestro. También las mirada de Pierre y Neal se tiñeron de maldad y decisión y prepararon sus armas. Apagaron las lámparas y fueron acercándose lenta y cuidadosamente a la casa, de la que no surgía luz ninguna. La rodilla de John topó con una losa vertical. El hombre la palpó. Era tosca piedra. Comprendió que casi había tropezado con una tumba. Enseguida, sus dedos encontraron madera húmeda. Al palparla descubrió una cruz. Al parecer, estaban atravesando un pequeño cementerio. Celebró interiormente que el supersticioso Pierre no se hubiera percatado de semejantes hallazgos. Se acercaron hasta la pared de la cabaña. Era de madera sin cuidar, húmeda y algo corrupta. Palparon hasta hallar una puerta. La abrieron sin dificultad y al entrar atravesaron una pegajosa cortina de telarañas. Suspiraron aliviados, pensando que el lugar debería hallarse deshabitado. Aún así, tomaron la precaución de separarse para inspeccionar las distintas salas y habitaciones, trabajo que, en la pesada oscuridad, crispó todos sus nervios y agotó sus organismos a causa de la ansiedad. Al cabo de once interminables minutos se reunieron de nuevo y encendieron las dos linternas utilizables. Su luz de gas iluminó un salón con cuatro o cinco muebles decrépitos y una chimenea llena de arañas. Coincidieron en hacer un segundo registro, ahora a la luz de las lámparas. No podían obviar mirar en todos los rincones y escondrijos. Las linternas quizás delataran algún peligro desapercibido u objetos de utilidad. Esta segunda vez el trabajo resultó más relajado, aunque no cayeron en el exceso de confianza. Descubrieron, además del salón principal, un sótano mohoso y cuatro habitaciones vacías. Cuando se reunieron de nuevo, llegaron a la conclusión de que aquella cabaña había pertenecido a una familia de tramperos o pescadores que la habían abandonado tiempo ha. Movido por una rara precaución, John calló su descubrimiento de las tumbas. No encontraron en la cabaña alimentos ni armas. Tan sólo la madera de los muebles les sería de utilidad, si lograban hacerla arder. - ¡Ah, la chimenea! -exclamó placenteramente Pierre, aún mojado y sucio- ¡Encendamos ya el fuego! Costó trabajo, pero, partiendo en mil pedazos los muebles del lugar, empleando como paja bolas de telaraña y haciendo un tenaz uso de la yesca y el pedernal, al fin lograron que varios maderos prendieran en el hogar. El fulgor de las llamas les llenó de infantil alegría, quizá semejante a la de sus lejanos antepasados, los primeros hombres, arrojados a un mundo frío, oscuro y lleno de peligros donde sólo el fuego les protegía de las bestias y los espectros. Con el transcurso de los minutos, el ardor de la chimenea cobró suficiente carácter y apagaron sus lámparas de gas. Los tres hombres, las llamas dibujando en sus rostros huidizas sombras, rodeados de espesa oscuridad, miraban fijamente el fuego, como hipnotizados. El tiempo se desgranaba lentamente y el crujir de la hoguera se mezclaba con los mil sonidos del bosque nocturno. Al fin, Pierre rompió la pausa desvistiéndose hasta quedar completamente desnudo. Extendió la ropa cerca de la chimenea para que se secara. Eran piratas y habían pasado meses juntos dentro del mismo barco, por lo que ni Neal ni John se escandalizaron o embarazaron lo más mínimo. Pierre inspeccionó su cuerpo y se encontró una gorda sanguijuela en la axila derecha -aquellas bestezuelas solían engarfiarse en lugares calientes y recónditos del cuerpo humano-. El francés la separó de su piel con sal y después la echó al fuego, donde se deshizo con un leve chisporroteo y un hilo de vapor. Sacaron frugales viandas de sus macutos: durísimas galletas de trigo, pescado y carne salados, cantimploras con agua y una botella a medio llenar de ron, y cenaron tranquilamente, sin separarse ni un momento de sus armas, ni siquiera el desnudo Pierre. Tras la cena, John lió un cigarrillo y Neal encendió su pipa. Pierre, con el tabaco mojado, hubo de conformarse masticando aquellos inexpugnables trozos de galleta de trigo para matar el tiempo. Relajados, llegaba el momento de charlar a la luz de las llamas. - Mañana, en cuanto lleguemos a Nueva Orleans -decía Neal, sonriendo placenteramente-, me encerraré en una habitación con tres mulatas. No me refiero a jovencitas de vientre plano, no... A mí me gustan las señoras entradas en carnes, de enormes ubres y sonrisas gigantescas. - No tendrás fuerzas ni para caminar después de esa batalla -soltó John-. Yo pienso duplicar mi jornal, muchachos. Soy un hombre de negocios y he de buscar siempre el beneficio. - ¡Vamos, hombre! -exclamó Pierre- La última vez te desplumó un pie tierno del Norte. Lo esperaste fuera del local y lo degollaste en un callejón. Hubiste de pasar el fin de semana escondido en la misma habitación, con la misma puta, porque te buscaban los agentes de la Ley. ¿Es esa forma de aumentar tus ganancias y la prosperidad de tu negocio? - Ese pisaverde era más listo de lo que pensaba: hizo trampas -declaró el aludido, hoscamente-. Me robó mi dinero. Hice lo justo. - Pues yo... -Pierre sonrió placidamente- contrataré a la más bella moza de la ciudad. No me importará si gasto todo lo que tengo en la primera noche, pero ha de ser con una mujer bonita. No soporto a las furcias baratas y