INCOMPETENCIA AUTOR: ANDRÉS DÍAZ SÁNCHEZ Alberto Morán entró con paso decidido, como cada mañana, en el gran y moderno edificio donde trabajaba. Vestía un traje impecable y portaba un maletín de fino cuero negro. Todo él exhalaba decisión y rectitud. Estaba delgado, más su uno ochenta de altura le proporcionaba un aspecto imponente. Tenía un rostro compuesto por duras líneas rectas, con finos labios constantemente unidos en una tensa línea y las fosas nasales hinchadas en un rictus agresivo, nada atenuado por sus ojos oscuros, de mirar directo y severo. Empezaba a quedarse calvo, pero eso no le importaba. Le ocurría a muchos hombres de su edad, sobre todo a los que, como él, cargaban con grandes responsabilidades. Cuando la recepcionista le saludó con un buenos días obligatoriamente risueño, ni la miró. Era un hombre ocupado, muy ocupado, no soportaba las frivolidades. Esperaba frente al ascensor. Tardaba demasiado. El cuadro señalizador digital sobre las puertas metálicas quieto marcaba que permanecía quieto en el piso sexto. De seguro que algún o alguna imbécil se había detenido para charlar con un conocido del pasillo y mantenía las puertas abiertas y por tanto el elevador inmóvil. Una vena furiosa latía en su sien derecha. Estaba furioso. ¡Cuánto tardaba! No soportaba los imprevistos. Se le ocurrió que tal vez se hubiera estropeado el mecanismo que elevaba y bajaba el aparato. ¡Incompetencia! Siempre el mismo y fatídico mal El ascensor se movía de nuevo. Una sonrisa siniestra se abrió en su apretada boca. Al abrirse las puertas descubrió a una mujer con traje ejecutivo. Hizo una mueca al verle, pues ya le conocía. - ¿Qué? ¿De cháchara, verdad? -espetó Alberto, cortante. Ella casi dio un paso atrás, intimidada- ¡Seguro que le ha relatado con pelos y señales los últimos cotilleos a su compañerita! El ascensor está para subir y bajar, ¿puede comprenderlo? ¡Subir y bajar! ¡No para establecer relaciones sociales! - Yo... perdone, sólo fue un momento. - ¡A callar! -rugió Alberto. Ella logró escabullirse por su izquierda y se marchó a paso rápido. Alberto usó el insulto más corrosivo, el más humillante y obsceno que su mente podía imaginar:- ¡Incompetente! Se metió en el ascensor y clavó el índice en el botón adecuado. Seis minutos y treinta segundos después entraba en la oficina de su Jefe de Departamento, Miguel Angel Sobrino. Alberto era Jefe de Sección y había previsto que le derribaría y relevaría en un año y tres meses. Aquel fantoche sonriente y engominado sólo era un... - Buenos días, Alberto. Siéntate, por favor. - Hola. También estaban Gerardo Márquez y Juan Manuel Alba. Otro par de impresentables. Su margen de beneficios causaba risa. Cuando fuese Jefe de Departamento les iba a ajustar los tornillos. No, mejor aún, les despediría. Respondió a sus sonrisas con una leve inclinación de cabeza. Miguel Ángel Sobrino se alisó la corbata y apoyó la cadera y las manos en la mesa de fina madera, sin llegar a sentarse del todo. Dijo: - Bueno, antes que nada, hemos de felicitarnos. Logramos lo impensable: la fusión fue un éxito total, y, Alberto, tus precisos y rápidos informes nos lo hicieron mucho más fácil. - Gracias -repuso Alberto, ya sentado en una comfortable silla, al igual que sus dos compañeros. - Pero no hay que echar las campanas al vuelo. -señaló Miguel Ángel Sobrino. Se había quitado su careta de amiguete y comenzaba sacar la vena severa... Aunque no demasiado. Alberto le despreció por ello: era débil- Todavía queda el asunto de las galletas. ¿Cómo van los estudios de mercado, Gerardo? Gerardo Márquez contestó, atusándose el denso bigote: - Si seguimos adelante con este producto es muy posible que tengamos éxito. Aunque hay mucha competencia nuestro dulce puede funcionar bien, porque combinaremos un envoltorio y apariencia elegante con precios asequibles. Será como comprar bombones de lujo al coste de simples barquillos. Miguel Ángel Sobrino se volvió hacia Juan Manuel Alba, quien contestó a la muda respuesta: - He estado hablando con diferentes expertos en marketing y publicidad. Mediante una campaña de nivel medio, que llegara a la televisión, podríamos lanzar el producto y con bastante éxito. Anuncios impactantes, ¿sabes? Creo que deberíamos tratar de captar tanto al público más juvenil como al adulto, sobre todo amas de casa. Este enfoque ha de tratarse también en cuanto a la presentación del producto: cajas para chavales que van al colegio y otras mayores, de tamaño familiar. Y diferentes tipos de anuncios. Ya tengo preparados unos cuantos esbozos que después podemos ver juntos. Miguel Ángel Sobrino asintió y se volvió hacia Alberto, quien sonrió con los labios apretados y habló: - Los estudios que han hecho ellos dos son una auténtica chapuza y, si se siguen sus instrucciones, harán perder a nuestra empresa entre veinte y treinta millones, sólo durante el primer año... - ¡Eh, espera! -intervino Gerardo Márquez, ofendido. - No me interrumpas. -atajó Alberto, cortante- Me molesta la gente que no respeta su turno de palabra. Ahora es el mío, por consiguiente, cállate. Miguel Ángel Sobrino hizo una seña a Gerardo para que se calmara. - Continúa, por favor, Alberto -pidió el Jefe de Departamento, interesado. Odiaba a ese tipo compulsivo y maniático, pero era un genio con los números y solía acertar en sus predicciones. - Bien. Como iba diciendo, he realizado, aparte de mi informe, el que ellos debieran haber hecho, cada uno en su campo. En primer lugar, con la cantidad de dinero estimada para la fabricación, tenemos dos opciones: un producto refinado y de calidad, pero de alto precio, o bien un producto más tosco, y por tanto más barato. Nuestra línea alimenticia siempre ha ido encaminada hacia el populacho, si se me permite la expresión: no vendemos bombones ni confituras para adinerados, sino magdalenas y galletas para el niño que toma su desayuno diario. En este sentido, hemos de competir además con las múltiples marcas de cereales. La nuestra tiene ya una fama hecha, y tipo de público que se deleita con manjares ostentosos no nos va a comprar aunque hagamos productos de su estilo, simplemente por una cuestión de exclusivismo. Así, lo mejor es fabricar un producto para gente de barrio con aspecto de barrio. Pero... abaratándolo sustancialmente con respecto a otros que ya tenemos en funcionamiento. De este modo, durante los tres primeros años tendremos las ventas aseguradas. Cuando se acostumbren al sabor, iremos subiendo poco a poco el precio y seguirán comprándolo. En los siguientes tres, empezaremos a obtener ganancias de verdad. Y después se creará una nueva galleta renovada, con mejor sabor y calidad, y a un precio bastante más alto. Muchos de los antiguos consumidores picarán. Y los que no, continuarán con la versión tradicional. "En cuanto a la campaña de publicidad, Juan Manuel se equivoca también por completo. Hay que enfocarla hacia los padres, o mejor dicho a las madres, no a los niños. Ellas serán las que compren las cajas de galletas para sus hijos y no a la inversa. En cuanto a la presentación, hay que hacerlo en cajas grandes y de precios asequibles. Le encanta a las amas de casa, que buscan sobre todo mucha cantidad y barato. Se las llevarán, seguro. "Además, me he permitido traducir todo esto a números, a cifras, a hechos dignos de comprobación. He calculado que, eligiendo cuidadosamente, podemos sacar el producto con la mitad de dinero y de personal de lo que estos dos estimaban. -extrajo de su maletín un cuaderno de hojas sacadas por impresora, taladradas y perfectamente encuadernadas con un grueso canutillo y se lo tendió al Jefe de Departamento. Miguel Ángel Sobrino lo tomó, con una sonrisa. - Gracias, Alberto. Odio leer informes en la pantalla del ordenador. Prefiero el papel impreso. - También pensé en ello, por tanto no le traje un diskette. Sus compañeros le observaban aún anonadados. Gerardo Márquez abrió la boca para decir algo, pero Alberto alzó un rígido índice, sin mirarle. - Aún no he terminado. Cuando me refería a reducción de personal, no sólo hablaba de gente secundaria, sino también, incluso, de Jefes de Sección. Puedo hacer, sin ayuda, el trabajo de ellos dos, y estoy seguro que con el doble de efectividad. -clavó sus fríos ojos en el Jefe de Departamento, quien le observaba pensativo, frotándose la barbilla y la papada- Piensa en ello, Miguel Ángel: puedes emplearlos en otros menesteres mientras lanzo este producto hacia delante. Así, perderemos menos tiempo. El tiempo es oro. Se trataba de una de sus frases favoritas. Miguel Ángel Sobrino alzó las cejas y dobló los labios hacia abajo. - Vaya, debo pensar en ello. - ¡Por favor, Miguel Ángel! -clamó Juan Manuel Alba- ¿Es que no vas a escuchar el resto de cuanto tenemos que decirte? - Os sugiero que la próxima vez hagáis un informe. -señaló Alberto- Escrito. Porque no habéis traído informes, ¿verdad? - Se trataba sólo de un sondeo preliminar, no eran necesarios los informes -repuso Gerardo Márquez, indignado. Alberto le observó con desdén. Ni le contestó. Se dirigió al Jefe de Departamento: - Estamos perdiendo el tiempo con tontas discusiones. - Gerardo, Juan Manuel, por favor, salid. -pidió Miguel Ángel Sobrino, alzando una mano, como pidiendo excusas. "¡Vaya un líder!", pensó Alberto- Más tarde hablaré con vosotros, de verdad, os lo prometo. Ahora, charlaré un rato con Alberto. Furiosos y consternados, Gerardo Márquez y Juan Manuel Alba obedecieron. Alberto sonrió, apretando los dientes. Al término de la jornada, exactamente ocho horas y diez minutos después, salió del ascensor y topó con una señora que hacía la limpieza. La mujer, al apartarse, le rozó con la escoba el zapato impecable, que ahora tenía una blancuzca mancha de polvo en el empeine. Alberto miró hacia abajo y luego enfocó a la trabajadora, que no pudo evitar retroceder dos pasos ante el fuego de sus ojos. - Perdone usted, yo... - ¡La pagan para barrer el suelo, no para barrer mi zapato, vieja estúpida! -ladró. Y a continuación, una frase que adoraba:- ¡Haré que la despidan! ¡Me ocuparé personalmente de ello! - No, por favor, yo no pensaba... -balbuceó la mujer. Por supuesto, Alberto no cumpliría su amenaza: no tenía tiempo para preocuparse de llevarla a cabo. Pero adoraba aterrarlos de esa forma. - ¡A callar! ¡Incompetente! Y echó a andar, con la cabeza muy alta y una sonrisa en sus apretados labios. Afuera, el mismo caos de siempre: personas mal vestidas y desaseadas, coches aparcados en lugares indebidos, dejadez, desidia, infantilismo. Observando a aquella gente, se sentía superior. No entendía qué placer encontraban en malgastar sus improductivas existencias. La vida debía ser perfección y efectividad, no caos incontrolado. Se acercó al quiosco más próximo a su edificio de trabajo. - El Expansión -ordenó. El vendedor se lo entregó, sin preocuparse de saludar. Sabía por experiencia que aquel tipo estirado y severo no contestaría ante ningún tipo de amabilidad. Alberto entró en el VIPS donde solía almorzar y pidió el menú del día. No tenía tiempo para elegir los platos de la carta. Los camareros también le conocían y, si ya de por se comportaban de manera rápida y diligente, intentaron darse el doble de prisa con él. Alberto engulló su almuerzo sin prestarle casi atención, mientras leía el periódico. Hacía unos dos meses que no comía en su casa: odiaba los chillidos de su hijo y el parloteo estúpido de su esposa... Aunque últimamente hablaba menos. Bueno, mejor así. De todos modos, tenía que soportarlos durante el fin de semana. Cuando salió, pidió un taxi. Al montar, vio que el conductor era joven. Unos fuertes ruidos salían del radiocassette. "Música moderna", supuso Alberto, contrariado. - Buenos días -dijo el taxista. - Capitán Haya 35 -contestó Alberto. Abrió el periódico y comenzó a leer las tres últimas páginas. El taxista no hablaba. Mejor. Odiaba a los pesados que no le dejaban terminar su lectura. A alguno había tenido que callarlo a gritos. Al cabo de cinco minutos, separó la vista del papel y desorbitó los ojos. - ¿Oiga, pero por dónde me lleva? -exclamó. - Pues... por La Castellana -respondió el conductor, a media voz- Es el mejor camino, ¿no? - ¡Hasta un imberbe, que no se diferenciaría mucho de usted, por cierto, sabría que en día laborable, para llegar hasta Capitán Haya número 35, lo mejor es meterse en la Plaza S. Juan de la Cruz, después la Calle Agustín de Betancourt, después el túnel de AZCA y la salida "Capitán Haya"! - Uy, es verdad. Perdone, es que llevo pocos días en esto... Empecé hace una semana y todavía no me conozco bien Madrid. - ¡Pues espabile! -rugió Alberto- ¡Me está usted haciendo perder el tiempo! - Bueno, perdone, le quitaré el taxímetro. Mire, no me pague nada por la carrera. - ¡Su carrera me importa un pito! -gritó Alberto, aplastando el periódico contra el asiento- ¡Llegaré tarde a mi casa, un