desdentadas. Un rostro angelical, unos ojos brillantes, unos labios de fresa... - Que, tras el cobro, te dirán: "Piérdete, idiota, me espera el siguiente" -apostilló Neal, riendo a carcajadas su gracia. - ¡Endemoniado negro! -bramó Pierre. Acto seguido, el francés abrió mucho sus ojos- ¡Oh! No debo hablar en tales términos. ¡Dios nos libre! Siguiendo la costumbre, buscó entre sus ropas la Biblia de bolsillo para darle el beso de rigor. - Este francés cree que todo se soluciona con besar un librito -se burló John. Pierre se volvió, con los ojos muy abiertos, hacia los dos. - ¡Mi Biblia! ¿Dónde está? ¡No la encuentro! Reemprendió la búsqueda, lleno de nerviosismo, revolviendo frenéticamente bolsillos y forros. Después pasó al macuto, sacando todo lo que había en su interior y volviéndolo del revés. - ¡Eh, tranquilo, hombre! -Neal conocía desde hacía años a Pierre y nunca lo había visto tan nervioso, ni siquiera en el transcurso de algún apurado combate- ¡Ya comprarás otra al llegar a Nueva Orleans! - ¿Dónde está? -farfullaba el criollo, angustiado. Neal y John le ayudaron en su búsqueda, que, aún entre los tres, resultó infructuosa. - Se debió caer en la charca donde te hundiste -aventuró el norteamericano-. Es lo más probable. Despídete de ese viejo librito. Como ha dicho Neal, mañana comprarás otro igual. La expresión de espanto en el rostro del francés logró espeluznar a sus compañeros. - ¡Mañana! -exclamó, pasándose las manos por la cabeza. Tenía la mirada de un loco- ¡Mañana! ¡Mañana puede ser tarde! Pasó entre Neal y John y buscó por toda la sala, apartando telarañas y muebles decrépitos. - ¿Te has vuelto loco, Pierre Montaigne? -bramó Neal- ¡Vuelve aquí antes de que te traiga a rastras! No encontrarás el libro, lo hemos buscado entre los tres y no está aquí. John tiene razón, tu Biblia debe hallarse en el fondo de una de las miles de charcas del pantano, allá afuera. ¿Tan importante es para ti? El francés pareció comprender al fin que no encontraría el objeto buscado. Sus compañeros le contemplaron con sorpresa y espanto. Parecía haber envejecido años durante los últimos minutos. Se sentó en el suelo descuidadamente. Observaba las llamas como un demente. A ratos, le temblaba todo el cuerpo. Un sudor frío bañaba su frente. Neal y John intercambiaron torvas miradas. - ¿Qué le ocurre? -susurró el negro- Nunca le había visto así... - Sé tanto como tú. Bah, cuando quiera hablar, lo hará. Quizá le picó alguna culebra y ahora sufre un mareo. Mientras no cometa ninguna locura, dejémosle en paz. Neal asintió, observando a Pierre, quien aún permanecía absorto en las llamas. Quedaron en silencio durante largos minutos. - Las descubriste tú también, ¿verdad? -dijo de pronto Neal, con la mirada fija en la chimenea. - ¿A qué te refieres? -preguntó John. El negro clavó sus profundos ojos en el norteamericano. - A lo que había ahí fuera. Junto a la casa. Yo las toqué. Seguro que tú también. John comprendió que hablaba de las tumbas. Sintió de pronto un espeso nudo en la garganta. Sin saber por qué, desvió la vista Su voz casi se quebró al decir: - No sé a qué te refieres. No vi nada extraño en los alrededores de la casa. Neal lo contempló durante unos segundos. Después, volvió la vista hacia Pierre, quien permanecía aún sumido en su nervioso silencio. - Esta noche es Noche de Difuntos -dijo el africano, casualmente, como para empezar una conversación-. Los del Norte la llaman Halloween. - Sí, lo sé -contestó John-. En Nueva Orleans hay tugurios donde la gente viste mórbidos disfraces. Es una fiesta más. Neal entrecerró un ojo y musitó: - He oído que, en esta noche, los muertos se levantan de sus tumbas y piden cuentas por sus pecados a los vivos... John se volvió hacia Neal. - Bah, creo en esos cuentos tanto como tú, negro endiablado. Sin embargo, a pesar de su sonrisa irónica, John parecía intranquilo. No pudo evitar recordar el tacto frío y húmedo de la losa funeraria contra sus dedos. Sintió unas histéricas ganas de reír, pues, tal como rezaba el dicho, literalmente había pisado sobre la tumba de alguien. Quizá el muerto se agitara, molesto, dentro del ataúd. Revolvió la cabeza y lanzó un pedazo de madera del hato de leña a su lado a las llamas de la chimenea. El objeto levantó chispas incandescentes al chocar contra el fondo del hogar. - Habéis de prometerme algo. John pegó un respingo. Se volvió hacia Pierre. El hombre los miraba fijamente desde el fondo de unas cuencas demenciales. Medio rostro estaba iluminado por la resbaladiza luz del fuego. La otra mitad permanecía en la negrura. El francés continuó hablando de manera monótona, tan lúgubremente que Neal John se apartaron levemente de él: - No podéis permitir que muera esta noche. No hasta que consiga otra Biblia. Debéis guardar mis espaldas. Os daré todo cuanto poseo e incluso la paga de los dos próximos años. Os pagaré lo que queráis, incluso podréis hacer de mí cuanto os plazca, pero, por favor, no permitáis que muera antes de tener entre mis manos otra Biblia. Durante unos instantes tanto Neal como John quedaron en silencio, estupefactos. Fue el africano quien rompió la pausa: - ¿Por qué? -preguntó. Pierre miró hacia el suelo. - No os lo puedo decir. Es un secreto que no conoce nadie. John sintió que el diablo de