retraso de aproximadamente doce minutos! ¡Eso es mucho para mí! - ¿Le espera alguien? -preguntó, tímidamente, el taxista. - ¡Me espera mi trabajo! -contestó Alberto- ¡El trabajo es sagrado! ¡Es lo primero en esta vida! ¡Métaselo en su cabezota! - Oiga, perdone mi error. No creo que haga falta ponerse como usted se está poniendo. Si puedo remediar en algo lo que he hecho... - ¡Me pongo como me da la gana! Escuche: la gente como usted me revienta las entrañas. Son unos incompetentes que nunca hacen bien su trabajo: fontaneros que dejan una cañería sin cerrar, contables que se saltan cifras, secretarias que hablan con sus novios desde la oficina, estudiantes que repiten asignaturas e incluso cursos... ¡Por no hablar de toda la gente que es impuntual! ¡Si fuese por mí, les cortaría la cabeza a todos! ¡Hacen de mi vida un Infierno! El taxista se volvió hacia él, aprovechando un semáforo. Parecía enfadado. - ¿Es que usted nunca ha cometido un error? ¿Nunca cateó, ni llegó tarde a una cita? ¿Nunca se ha equivocado en nada? - ¡Pues no, pequeño impertinente! ¡Yo jamás he cometido un solo error en mi vida! ¡Llevo una existencia bajo control, siempre estoy a tiempo y soy infalible en mis predicciones! Y ahora, preveo que llegaré antes andando a mi casa que en su coche, así que me bajo aquí, y por supuesto no le voy a pagar nada. - ¡Cómase su dinero, Don Perfecto! ¡Y váyase a la m...! Alberto cerró dando un portazo y echó a andar, furioso. - ¡Incompetente! -le gritó al taxista, quien ya estaba muy lejos. La gente a su alrededor le observaba con extrañeza. Su propia mirada les obligó a desviar la vista. Farfulló algo por lo bajo y continuó su camino, a paso rápido. Debía recuperar el tiempo perdido. Cuando llegó a su casa se metió directamente en el despacho y encendió el ordenador. El medio minuto que tardaba en hacerse operativo el sistema lo empleaba en quitarse el abrigo y la chaqueta y extraer de los cajones correspondientes los diskettes necesarios. Lo tenía calculado. Como cada tarde, Carlos llegó hasta la puerta y le saludó con un tímido: - Hola, papá. - Buenas tardes, hijo. -repuso Alberto- Luego te atenderé. Ahora no tengo tiempo. El niño lo miraba durante unos segundos, como indeciso, y después se marchaba. Por supuesto, el "luego" no llegaría hasta la cena, que bastantes veces Alberto tomaba en el despacho, con una mano, mientras la otra trabajaba con el bolígrafo, el ratón o el teclado. - ¡Hola, Estrella! -gritó. Sabía que, de no hacerlo, su mujer se enfadaría. Ella había claudicado en el intento de que la saludara con un poco más de atención, tal vez caminando hasta el cuarto de estar, donde sin duda estaría viendo uno de esos estúpidos programas para mujeres. "¿Por qué sería tan insistente y egoísta?", se preguntó Alberto. ¿Es que no se daba cuenta de que él siempre tenía mucho que hacer? - Hola -le llegó la apagada respuesta. La tarde continuó, fructífera y sin interrupciones. A las nueve, entró Estrella en el despacho. Vestía una blusa marrón, unos pantalones vaqueros desteñidos para estar en casa y unas sandalias. Nunca fue excepcionalmente hermosa, pero sí atractiva, con una faz ovalada y rasgos finos. Su figura continuaba siendo esbelta. Quizá demasiado, pues últimamente había perdido bastantes kilos. Lo cierto es que ya casi no sonreía. Los ojos castaños parecían llenos de cansancio, no físico, sino espiritual. Se pasó una mano por el cabello marrón oscuro, liso y largo, recogido en una sencilla coleta. - Supongo que no cenarás con nosotros, ¿verdad? -dijo, con voz algo más tensa de lo habitual. Alberto suspiró con fuerza, mientras miraba la pantalla y se daba golpecitos con el bolígrafo en los dientes. - No, no... Tengo mucho trabajo. Estrella sonrió, sin alegría. Se cruzó de brazos y apoyó un hombro sobre el marco de la puerta. - Como de costumbre. - Claro. He de hacer un balance, hay unas pocas cuentas que no cuadran. No te puedes imaginar... - "... la de incompetentes que hay en el mundo" -terminó Estrella- Me lo has repetido cincuenta mil veces. - Es que es cierto. -Alberto la miró. Parecía sinceramente indignado- Si todos fuesen como yo, otro gallo nos cantaría. - Me gustaría matar ese gallo -repuso Estrella, en tono ácido. - Mira, no empecemos... -dijo él, volviendo la cabeza hacia el ordenador- Ya te he dicho que no tengo tiempo para discusiones. - Tú nunca tienes tiempo para nada. Ni para nadie. No sólo para mí, sino tampoco para tu propio hijo. -cerró la puerta, sabiendo que Carlos ya estaría al tanto de la pelea, como tantas otras veces antes- Te encierras en tus cuentas, en tu puto ordenador. Estoy harta. - Estrella, vigila tu lenguaje. -respondió Alberto, severo- Tienes un hijo que educar. Mi tiempo se lo dedico por entero a Carlos y a ti. Esta casa es el triple de cara de la que suelen tener los ejecutivos de mi categoría. Eso es gracias a mi buen hacer. Yo os doy mi ocio, para que disfrutéis de suficientes lujos, y nunca me lo agradeces. - Puedes meterte tus lujos por... Por donde te quepan. No trates de engañarme con cuentos. Ya demasiadas veces he agachado la cabeza, sintiéndome culpable, diciéndome que sí, que nos lo has dado todo y por tanto no podría reprocharte nada... -se puso las manos en las caderas y meneó lentamente la cabeza, mirándolo con seriedad- Pero eso se ha acabado, ya no me creo tus sermones. Si trabajas tantas horas es porque te da la gana. Eres un adicto al trabajo, un.... ¿cómo se dice? - Workahólico -apuntó Alberto, con mal disimulada paciencia. - ¡Eso! Un workahólico. Yo creo que... -dudó, como reuniendo fuerzas. Cerró los puños- Creo que necesitas ayuda. Ayuda psicológica. Alberto la observó fijamente durante varios segundos. Después, lanzó una seca carcajada. - Es la mayor majadería que he escuchado en toda la semana (y he oído bastantes, no creas). Mírate, Estrella: estás a punto de volverte histérica. No haces nada productivo en todo el día. La mujer bajó la cabeza. - En eso llevas razón. He comprado el Segunda Mano... Quiero volver a trabajar. - ¡Muy bien! ¡Así me gusta! Un sueldo más engrosaría considerablemente nuestras cuentas corrientes. Y a ti te haría bien. Estrella apoyó la espalda en la puerta y se frotó nerviosamente la palma de una mano con el pulgar de la otra. No le miró a la cara. - Ese... ese no es el auténtico problema, Alberto, y tu lo sabes. - ¿A qué te refieres? Ella le miró, con ojos enrojecidos. Las manos le temblaban, así