la curiosidad le picaba con vehemencia. Su mirada ganó maldad. - Nos vas a decir la razón. Si no lo haces ahora mismo te mataremos y entonces sí morirás sin tu querida Biblia. Pierre le contempló con genuino espanto. - ¡No te atreverías...! John sonrió siniestramente. - He matado a muchos, Pierre. Uno más... ¿qué importa? Neal se encaró alarmado con el estadounidense. - ¿Te has vuelto loco? Olvida el asunto, es una tontería del francés. Intentad dormid los dos, yo haré la guardia. - Nada de eso -John seguía clavando su mirada en Pierre-. No me iré de aquí, y mucho menos dormiré, hasta que Pierre nos dé una explicación. El aludido agitó negativamente su aterrorizada cabeza. John sacó rápidamente su pistola, ya cargada, del cinto. Apuntó a Pierre a la cabeza. Sus ojos se entrecerraron. Chispeaban malignamente cuando el dedo pulgar hizo recular lentamente el percutor. Neal no se atrevía a hablar. Pierre miraba, lleno de espanto, el cañón del arma que le apuntaba. Gruesas gotas de sudor perlaban su frente. - Nos vas a desvelar tu gran secreto -dijo John- o te irás al Otro Mundo sin ninguna Biblia entre las manos. - ¡John, por favor, aparta el arma! -suplicó Neal. - No te metas en esto. Si intentas quitarme la pistola dispararé y verás volar sesos criollos por toda la sala. Contaré hasta tres y luego lo haré. Uno... Pierre tragó saliva ruidosamente. El sonido fue engullido por el crepitar furioso de las llamas. - Dos... El dedo asesino reculó ligeramente y el gatillo comenzó a crujir. - La Biblia protege mi alma -dijo, al fin, Pierre. - Ajá -sonrió John, triunfante. Apartó la pistola, colocando de nuevo el percutor en lugar seguro. - ¿De qué demonios protege tu alma? -preguntó Neal. Pierre tenía la vista fija en el suelo. Respiraba con dificultad. - De eso mismo. Del Demonio. Tú lo has dicho. John y Neal callaron durante más de diez segundos. De pronto, el norteamericano exhaló una gran carcajada, que resonó en la enorme y oscura sala. - ¡Vamos! ¡En el caso de que exista ese ser, tu alma ya está tan cargada de pecados que se hundirá en el Infierno tan rápidamente como el ancla en mar abierto! ¿Crees que un simple librito te salvaría? Pierre miró a su compañero con rabia mal contenida. - ¡Sí! ¡Es la Biblia, El Arma del Señor, es Su Palabra! Aún a pesar de todos mis pecados, si la conservo encima estoy salvado, tengo junto a mí la Voz del Señor y Él va conmigo donde yo voy. Satanás no se atrevería a tocarme mientras aún me hallara al amparo de Dios. Pero... -sus ojos se ensombrecieron- si mi alma dejara este cuerpo sin Su protección, el Demonio se la llevaría y sufriría tormento eterno. John tenía la boca abierta. Habíase quedado mudo de asombro. Parpadeó varias veces y luego dijo: - He oído sandeces gigantescas, pero tu locura se lleva el premio. ¿Qué te parece, Neal? Tenemos aquí a un santurrón demente que se cree a salvo de Belcebú por llevar encima un librito con una cruz en su lomo, y eso a pesar de que roba, mata y viola un día sí y otro también. Esto es... - Cállate. La voz de Neal sonó cortante. John obedeció involuntariamente. El negro tenía la profunda mirada clavada en Pierre. Su mente africana daba gran importancia a las supersticiones. - En mi tierra natal se dice que no debe burlarse uno de las creencias ajenas, pues quizás llegue el día en que habrás de tragarte la risa. John no atinó a contestar, aún sorprendido. - Cuéntame, Pierre, cómo adquiriste esa creencia -pidió Neal, con voz respetuosa. El criollo tragó saliva. - Fue de niño. Me la inculcó mi padre y el párroco de mi pueblecito natal. Creo que ha sido lo único en que siempre les he obedecido. - ¡Esto es absurdo! -explotó John- ¡Una conversación de locos! ¡De existir el Infierno ya estás condenado, Pierre, por mucho que te aferres a una esperanza sin sentido! El francés lo miró rabiosamente. - ¿Y tú? ¿Tú estás condenado también? ¿En qué crees tú? ¿Crees en algo? Quizás tus pecados sean mayores que los míos... El norteamericano calló de pronto, sin saber qué contestar. Ante las preguntas del francés se sentía como al borde de un abismo. Sabía que era peligroso bucear en estas cuestiones. No se lo podía permitir, ninguno de ellos podía permitírselo. - ¿Y tú, Neal? -atacó Pierre nuevamente- ¿Qué es lo peor que has hecho en toda tu vida? El negro desvió la vista y sus ojos parpadearon rápidamente. Le oyeron tragar saliva. - ¿Lo peor que he hecho? -repitió, temblándole la voz. - Vamos, no somos corderitos -terció John, sonriendo cínicamente-. No creo que tus hazañas logren escandalizarnos. Somos la escoria de la civilización, la gente honrada nos teme y aborrece, estamos cargados de culpas y no habrá perdón para nosotros. Neal alzó la mirada. - Está bien... Os lo contaré. Mi mayor falta fue traicionar a mis hermanos de raza. Hizo una tensa pausa. Los otros dos le miraron intensamente, esperando. Neal, con la vista clavada en el suelo, prosiguió: - Yo era un muchacho más de mi pueblo. Vivía feliz con los míos. Había peleado contra otras tribus y cazado junto a mis mayores. Estaban orgullosos de mí. Yo también estaba orgulloso de mí mismo. "La vida siguió así hasta mis veinticinco años. Por ese entonces, aún no había tomado esposa, me consideraba un guerrero y un cazador, libre de esas responsabilidades. "Fue