que se las puso en la espalda. - ¡Por favor, Estrella, no te eches a llorar! -se quejó Alberto- ¡Estás patética cuando lloras! - ¡No estoy llorando, joder! -protestó la mujer. Hizo un heroico esfuerzo y las lágrimas no se derramaron- Aunque yo me ponga a trabajar, realmente no ayudará en nada. Nuestro matrimonio, nuestra vida en común... Está destruyéndose, haciéndose pedazos. ¿Es que no te das cuenta? No nos vemos siquiera, casi ni comemos juntos. ¿Cuánto hace que no vamos al cine, o a un bar, o siquiera a dar un paseo? ¿Cuándo fue la última vez que sacamos a Carlos al parque, o lo llevamos al Zoo? - Bueno, tú sales con él todos los días. - ¡Me refiero a los tres! -repuso ella, con rabia. Abrió mucho los ojos y al fin las lágrimas cayeron- ¡No te ve nunca! Le noto triste y deprimido, cuando me pregunta por ti el corazón se me hace un puño. No te pido que seas un padre ejemplar, pero al menos hazle algo de caso. Es tu hijo, joder. - Cálmate, Estrella. Vamos a reflexionar... - ¡No hay nada que reflexionar! -le señaló con el índice- ¡Estoy hasta el moño de tus reflexiones! No nos haces ningún caso. La excusa del dinero no me sirve. Tenemos suficiente dinero, no hace falta que trabajes tanto tiempo. -retrocedió, hasta dar otra vez con la espalda en la puerta- Daría lo que fuera por un fin de semana familiar, el típico de cualquier matrimonio: una película de vídeo, cenar por ahí,... Pero no, nunca hay tiempo. ¡Nunca hay tiempo! -exclamó, furiosa, limpiándose la mejilla con el dorso de la mano- ¡Tú y tu ordenador! ¡Tú y tu trabajo! ¡Tú y tu dinero! Alberto la miró muy seriamente. Nunca hasta ahora la había contemplado así, y eso, aunque ligeramente, le preocupaba. Estrella se le acercó y le tocó una mejilla, mientras lloraba en silencio. - ¿Dónde estás, Alberto? -preguntó, en voz baja- ¿Dónde se ha ido el hombre con el que me casé? -le miró, como aturdida, y separó la mano con brusquedad- ¿En qué te has convertido? -bajó aún más el tono, que se hizo muy dulce:- Por favor, dime algo cariñoso. Deja tu trabajo por unos minutos. Sólo unos minutos, no creo que te supongan tanto. -se agachó, hasta quedar arrodillada a su lado, con la barbilla sobre el muslo. Musitó, entristecida: -Descansa. Charlemos un rato, sobre cualquier cosa intrascendente. Ya no me acuerdo de lo que era hablar contigo, o besarte... Te lo suplico. - Soy el mismo de siempre, Estrella. -contestó él, muy serio y estirado- Y no puedo demorarme ahora. He de terminar este balance de cuentas. Más tarde, cuando cenemos, podremos conversar de lo que quieras. Ahora, por favor, te pido que me dejes. Ella le miró, incrédula, como si ya no lo conociera. Se apartó rápidamente y se puso en pie. Le observaba, llena de dolor. Al cabo de diez segundos asintió con lentitud. Los ojos se le llenaron de una extraña desesperanza. - Se acabó, Alberto. -dijo, con voz serena y carente de tonos- He tocado fondo. No puedo más. Hemos llegado al fin. Me voy a separar de ti. Él se volvió para mirarla, frunciendo el ceño. - ¿Divorcio? - Exacto. Y por Dios te juro que Carlos vendrá conmigo. Jamás lo dejaría en manos de... esta cosa en que te has convertido. Y si quieres quedarte con tu -escupió las palabras- puta y jodida casa millonaria, métetela por el culo. No quiero nada tuyo, yo sabré ganarme la vida, sola. Sólo quiero que contribuyas para que Carlos lleve una vida y una educación decentes. El resto para ti. Se dio la vuelta y se marchó, andando con fuerza y cerrando con un portazo. Alberto permaneció mirando la pared, parpadeando, perplejo. ¿Realmente le había llamado "cosa"? Durante el día siguiente no pensó demasiado en Estrella. Otras veces había sufrido sus berrinches y siempre se le habían acabado pasando. Pero éste... Le daba mala espina. Nunca antes la contempló tan furiosa, tan triste y sin embargo tan segura de sí misma. Y sin embargo... la verdad es que a lo mejor no resultaba la cosa tan mala; si se divorciaban, y gracias a la partición de bienes que él inteligentemente propuso en su tiempo, iba a quedarse con prácticamente todo lo que su sudor había aportado a la casa. Hizo un cálculo aproximado: la pensión que habría de darle a Carlos no resultaría demasiado elevada. Ya se encargaría de contratar a un buen abogado que le asesorara en este punto. Y, lo mejor de todo, es que no tendría que soportar más a su mujer ni a su hijo. Dejarían de existir las cenas familiares, los imprevistos, las discusiones... Hasta ahora se había reprimido de pensarlo, pero es que era cierto: no los soportaba. Le alejaban del trabajo. En lugar de animarle, de ayudarle en su lucha diaria, le importunaban, le agobiaban con sus exigencias de pasar más tiempo en su compañía... ¿Pero quién se creían que eran? Imaginó tardes totalmente dedicado a sus estudios, sus cálculos, sus triunfos ejecutivos... Y sonrió de oreja a oreja, con los ojos muy abiertos. Los que pasaban en ese momento junto a su mesa le observaron anonadados, como si acabaran de descubrir un elefante rosado saltar a la comba sobre una ficha de parchís. Había quien rumoreaba que la especial disposición muscular en la faz de Alberto Morán hacía imposible cualquier tipo de mueca semejante al regocijo o la alegría. Él notó el asombro general y rápidamente adoptó el aire severo que le caracterizaba. Aunque por dentro se carcajeaba de felicidad. Al salir del trabajo, seguía igualmente alegre (sólo interiormente, claro). Si Estrella se iba, habría de pensar en sus necesidades fisiológicas masculinas, que satisfaría mediante una transacción económica y una buena profesional. Y todo ello sin chantajes emocionales y sin reproches, sin estar obligado a demostrar cariño. ¡Qué maravilla! Sonó el móvil. Alberto, malhumorado por haber sido sacado de su ensueño, contestó. Hizo un mohín desabrido al reconocer la voz de Estrella: - ¡Alberto, tienes que venir al Hospital Clínico! - ¿Qué ocurre? -inquirió él, enfadado. - Ha sido Carlos, jugando al fútbol en el colegio: se ha caído y se ha hecho una lesión, creo se ha roto el tobillo. - ¡Vaya por Dios! -suspiró él- Bueno, nadie se ha muerto de eso. No seas aprensiva, cálmate. Pero, como toda madre en situación semejante, Estrella hablaba de forma atropellada: - Me llamó su profesora, al parecer le llevaron enseguida a Urgencias. Hicieron bien, pues el pobrecito lloraba sin cesar. Cuando llegué le habían administrado calmantes y antiinflamatorios. Bueno, no sé si se ha roto o no la