ahí cuando llegaron los portugueses. Nunca habíamos sabido de hombres blancos, pues nuestro pueblo vivía muy al sur de las costas Mediterráneas. Invadieron nuestra aldea amparados por la noche. Empleaban a guerreros negros de otras tribus y a hombres de tez oscura y nariz aguileña, mercenarios musulmanes. Los hombres a sus órdenes sabían cuándo y cómo atacar y nos cogieron por sorpresa. Tras un rápido y violento asalto, en el que redujeron brutalmente a nuestros soñolientos luchadores, fuimos llevados, en una larga hilera de hombres, mujeres y niños encadenados, a través de la jungla nocturna. "A golpes de látigo y porra, aterrorizados sobre todo por el tronar de sus para nosotros desconocidas armas de fuego, llegamos hasta un gigantesco campamento de esclavos, muy al Norte de nuestras tierras. Allí, descubrimos a otros cientos de hombres arrebatados a la jungla. Al contemplar sus rostros, comprendí que desde ese momento nuestras vidas cambiarían de manera brutal e irreversible. "Y Nos obligaron a continuar hacia el Norte, siempre hacia el Norte... "Atravesamos llanuras, sabanas y desiertos. Muchos murieron por el camino, sobre todo los ancianos y los niños. A los esclavistas tal hecho no les importaba, pues necesitaban sobre todo varones fuertes y mujeres en edad de procrear. "Llegamos a los países Mediterráneos. Los portuguesas vendieron muchos de los nuestros a compradores islámicos y a europeos: holandeses, franceses, ingleses y alemanes, afincados Marruecos. "Yo caí en manos de un terrateniente holandés que comerciaba con marfil. Como era un joven fuerte y ágil me empleaba en luchas contra otros negros, a veces a muerte, en las cuales los blancos apostaban mucho dinero. Ganaba siempre y por ello se me dio un trato de favor respecto a otros esclavos: no realizaba trabajos pesados y tenía derecho al pequeño harén de mujeres negras de mi amo. Sin embargo, me exigían un entrenamiento brutal con objeto de estar dispuesto para la siguiente pelea. Así transcurrió un año, relativamente feliz en comparación con la vida de mis congéneres secuestrados. Pronto comprendí que no había manera de escapar. Sería un esclavo durante el resto de mi existencia. Al fin, llegué a la conclusión de que de nada servía lamentarse; debía pensar con frialdad y sacar el mayor provecho de la situación. "Así pues, me convertí en capataz de mis propios congéneres. Propinaba palizas a quienes no obedecían o trabajaban poco y perseguía cual perro de presa a los huidos y los traía de vuelta, vivos o muertos, a mi amo. "Él me recompensaba con creces. Ahora yo gozaba de un verdadero trato de favor. Ya no tenía que pelear para sobrevivir y había olvidado la caricia del látigo. Aún así, debía ahogar los remordimientos, segundo a segundo. "Un día, mi dueño me encomendó una nueva misión: rastrear y conseguirle más esclavos. Se trataba de conducir expediciones al interior de África y apresar hombres libres. "Yo había visto a otros esclavos recibir semejante mandato y negarse: eligieron perecer entre horribles suplicios antes que aceptar tal tarea. Nadie estaba dispuesto a enviar al cautiverio a sus compañeros de raza. Envidié a aquellos héroes que, a pesar de las torturas y la muerte, no traicionaban a su pueblo. Mas yo no estaba hecho de esa pasta, así que di a los blancos lo que querían. "Durante los dos años siguientes más de quinientos negros libres fueron arrancados a la fuerza de sus tribus y esclavizados gracias a las expediciones que yo planificaba y comandaba... Jamás lograré olvidar sus rostros, el odio y la rabia en sus ojos cuando me miraban. "Ahogaba la culpa en vino, mujeres y extrañas drogas. Trataba cruelmente a mis subordinados y víctimas. Pero el remordimiento no se marchaba. A veces, en la soledad de mi tienda, rompía a llorar amargamente. En muchas ocasiones deseé huír: libertar a todos esos esclavos y después correr hasta que los fusiles me acribillaran. De esta manera, al menos moriría como un hombre, no como una bestia domesticada. "Pero nunca lo hice. Mi espíritu y mi voluntad habían sido quebrados por completo... O quizá, simplemente, me faltaba el valor. "Al cabo de tres años, mi amo holandés murió y me vendieron a un inglés. Pasé a ser uno de sus guardaespaldas. Viajé con él hasta Norteamérica. Me vendió a su vez al ejército de los casacas rojas y peleé contra los americanos del Norte. "Entonces, descubrí algo que me sorprendió profundamente: un ejército de negros. Los norteamericanos empleaban negros liberados en sus batallas. Rápidamente, huí de los casacas rojas y me ofrecí voluntario en aquellos regimientos de color. "Naturalmente, me admitieron. Pasé dos años con ellos, luchando junto mis hermanos de raza, aunque, como siempre, para favorecer los intereses de los blancos. "Sin embargo, acabé desertando. "Me convertí en un Fuera de la Ley y acabé en una banda de forajidos de Arizona durante un tiempo. Después, la vida me trajo hasta Nuevo Méjico. Oí que Jean Lafitte reclutaba hombres de acción sin escrúpulos y me enrolé como pirata. Neal guardó silencio, sin apartar la mirada del suelo. El resto también callaban, con la vista fija en él. El africano, después de varios minutos, volvió a hablar: - No sé qué hay más allá de la muerte. Hace tiempo que dejé de creer en los ritos de mi tierra natal. Pero una cosa que sí comprendo es la siguiente: si uno debe pagar sus culpas en el Otro Mundo, mi castigo será ejemplar. A la luz de las llamas, Neal parecía cansado y viejo, como si un peso enorme e invisible encorvara sus anchas espaldas. Aquel tipo jamás podría escapar de su propia conciencia. Pierre se volvió hacia John. - ¿Y tú? ¿Cuál ha sido tu peor y mas execrable acción? El norteamericano miró hacia las llamas de la chimenea. Quiso soltar el lastre que durante años, como una negra sanguijuela, se había engarfiado en su alma. Recordó a su padre, trabajador y honrado, quien siempre se esforzó por darle lo mejor al golfillo de su hijo. Y la espesa culpa llenó de bilis su mente. - ¡Bah! -exclamó, quitándole importancia al asunto con una mano- He robado, asaltado y matado y no creo que exista nada después de la muerte. Iremos al ataúd, a la fosa y al estómago de los gusanos. No creo en Dios ni en el Diablo. Nunca lo he hecho. - ¿Realmente piensas así? -preguntó el francés con voz inquisitiva. John se mordió los labios. Súbitamente, se levantó y cogió la lámpara de gas. - Voy a pasear un rato. Quiero echar un vistazo alrededor de la casa. Tal vez descubra algo de utilidad. Además... ¡estoy harto de vuestras estúpidas conversaciones! Encendió la linterna y salió de la cabaña, cerrando con un portazo. Pierre y Neal se miraron. Después, desviaron la vista hacia el perenne fuego de la chimenea. Un silencio pesado cayó sobre la sala tenebrosa. Los pensamientos de los hombres, aun mas sombríos que el ambiente general, divagaron sin dirección alguna, llevados por la marea de sus emociones. Al fin, tras muchos minutos, Neal se levantó y estiró sus piernas. Agarró la linterna y se dirigió hacia la puerta. - Yo también voy a salir. No soporto esta atmósfera. Siento como... como si dos manos invisibles me oprimieran las sienes. - ¿Te vas? -exclamó Pierre, alarmado- ¿Y yo? ¿Qué haré aquí? ¡Debéis protegerme! ¡Lo prometisteis! Neal le dirigió una mirada hastiada y salió de la cabaña. El africano se internó en la negrura exterior. Las voces de los grillos, las ranas, los pájaros y el resto de criaturas del pantano golpeó sus tímpanos de forma atronadora. Encendió la luz de la linterna y un halo amarillento se esparció en torno a él. Las moscas zumbaban furiosas alrededor de la lámpara, fascinadas por la luz, consiguiendo tan sólo estamparse contra el cristal. Cerró la puerta de la cabaña y bajó los mugrientos escalones. La niebla húmeda entró por sus orificios nasales. El hombre suspiró tristemente y echó a andar, bordeando los muros de madera de la cabaña. Los recuerdos se le agolpaban, hirientes, en la cabeza. Había abierto la vieja costra y ahora su conciencia volvía a sangrar. Distinguió un bulto difuso entre la profunda oscuridad. Al acercarse, la luz enfermiza lo describió como un gran tocón de madera, en el cual los antiguos moradores de la casa debieron cortar la leña. Ahora, estaba tapizado de mugre y hongos. Aún así, Neal se sentó sobre él y dejó el farol junto a sus pies. La pena y la culpa lo asaltaron con tanta fuerza que el hombre volvió a llorar como desde años atrás no lo hacía, temblando, jadeando y gimiendo amargamente. Escuchó un leve tintineo. Todo su cuerpo se envaró. El leve y agudo sonido se tornó más agudo. Pasos. Se le acercaban. Eran muchos. Venían de todas direcciones. Estaba rodeado. Neal sintió su pensamiento paralizado por el terror. Nunca había rehuido el combate, pero ahora, inexplicablemente, una mancha negra se extendía sobre su mente y paralizaba su cuerpo, aunque con todo su ser deseara moverse, gritar. Vio las figuras... Siluetas de opacidad más espesa que la negrura general. El tintineo sonaba cada vez más cercano. Arrastraban los pies sobre el fango. ¿Cuántos eran? Al menos quince. Altos o bajos, masculinos o femeninos, delgados o corpulentos. Tenían las cabezas y hombros caídos. Se leía en su porte un desánimo fatal, una tristeza sin límite. El primer rostro llegó al alcance de la luz del farol. Era un hombre adulto, de piel azulada y oscura. Los labios, gruesos y morados, manchados de baba seca que formaba costras. Los ojos, de un blanco sucio y lechoso, pues sus pupilas ascendían hasta desaparecer bajo los párpados. Tras el hombre apareció un niño. También poseía ojos demenciales y estaba cubierto sólo por un taparrabos. Su oscura piel lucía fantásticamente a la luz del farol. Una mujer joven de ánimo y pechos caídos se acercó a Neal por la espalda. Un anciano llegó desde su derecha. Él los conocía a todos. Onkuani... Ven con nosotros... El ciego espanto inmovilizaba a Neal. Sus dientes castañeteaban ruidosamente, el vello corporal se le había encrespado, emitía una voz ininteligible, una especie de gemido infantil, agudo y tembloroso. Onkuani... Vuelve con tu pueblo... Un joven guerrero hizo tintinear sus eslabones al acercarse a Neal, quien otra vez deseó gritar. Mas de pronto el pánico se volvió tan intenso que lo venció y quebró, destruyó su memoria y su identidad: sólo era un amasijo de carne y huesos, unos ojos, unos oídos y una piel desligados de cualquier voluntad, una cosa aterrada que lloraba en silencio, cuya orina y heces manchaban sus piernas. El guerrero llevaba en sus manos una cadena y