articulación, pero el médico me ha dicho que, al tocarlo, se ha dado cuenta de que al menos tiene astillado un hueso. Le van a hacer radiografías. - ¿Qué tal esta él? - Mi niño... pobre, está como ido, como drogado. Claro, le han hinchado a calmantes, esos cabrones... - Venga, venga, los médicos sólo hacen su trabajo. No seas injusta con ellos. - Llevas razón. Ahora está aquí, en el Clínico, en una habitación, viendo la tele. Yo me quedaré con él toda la noche. Según me han dicho, si se ha roto el hueso, le tendrán que operar, le tendrán que ponerle un... ¡un clavo! Y habrá de permanecer en reposo durante meses. Después la rehabilitación, y luego podrá volver a andar y correr con normalidad. - No te preocupes, mujer. Todo tiene arreglo. Carlos es un chico fuerte, hace mucho deporte. Otros ya han pasado por lo mismo y ahora practican baloncesto, natación, o cualquier tipo de disciplina física. - Te noto demasiado tranquilo. Aunque a ti, claro, te da igual todo, salvo tu puto ordenador y tu trabajo de los... Bueno, ¿a qué hora te pasarás por el hospital? - ¿Ir allí? Hoy no puedo, he de terminar varias cosas urgentísimas. Hubo una pausa de tres segundos y después volvió a sonar la voz de Estrella, a mucho mayor volumen: - ¿Qué? ¿Me estás diciendo que no vas a venir? ¿Qué puede haber más urgente que el que tu hijo se haya roto el tobillo? - No es imprescindible que yo esté allí. -señaló Alberto, a la defensiva- Tampoco se trata de un asunto de vida o muerte, la verdad. - ¡No lo puedo creer! ¿Realmente me estás diciendo que no vas a venir a verle? Joder, no lo hagas por mí, hazlo por él. Es tu hijo. El pobre me ha preguntado varias dónde estás y le he dicho que vendrías a verle. - Pues no podré. - ¿Cómo... cómo puedes ser tan hijo de puta? ¡Ese niño se ha roto el tobillo y necesita que su padre esté ahí, con él! Si te hallaras en otra provincia, hasta podría llegar a comprenderlo, pero es que te encuentras en Madrid, y de seguro que a menos de una hora, agarrando un taxi, el metro o el autobús. ¿Serás capaz de no venir? - No me presiones, Estrella, y deja de usar ese lenguaje inapropiado. Alguna enfermera te va a llamar la atención. Iré mañana o pasado, si puedo. Estrella pareció complacerle al menos en bajar el tono de voz. Pero ahora parecía, sin embargo, mucho más cargada de inquina: - Escúchame atentamente, cerdo: no vas a volver a hablar conmigo. No me encontrarás en tu puta casa millonaria, esta misma tarde me busco un buen hotel, tengo ahorros suficientes para no tener que pedirte nada. Te mandaré el teléfono de mi abogado para que te pongas en contacto con él. No soporto tu presencia, me das asco. - ¡Mejor! -exclamó Alberto- ¡Mucho mejor! -aunque Estrella ya había colgado, él siguió imprecando al teléfono móvil, haciendo saltar sobre el plástico gotitas de saliva y señalándolo con un índice acusador- Ahora soy libre, ¿lo entiendes? Ele, I, Be, Erre, E: ¡Libre! Ya no tendré que aguantar tus histerias, ni las de ese estúpido mocoso. Porque eres una... Eres una... ¡Incompetente! Sonó un fuerte claxon. Se había parado en medio de la calle cuando el semáforo estaba en rojo para los peatones y un coche frenó bruscamente, dejando el parachoques delantero quieto a pocos centímetros de sus rodillas. El conductor, un tipo gordo y sin afeitar, sacó la cabeza y un brazo por la ventanilla. - ¿Estás loco, hombre? -aulló- ¿No ves que no puedes quedarte ahí en medio, como un pasmarote? - ¡Incompetente! -le imprecó Alberto- ¡Yo nunca cometo errores! ¡Nunca! Y echó a andar con rapidez, mientras el conductor le observaba con una mezcla de furia e incredulidad. Cuando Alberto llegó a la acera, el semáforo continuaba rojo para los peatones. Él se perdió entre la multitud. ¡Al fin solo! Estrella había cumplido su amenaza. Se había llevado sus ropas y dejado los cajones abiertos y revueltos. Siempre había sido una desordenada. No importaba, ya lo arreglaría él todo, más tarde. Acarició la idea de tomar una copa de coñac, sumido en el profundo silencio de la casa, buceando en sus sueños de gloria empresarial. Pero decidió que el placer sería completo si la tomaba mientras verificaba costes en el ordenador. Silbando alegremente, entró en su despacho. Entonces, se quedó helado. Tras varios segundos, se lanzó sobre la mesa. La caja del ordenador estaba abollada, la disquetera inservible, el lector de CDs hundido, las entradas de los periféricos arrancadas por alguna mano implacable. El teclado resultaba algo irreconocible. El ratón, aplastado y abierto. Todo inservible. Encontró un martillo para clavar clavos, cerca del aparato, aún con briznas de plástico en su mazo de hierro. Imaginó aquel arma cayendo sobre su equipo, una y otra vez, y cerró los ojos con fuerza. La impresora había sido lanzada contra la pared. La abrió: también el hierro había hecho estragos en sus entrañas. Sus informes de papel, sus queridos informes, estaban hechos pedazos, rotos y esparcidos por el suelo, como una segunda e irregular alfombra. Pero quedaba lo peor: los discos. Habían asaltado los cajones donde con tanto cuidado los ordenara. Uno a uno, los diskettes fueron partidos, de forma metódica. No quedaba ninguno intacto. Incluso, encontró un puntiagudo cuchillo de cocina clavado sobre dos, el golpe fue descargado con tal fuerza que los traspasaron, hasta quedar la punta hincada en la madera. ¿Qué clase de bestia furiosa e irracional había hecho todo eso? Y los CDs... ¿Dónde estaban? Eran duros y resistentes, quizás el asesino les hubiera perdonado la vida. Abrió el cajón donde solía guardarlos y no halló nada, excepto una simple nota escrita a bolígrafo: "Búscalos en el vertedero municipal". ¡Estrella! ¡Era su letra! Hasta ahora imaginó que el vándalo fue, quizás, un ladrón, o algún envidioso del trabajo (había muchos, de eso estaba seguro). ¡No! ¡Fue ella! Y, para confirmarlo, descubrió el mensaje escrito con pintalabios en la negra pantalla del monitor (lo único indemne del equipo): "¡JÓDETE!" Alberto jadeó, como buscando aire. La vista se le nubló y tuvo que apoyarse en la mesa, pues sus rodillas no lograban sostenerle. Clavó las puntas de los dedos en su frente, con los ojos muy abiertos. ¡Cielo Santo! ¡Aquéllas eran las copias de seguridad de su trabajo! ¡Las que no se atrevía a dejar en la oficina, por temor a que algún indeseable reventara su escritorio y se las quitara! ¡No tenía más! ¡Y en ellas estaba contenido el trabajo, todo el trabajo, del