unos grilletes. Los colocó en los inmóviles tobillos y muñecas de Neal. Después, enrolló el enlace metálico alrededor de su cuello y tiró de él. Los corroídos eslabones de acero se clavaron en la yugular, cortándole la respiración. Neal cayó al suelo tosiendo y jadeando, pero ni aún así logró reaccionar de manera coherente. Se limitaba a mantener clavados sus alucinados ojos en el guerrero y sufrir periódicos espasmos. La cadena se aflojó. Se la quitaron y le colocaron un aro de metal en el cuello, unido por otra cuerda de acero a las manos de un cazador adulto. Ven con nosotros, Onkuani... Camina... El aludido asintió débilmente y se levantó. Alguien tiró de su cadena y comenzó a andar. De pronto, adquirió una extraña lucidez, la suficiente como para comprender que todo aquello no resultaba ninguna alucinación o pesadilla y por tanto no iba a despertar jamás. Entendió que su vida, como la había conocido hasta ahora, no era más que una ilusión, una falsedad, y que la auténtica realidad, oculta y al acecho tras el velo de lo conocido y cognoscible, empezaba ahora a manifestarse con toda su ineludible contundencia. Sollozante y sumiso, se dejó llevar por sus captores. Y todos juntos se alejaron lentamente, hasta desaparecer, engullidos por la frondosa oscuridad del pantano. Junto al tocón de madera quedaba la lámpara de gas, muda y solitaria, sobre cuyo cristal se agolpaban y estrellaban los mosquitos. John no se había alejado mucho de la cabaña. Entre los enormes y negros árboles y la vegetación húmeda y tristona, experimentó deseos de golpear y destrozar, de encontrar alguien sobre quien descargar sus nudillos. Aquélla sería la única manera de alejar los recuerdos... Porque una y otra vez se le aparecía el afable rostro de su padre, quien, sentado en un viejo taburete, arreglaba el zapato roto que descansaba en el delantal de su regazo. Innumerables pilas de calzados le esperaban, sumidos en los rincones de un humilde establecimiento. Él debería coserlos, remacharlos y sacarles brillo. Un duro y paciente trabajo que daba pocas ganancias, empleadas en su único hijo. Has de ser un hombre de provecho, Johnny. Se está forjando una nación... Debes estudiar. Quizás algún día llegues a ser gobernador o banquero. Y éso te lo darán los conocimientos que adquieras en tu juventud. Los conocimientos lo son todo... Pero el chico hacía novillos y se enzarzaba en trifulcas de pandillas. Era un golfillo que aprendió muy pronto a robar y poner pies en polvorosa. Un ladronzuelo sin escrúpulos deseoso de dinero fácil. John asestó un machetazo a la pared de la cabaña. De nuevo los recuerdos lo habían vencido. ¿Es que nunca podría derrotar a su propia mente? ¿Por qué el negro y el francés habían tenido que hablar de aquellos temas? Él no deseaba pensar, tan sólo emborracharse, fornicar y luchar. Así, mantendría el ánimo ocupado en asuntos que requerían su más inmediata atención, sumergiendo en el olvido todos aquellos recuerdos que le eran intolerables. Escuchó un sollozo lejano. - ¿Neal? -preguntó. Casi agradeció aquella nueva preocupación. Sus instintos de conservación se pusieron en marcha. Extrajo cuidadosamente la pistola del cinto y reculó el percutor. Escuchó tintinear de acero y pasos arrastrados, todo ello muy lejano. Apagó la linterna y cerró sus ojos durante medio minuto, atento a cualquier otro sonido. Siempre era más espesa la oscuridad bajo los párpados que la producida por la ausencia del Sol. Cuando los abrió, distinguía mejor las sombras y sus figuras, aunque la niebla lo confundiera todo. Comenzó a caminar hacia el tintineo metálico haciendo el menor ruido posible. Aquellos sonidos provenían del otro lado de la cabaña. Debía rodearla, lo que le llevaría, calculó, unos cuatro o cinco minutos si andaba con el necesario cuidado, atento a cualquier señal de peligro. Cada tres pasos paraba y escudriñaba con la vista la negrura a su alrededor. Había tantas sombras que resultaría prácticamente imposible descubrir un enemigo agazapado. Aún así, todas las precauciones eran pocas cuando estaba en juego el pellejo. El tintineo se hizo más y más leve, hasta desaparecer. Entonces, John descubrió de pronto una figura humana ante él. Era un hombre de mediana estatura. Le daba la espalda. Sentado en el suelo, parecía ocupado en alguna extraña tarea. De vez en cuando levantaba el brazo derecho y lo dejaba caer. Tenía en la diestra un objeto largo y contundente, un martillo. ¿Estaría clavando algo?, se preguntó John. El norteamericano apuntó la pistola hacia el desconocido, quien no daba muestras de notar su presencia. Se acercó a la figura en completo silencio, con los nervios en tensión. El hombre continuaba clavando algo que tenía entre sus dos rodillas. Cuando se hallaba a metro y medio de la sombra sentada, John se detuvo y advirtió, con voz helada: - Deje lo que esté haciendo, y muy despacio, si no quiere que le vuele la cabeza. ¿Me matarás otra vez, hijo? La pistola de John cayo de su mano. Los ojos se le abrieron desmesuradamente, la boca se le secó por completo. Un terror brutal devastó su mente. No podía pensar ni moverse. Reconocía aquella voz. El hombre se levantó y se volvió lentamente, hasta encararse con él. En la negrura del rostro había dos ojos tenebrosos, llenos de una demencia repugnante e hipnótica. El tipo tenía un zapato en su mano derecha y el martillo en la izquierda. Fue con este mismo martillo, Johnny, ¿lo recuerdas? La voz de John adquirió un tono infantil y suplicante: - Lo siento, papá... Perdóname, por favor... Yo te di la educación. Pero tú nunca me obedeciste. No querías ser honrado. Agarraste los ahorros de años de trabajo y penurias y te fuiste de casa. John quiso hablar, pero un espeso y rasposo nudo en la garganta se lo impedía. De ser sólo eso, Johnny, yo te hubiera perdonado. Pero fuiste un auténtico mal hijo. No te contentaste con robarme, sino que me golpeaste en la cabeza muchas veces, mientras dormía... Hasta el final. Los labios de John temblaban de forma incontrolada. Se había encogido, medio agachándose, desamparado, como un niño que recibiera una reprimenda de la que no puede escapar. - Perdóname, papá, por favor... A partir de ahora seré bueno... Estudiaré mucho... Por favor, papá, por favor, perdóname, por favor... No, Johnny. Esta vez no voy a perdonarte. Debes recibir un serio correctivo. - No... ¡Silencio! ¿Ves ese agujero de ahí? Métete en él. Y sin rechistar. ¡Obedece a tu padre! John distinguió una lápida grisácea y, ante ella, una gran fosa. Reposaba en su fondo un ataúd abierto y vacío que hedía a putrefacción. Entra en la caja y ciérrala, Johnny. Después, no la abras, ¿entendido? Te vas a quedar ahí, quietecito. Por una vez en tu vida me obedecerás. - Sí, papá. John se introdujo en el ataúd. De pronto, experimentó una gran felicidad. Tras tantos años, iba a pagar la deuda y su padre y él quedarían, por fin, en paz. Cerró el ataúd y sonrió, sumido en la impenetrable y pestilente oscuridad. Había tierra bajo él, fría y húmeda, pero no le importaba. Ahora, todo estaba bien, iba a obedecer a su papá, como un buen chico. Un gusano le subió por el antebrazo y lo apartó distraídamente con los dedos. Escuchó un crujido sobre el techo del ataúd. Otro. Y otro. Oía la pala llenarse con la tierra que después su padre arrojaba sobre la fosa. Comprendió que iba a ser enterrado vivo. Más tarde, quizá le pareciera un destino horrendo hasta la chillona locura. Pero ahora no le importaba. Obedecería a su padre. Pagaría la deuda. Una paz enorme invadía su ser. Su conciencia, tras tantos años de guerra interior, estaba tranquila. Aspiró una profunda bocanada de aire, mientras sobre él seguían cayendo las paletadas de tierra. Pierre continuaba sentado en el suelo de la cabaña, sumido en un nervioso silencio. Preso de sus creencias, no osaba salir al exterior a pesar de la alarmante tardanza de sus dos compañeros. Se había puesto el pantalón, aún no del todo seco, pues sufría una aguda sensación de peligro y prefería afrontar cualquier riesgo vestido, aunque levemente, a hacerlo desnudo. También se había armado con su pesado y letal machete. La pistola, todavía mojada, resultaba inservible. Aguardaba con los nervios en de punta, todo lo cerca de las llamas que el calor se lo permitía, y susurraba apresurados rezos. Le pedía a su dios ayuda. Sin embargo, se decía una y otra vez, ¿cómo iba a socorrerle Él si había perdido la Biblia, el escudo que protegía su alma del Maligno? Negros temores invadían su mente. Le parecía escuchar en cada rumor nocturno risas burlonas y malignas y en cada crepitar de las llamas una carcajada diabólica. En el fondo de las sombras y los rincones descubría figuras achaparradas que aguardaban, traviesas y crueles, el momento adecuado para abalanzarse encima suyo. La luz insegura y escurridiza de las llamas no ayudaba en absoluto, pues convertía la tiniebla en un mar en constante movimiento. Jadeaba, pues creía ahogarse bajo una atmósfera insoportablemente pesada, comprimida por unas paredes, un suelo y un techo que se le acercaban con tenaz y engañosa lentitud. - Malditos sean el norteamericano y el negro -gimió, con una voz que le sorprendió por su temblor y su extremado tono agudo-. ¿Qué les habrá pasado? ¿Por qué no vienen? Dijeron que me protegerían... Lo dijeron... Su mirada pasó por las sucias ventanas de la cabaña. Sus ojos se desorbitaron: confusos rostros le observaban tras el cristal, gordezuelos y rojizos, abombados por sonrisas malignas de labios bulbosos, con ojos redondos y desorbitados, ávidos y enfermizos. Se reían de él. Pierre podía oír sus obscenas y grotescas carcajadas, compulsivas, histéricas, veloces o fantasmalmente lentas, dotadas de un eco cavernoso. - ¡No! -aulló el francés. Se levantó y retrocedió hasta la pared junto a la chimenea. Su corazón latía dolorosamente, cada pulsación era una violenta punzada. - ¡Dejadme en paz! -gritó, todo su cuerpo mojado de sudor. Escuchó golpeteos en las paredes, furiosos y alocados, un trotar fugaz que subía y bajaba en todas direcciones, como si los demonios danzaran y palmetearan sobre los muros y el techo. El francés, al borde de la locura, agarró un pedazo de leña seca que reposaba junto al hogar y lo lanzó contra una ventana. El proyectil atravesó el cristal y se perdió en la noche. Los diablos rieron con más ganas después de ese ataque sin resultado. Pierre tomó una vara de madera por el extremo que sobresalía del fuego. La otra punta estaba envuelta en llamas. Sostuvo la improvisada tea con la mano izquierda