último año! Sintió que el corazón se le disparaba. Los ojos se le humedecieron mientras comprendía la profundidad de la catástrofe. En estos momentos se hallaba enfrascado en cinco trabajos distintos de contabilidad, los que le iban a granjear la añorada subida de puesto. Llevaba semanas, meses con ello. Y tenía días (¡sólo días!) de plazo para entregarlos. Y entre ellos se encontraba ese estudio sobre las galletitas. Dios Mío, cómo se iban a reír Gerardo Márquez y Juan Manuel Alba cuando hubiera de reconocer que no tenía pruebas para avalar su superioridad en el tema. ¡Cómo disfrutarían humillándolo! Quizá, si pedía ayuda a la gente de diferentes departamentos le podrían echar un cable... ¿Tomás Gallego? ¿Isabel Marquina? De pronto, cayó en la cuenta de que le odiaban. Nadie le tendería la mano. Es más, sonreirían ante su derrota, que sería tríplemente comentada. ¡Esos envidiosos, holgazanes incompetentes! Disfrutarían de lo lindo cuando hubiera de disculparse ante el soplagaitas de Miguel Ángel Sobrino, el Jefe de Departamento. Se limpió las lágrimas con el dorso de la manga. Estaba perdido. De sus informes dependían transacciones de alto coste: millones y millones. Siempre habían confiado en él gracias a su rapidez y efectividad. Pero ahora no podía ofrecer nada, y los de la competencia (tanto exterior como interior) se le adelantarían. Tendría que esforzarse increíblemente para recuperar la confianza. Incluso podrían... (perdió el aliento) Despedirle. Se sintió como en el fondo de una negra pesadilla. Sollozó, pero enseguida se obligó a tranquilizarse. Pegó la mandíbula al pecho y con el puño se apretó los labios. "¡Piensa!" Tal vez pudiera realizar al menos uno o dos de aquellos encargos sin que terminaran en una chapuza. Eran las siete y media de la tarde y por tanto su oficina estaba abierta... ¡No, cerrada! Era viernes tarde y por un vergonzoso convenio el trabajo se acababa a las dos de la tarde, para que la gente se pudiera largar de fin de semana sin complicaciones. ¡Panda de vagos! Aún así, la mayor parte de los datos generales estaban en su cabeza (tenía buena memoria) y había lugares en el Centro donde se podía alquilar un ordenador durante las veinticuatro horas, así que podría trabajar el resto de la tarde y la noche, y también el sábado y el domingo. Se sentía como el estudiante que llega al examen sin haber tocado un libro y contesta las preguntas sólo recordando las explicaciones del profesor. ¡Pero él nunca había sido esa clase de alumno! Se le ocurrió una idea aún mejor: comprar otra computadora. Las tiendas debían estar abiertas, él directamente iría hasta una especializada en informática y adquiriría un ordenador. Tal vez incluso pudieran instalárselo esa misma tarde. Dicho y hecho. Fue corriendo hasta la calle y llegó hasta el "Templo del Ordenador", una tienda de barrio que no hacía honor a su grandilocuente nombre. Entonces recordó que no llevaba dinero en efectivo encima, y se acercó a un cajero. Leyó: "Terminal sin funcionamiento. Sentimos no poder atenderle." ¡Incompetentes! Pondría una queja oficial el lunes (si tenía tiempo; ahora debía dejar todo lo demás aparte y concentrarse en su trabajo). Recorrió una manzana hasta hallar otra sucursal. El cajero sí funcionaba, pero había un límite de efectivo extraíble: treinta mil pesetas. Con eso no tenía casi ni para la impresora. Y los bancos, por la tarde, estaban cerrados. Recordó que guardaba otras cuarenta mil en su casa, en efectivo. Bueno, más tarde las agarraría. Ahora, tenía que llegar a la tienda de ordenadores antes de que cerraran (ya eran las ocho menos cuarto). Corriendo, casi sin resuello, entró en el establecimiento. Por fortuna, no había ningún otro cliente. - Hola, señorita. -saludó a la chica del mostrador, quien observó su reloj, de reojo, y frunció el ceño- Ahí fuera pone que no cierran hasta dentro de un cuarto de hora, así que debe atenderme. - Sí, claro. ¿Qué desea? - Un ordenador, de las siguientes características... -las soltó de memoria y sin dudar. La chica consultó en un catálogo y se adelantó, amable, hacia aquel sofocado y antipático cliente. - Tenemos uno como el que me ha descrito. Aquí mismo, en la tienda. - Vaya, menos mal. Bueno, pues me lo llevo. ¿Se puede pagar a plazos? - Sí, claro, podemos hacerle una financiación. Necesitamos su DNI, un extracto de su nómina y varios certificantes bancarios sobre su solvencia económica. - Yo creo que no es necesario tanto papeleo. -se llevó una mano al bolsillo y extrajo el fajo de billetes- Mire, aquí tengo treinta mil pesetas y en mi casa otras cuarenta. Estas se las puedo traer en un periquete. Todos esos documentos que me pide, no. Sólo el DNI, aquí está. -se lo pasó a la cada vez más desconfiada jovencita- Pagaré el primer plazo ahora mismo y el lunes le traigo todo lo demás que me ha pedido. Es lo justo, ¿no? - Lo siento, pero no puedo hacer eso. -contestó ella- Las normas de esta tienda son bastante estrictas. - Se está mostrando usted un poco... -Alberto hizo un esfuerzo para calmarse- Escuche, hagamos una cosa: llame a su jefe y yo hablaré con él. Eso sí que puede hacerlo y además lo hará. - Ahora mismo no se encuentra aquí. Creo que ni siquiera está en Madrid. Ha salido de fin de semana, con su familia. A El Escorial. Creo que tiene un chalet allí. - Habrá algún encargado en esta tienda, supongo. Llámele. - Sólo estoy yo. - ¡Bueno, maldición, pues marque el número de El Escorial! ¡Quiero hablar directamente con su jefe! La muchacha retrocedió la cabeza y lo observó, recelosa. - ¿Por qué no se pasa otro día por la tienda? -preguntó- Le atenderán mucho mejor. El lunes, por ejemplo... - ¡No! -rugió Alberto. Se levantó y dio un fuerte puñetazo en la mesa- ¡Quiero mi ordenador hoy, esta misma tarde! Si no me complace, le juro que irá al Paro, ¿comprende? - Y si usted no se calma, le juro que apretaré el botón sobre el que tengo mi índice, debajo de la mesa, y la policía estará aquí en menos de cinco minutos. ¿Comprende? Alberto se quedó de piedra. Hasta ahora, el truco de amenazar con dejarlos sin empleo nunca le había fallado. Se sentó lentamente y alzó las manos, tranquilizador. - No nos pongamos nerviosos, ¿eh? Por favor, llame a su jefe y dígale que se ponga. Es urgente. Muy urgente. La chica cogió el teléfono y marcó un número. Para alivio de Alberto, le respondieron. Aquella estúpida estuvo diez minutos al aparato para explicarle la