mientras en la derecha enarbolaba el machete. El hombre jadeaba bruscamente a causa del miedo. El volumen de las carcajadas, los gorjeos, los gruñidos y los ladridos aumentó más y más, como un frenesí desbocado, una algarabía que llenaba y hacía añicos el Universo, una excrecencia repugnante, intolerable, y el hombrecillo se llevó los puños a las sienes, sintiendo su cerebro a punto de estallar en mil pedazos. - ¡Callaos! -se apretó aún más las sienes con los nuños, pero el tormento no desaparecía ni mucho menos decaía- ¡CALLAOS! Un viento helado y cortante bajó a través de la chimenea, apagó las llamas y esparció brasas y chispas incandescentes por toda la sala. Pierre se alejó del hogar, en el cual sólo quedaban ahora rescoldos humeantes. La oscuridad reinaba en la sala, únicamente molestada por la pequeña luz de su tea. El viento bajó de nuevo, tan frío y veloz que heló las últimas brasas. Pierre se abalanzó sobre una de las puertas de la sala. No sabía siquiera a dónde conducía, el miedo le impedía pensar coherentemente. Se encontró con una escalera que bajaba, tropezó y rodó estrepitosamente, escapándosele de las manos el machete. La tea también voló de su mano y quedó sobre las sombras, medio apagada. Al levantarse, le dolía todo el cuerpo. Pero, tan aterrorizado como estaba, no reparó en el sufrimiento de sus músculos. Agarró la antorcha y huyó ciegamente, tropezando sobre bultos sólidos e informes, atravesando telas de araña y chocando contra húmedas paredes. Creyó hallarse en una antigua despensa o trastero. Bajo la raquítica luz de la tea descubrió cajas rotas y alimentos pútridos y endurecidos sobre los que volaban cucarachas. El techo era bajo y hubo de agachar su cabeza para no golpearse contra las vigas. Entonces, vio algo hipnótico y terrible en un rincón de la estancia. Quedó mucho tiempo quieto, mirándolo fijamente, hasta comprender que se trataba de un rostro... La faz majestuoso y enloquecedora de La Bestia. Pierre gritó histéricamente, su mente se rompía de puro horror. Satanás, en toda su Maligna Gloria, lo observaba desde el fondo del cuarto, como una enorme y pavorosa cara desligada de cualquier cuerpo. Su carne era brillante, como terciopelo oscuro. Tenía ojos rojos y llameantes, su boca parecía un jirón escarlata del que manaba negra sangre a chorros, la sangre de las almas atrapadas entre sus fauces. Sonreía. El Otro, El Contrario, que sufría un hambre infinita, iba a engullir una nueva presa. - No... Dios Mío... Sálvame... -gimió el hombrecillo, aovillado en el fondo de la estancia. Mas Pierre se sabía perdido. El Maligno expelió su aliento, un chorro de azufre vaporoso que quemó levemente su piel. La llama de la tea, de pronto, iluminó una estantería cercana. Y en el piso superior, entre muchos otros libros abandonados, Pierre descubrió uno pequeño y negro con una leve crucecita amarillenta pintada en su lomo. Exhaló un jadeo violento. Aquel librito, dejado allí por los antiguos moradores de la casa, debía ser, sin duda, un ejemplar de la Sagrada Biblia. Durante un instante quedó inmóvil a causa de la emoción. Satanás, entonces, expandió su forma hasta adoptar la del enorme y maligno macho cabrío, y avanzó. Sus pezuñas resonaban como trallazos en el suelo de madera húmeda. Pierre se abalanzó sobre la estantería y atrapó la Biblia. La mostró a Satanás, riendo locamente. - ¡Mírala, Maligno! ¡Tengo El Libro! ¡Estoy salvado! ¡Mi alma ha encontrado de nuevo Su protección! ¡Aunque me matases ahora, mi espíritu iría al Cielo! La Bestia se detuvo y le observó fijamente, con aquellos ojos a los que nadie soportaría mirar sin perder el juicio. Pierre seguía riendo locamente. En su eufórico estado, apretó con demasiada fuerza la decrépita y abandonada Biblia. El libro, atacado por el inexorable paso del tiempo, se deshizo entre sus dedos como lluvia de polvo y papel crujiente. El francés vio caer los restos al suelo. Dejó caer la mandíbula, anonadado. Emitió un espantoso gemido y los ojos se le llenaron de lágrimas. Intentó recoger lo que quedaba de la Biblia, pero del libro sólo quedaban montoncitos de decrepitud. Oyó una carcajada que desgajó el mundo entero, en la cual estaba contenida toda la obscena maldad parida desde el nacimiento del Universo, y en cuyo seno cantaban en infinitas lenguas múltiples voces, entonando salmos prohibidos. Cuando Pierre volvió su vista hacia el frente, se encontró un enorme jirón rojo y oscuro que se abría y expandía y en cuyo interior se desbocaban torrentes y oleadas de negrura cuyas formas recordaban a innumerables y pequeños seres retorcidos en un tormento sin fin. El corazón de Pierre se detuvo entonces y el agujero creció en torno a él, engulléndolo. Libre de todo recuerdo e identidad, se unió al río de las almas condenadas, para sufrir y sufrir y sufrir, en un viaje sin destino y sin retorno. Amaneció alrededor de la gran cabaña abandonada. El pantano volvía a llenarse de luz y color. Las plantas brillaban bajo el Sol, las criaturas despertaban y se dedicaban a su cotidiana e intensa lucha por sobrevivir. La niebla se depositaba como diamantino rocío sobre hojas y flores. Un pájaro trinó en la distancia. Un caimán asomó su escamosa cabeza. Un sapo atrapó con su lengua un mosquito. La vida seguía su curso.