situación. Alberto esperó pacientemente, con los nervios a punto de estallar. Tras colgar, la dependienta dijo: - Si me trae ahora su libreta bancaria, podremos, como favor especial, venderle el ordenador, pagándonos usted sólo el primer plazo. - ¿No basta con mi DNI? - No. Su libreta o cuenta corriente. - Está bien. Vuelvo en un santiamén. No me cierre, ¿eh? - Cerraré esta tienda a la hora que marca el cartel. -respondió la muchacha, inflexible- Ni un minuto más tarde. Se lo aseguro. Alberto miró su reloj. Tenía cinco minutos para llegar hasta su casa, coger la cuenta bancaria y volver. ¿Es que esa tonta no sabía que el cliente siempre llevaba la razón? Sin despedirse, salió a toda velocidad. Corrió como hacía años que no lo hacía. A las siete y cincuenta y nueve minutos volvió al establecimiento, sin resuello. La muchacha sonrió irónica al verle. Ya estaba apagando las luces. - Vaya. -dijo- Se ha dado prisa. Alberto trató de decir algo, pero sólo consiguió jadear. Diez minutos después, la dependienta le entregaba los papeles y le señalaba una gran caja. - Ahí está. Puede llevárselo. - No. Prefiero que me lo instalen ustedes. - Tendrá que esperar hasta el lunes. - ¡No! -clamó Alberto, con furia y cierta angustia- ¡Cuando lo compré, la tienda aún estaba abierta, así que tengo derecho a que ustedes lo transporten hasta mi casa! - Se equivoca. -sonrió ella- La tienda permanece abierta hasta las ocho, pero el servicio técnico cierra a las cinco. Lo pone bien clarito, ahí, en el cartel. Puede usted llevarse su ordenador o dejarlo aquí, hasta el lunes. Por cierto, mañana no abrimos. Y ahora váyase, por favor. He de cerrar. Alberto la observó de manera asesina. Agarró la aparatosa caja y la sacó fuera. No había más de seis manzanas hasta su casa, pero estaba muy cansado, así que decidió coger un taxi. Pasaron diez, todos ocupados. Era viernes tarde y además fin de mes. La gente se apresuraba a gastar la paga. - ¡Taxi! -llamó- ¡Al fin uno libre! El coche paró. - Oiga, abra el maletero, llevo un bulto... - ¡Hombre, pero si es Don Perfecto! -era aquel joven y estúpido taxista. Por la ventanilla se oía su rechinante música a todo volumen- Acaba de cometer el primer fallo de su vida, al llamarme. ¡Adiós! Y se fue, sacando la mano izquierda, alzando el dedo anular y moviéndolo en círculos. - ¡Incompetente! -bramó Alberto- ¡Estás obligado a prestar servicio! ¡Te denunciaré, malnacido! Pero el coche ya no estaba a la vista. Volvió a esperar. Tras el quinto taxi ocupado tiró la toalla, agarró el ordenador y echó a andar. Cuando llegó al portal de su edificio sintió que perdía las fuerzas. No estaba acostumbrado a este tipo de ejercicio y resollaba como un perro de Alaska bajo el Sol de Almería. Cuando se reencontró con su despacho hecho trizas volvió a encogérsele el alma. Limpió lo mejor que pudo los desperfectos y comenzó a instalar el equipo. Sí, el ordenador funcionaba. Tendría toda la noche para trabajar. De pronto, recordó: no había comprado los programas referentes al sistema operativo. Él sólo sabía trabajar con las dichosas ventanitas, con el tal Windows, y las copias piratas de su despacho estaban... en el vertedero municipal. Se sentó, derrotado, exasperado. ¿Por qué no compró los programas mientras estuvo en la tienda? ¿Por qué? Eran casi las diez de la noche. Ya ni siquiera los grandes almacenes del Centro estarían abiertos. Sonrió, histérico. Tenía el ordenador, pero sin el sistema operativo que él sabía manejar. No servía para nada. Le entraron de nuevo ganas de llorar. Apretó los dientes y se levantó, como movido por un muelle. De nada servía la autoconmiseración. Siempre pensó que el mundo era de los que no se rendían, y él, ante todo, era alguien Competente. Había lugares donde se podía manejar un ordenador, abiertos por la noche: recordaba uno en la zona de los bulevares. Iría allí y haría su trabajo. Dentro de su desgracia, se sintió en cierto modo ennoblecido, como un antiguo guerrero que no se rinde ante el enemigo, a pesar de ser golpeado una y otra vez. Agarró todos los fondos líquidos que tenía en su casa (recordaba que había llegado al límite de lo que su tarjeta de cajero podía extraer en veinticuatro horas) y bajó a la calle. Era de noche y hacía frío. Sin embargo, la gente se empeñaba en salir de copas, en lugar de quedarse en sus casitas, durmiendo o aprovechando el tiempo en algo productivo. Se sintió solo, muy solo, un extraño en tierra extraña. Le pareció que ya nadie compartía sus ideales. Desechó la melancolía y se acercó a la calzada. Estuvo a punto de esperar un taxi, pero recordó las malas experiencias de la tarde y se montó en un autobús. Estaba cargado de quinceañeros que se dirigían hacia la zona de Sol o Argüelles. Vociferaban bromas, muchas de ellas obscenas. Le parecieron monstruitos chillones y desvergonzados. Ocupó uno de los últimos sitios, como si quisiera desaparecer de escena. Golpeaba rítmicamente el suelo con el pie izquierdo. El tiempo era oro. ¡El tiempo era oro! ¿Por qué tardaba tanto el conductor? Pasaron por una calle estrecha, llena de coches en segunda fila, de principio a fin. Alberto se exasperó al contemplarlos: ¿y la policía municipal? ¿Dónde estaba cuando se la necesitaba? El autobús, en un momento dado, se detuvo sin razón aparente. Pasaron varios minutos. Los muchachos gritaban por la ventanilla y cantaban canciones al conductor, quien les hacía caso omiso. Alberto bajó la ventanilla de su lado y sacó la cabeza al exterior: el autobús no podía moverse un coche en tercera fila le impedía el paso. Sonó el poderoso claxon del monstruo mecánico y de los coches que esperaban detrás suyo. Alberto se metió un puño en la boca para no gritar. La chiquillería, vociferando alegre, bajó a la calle y, acompañados del conductor, comenzaron a intentar mover el coche, a tirones bruscos, levantándolo por los bajos. - ¡Daos prisa, gandules! -gritaba Alberto, quien lo veía todo desde la ventanilla- ¿Es que no tenéis sangre en las venas? ¡Incompetentes! De un último empellón lograron apartarlo lo suficiente como para que el autobús pasara, pero al mismo tiempo hicieron chocar el lateral del coche maldito con el que se hallaba a su derecha, en segunda fila. Alguien avisó al dueño del último, quien salió de un pub, airado. Sacó la documentación y exigió al conductor del autobús hacer un parte por destrozos, y cargárselo a la E.M.T. El chófer, en cambio, le chillaba que debía pedirle explicaciones al dueño del coche en tercera fila. Los jóvenes gritaban y se reían. Uno hasta se subió encima de un tercer auto. En estas, de pronto, apareció el dueño del vehículo que lo originó todo. Llegaba tambaleándose y sonriendo. Estaba sobrio. Se encontraba en un bar cercano y no salió a pesar de los pitidos. Sólo lo hizo cuando alguien le advirtió que afuera había mucha gente chillando. Al hacer acto de presencia, el barullo creció el triple en intensidad sonora. Todo este proceso había durado más de veinte minutos. Alberto bajó del autobús desquiciado, cuando se había formado un tumulto y dos personas estaban a punto de llegar a las manos. Se le ocurrió tomar el Metro, pero imaginó que algún imprevisto le impediría llegar a su destino. Además, estaría bajo tierra: de seguro que un terremoto desplomaría el techo sobre su cabeza. Prefirió ir andando: tardaría algo así como treinta minutos, pero parecía el método más seguro. Cuando llegó al establecimiento de alquiler de ordenadores, estaba desfallecido. No había comido nada en unas seis horas y tenía un hambre de lobo. Pero el trabajo era lo primero. Al menos, eso decía una pequeña vocecilla dentro de su cabeza. Entró y encontró tras el mostrador a una esbelta muchacha enfundada en ropa ajustada negra, que hablaba con otra de semejantes características y mascaba chicle a la vez. Decía algo sobre "...lo bruto que era Javi, pero lo bueno que estaba...". Alberto sintió un escalofrío. - Señorita -llamó. No le hizo caso. La otra le vio y le hizo un ademán a su compañera, pero la dependienta A continuó su monólogo sobre las virtudes y los defectos de Javi. - Señorita, por favor, atiéndame. - Un momento, señor. -dijo la dependienta A. La dependienta B volvió a hacerle un ademán para que hiciera caso a aquel tipo, pero A contestó:- Que espere un segundo. Total, no se va a morir. - ¡Atiéndame, demonios! -gritó Alberto. A y B le observaron con profundo desdén, como se miraría a un bicho pequeño y repugnante. A se le acercó, sacó un papel de algún cajón y lo estampó en el mostrador. Después, volvió con B. Alelado, Alberto observó el pasquín. Era una lista de las actividades que ofrecía el establecimiento y los precios acorde con cada una. - ¡Quiero alquilar un ordenador! -aulló. Había comprendido que esa era la única manera de que A le hiciera caso. Alguien salió de un cuarto en el piso inferior. Iba trajeado, también. Había grupos de ejecutivos que alquilaban un despacho para trabajar incluso por la noche. Se oyeron risas. A se acercó de nuevo y estrelló sobre el mostrador una llave con un llavero de plástico y un número. - Planta Alta. -abrió la boca, en una sonrisa de dientes apretados- De nada. Alberto aferró la llave y subió por unas escaleras. Se encontró con un piso a oscuras. Entre las tinieblas, distinguió figuras de mesas y sillas y monitores. Buscó a tientas el botón de la luz durante un minuto, sin más resultado que alguna caída estrepitosa. - ¡Oiga, señorita! -llamó- ¿Dónde está el interruptor de la luz? A, desde abajo, se volvió hacia él, dejando la mano alzada en mitad de un ademán. B también le miraba, boquiabierta. Los ejecutivos asomaron las cabezas otra vez y se echaron a reír. - Aquí, a mi lado. -contestó A. - ¿Quiere accionarlo, por favor? Durante cinco segundos, A dudó. - Bueno -contestó. Sin siquiera dar un paso, llevó la mano a un botón en la pared y en el piso superior se hizo la luz. Alberto se dirigió hacia los ordenadores. "¡Pardillo!", gritó alguien, desde abajo. Se oyó una carcajada afilada, aguda, histérica. ¿Quién se habría reído: A o B? B, sin duda. Buscó el número de su ordenador y al fin lo encontró, al final de la sala, en un angosto rincón. Metió la llave y encendió el equipo. El sistema operativo tardó tres minutos en arrancar, mientras Alberto esperaba, con los ojos clavados en el monitor. Después, llegaron los problemas con el cursor: se movía increíblemente despacio. Además, el tamaño de las letras y los iconos resultaba ínfimo. Lo configuró para hacerlo más grande. Pero claro, el equipo debía reiniciarse. Así que hubo de esperar otros cuatro minutos: uno para que se apagara y otros tres para que se encendiera. Exhaló un suspiro de alivio: al fin lo había logrado. Estaba trabajando con un ordenador. A partir de aquí, nada podía fallar. Oyó risas y un eructo como una catedral. Los sonidos se aproximaban, desde el piso de abajo. Eran tres adolescentes masculinos, enfundados en sacos de colorines que aparentaban ser pantalones y camisas. Tenía la voz increíblemente grave y hablaban a gritos. Uno eructaba cada cincuenta y tres segundos y después reía de forma estridente. - ¡Eh, tengo unas direcciones increíbles! -exclamó uno- ¡Son tías con ganas de ligar! ¡De verdad! - ¡Venga, vamos! ¡Hoy quiero pasarme por la piedra a dos o tres, por lo menos! - ¡Jo, macho, Sería fantástico que pudiéramos quedar con alguna esta noche, ¿eh? A que sí, macho, ¿eh? Alberto se fijó en que el ordenador de aquellos infantes sólo tardó treinta segundos en volverse operativo. Aquello parecía un complot. Durante los siguientes quince minutos, Alberto trató de hacer una pantalla impenetrable entre sus oídos y su mente, para que le pasaran desapercibidos los eructos, gruñidos e innumerables comentarios obscenos de aquellos pequeños monstruos. Fracasó. Entonces, se levantó y fue hacia la escalera. Reunió fuerzas para enfrentarse con A y bajó al piso inferior. Seguía hablando con B. Ahora se trataba no de Javi, sino de Juli. - ¡Señorita! -clamó Alberto. A y B le miraron. La primera aún tenía la boca abierta- ¡Arriba hay unos... niñatos, que no me dejan trabajar en paz! ¡No paran de reír y de chillar! - Pues dígales que se callen. -repuso A- ¿Acaso no tiene boca? - Pero a mí no me harán caso. Sin embargo, a usted sí. Se supone que ha de mantener algún tipo de orden o disciplina en este sitio. Ella hizo una mueca de incredulidad y musitó algo parecido a "¿disciplina?". - Si quieren hablar, están en su derecho. Yo no les puedo obligar a estar silenciosos como en un funeral. -encogió los hombros- No soy de la Gestopo. - Gestapo. -corrigió Alberto- Usted sin duda tendrá un jefe, un encargado. Por favor, dígale que venga. Quiero poner una reclamación contra usted. Me parece la persona más... incompetente sobre la faz de la Tierra. Vamos, dígale que venga. - No hace falta que venga. La jefa es ella. Y señaló a B. Alberto se quedó helado. B sonrió de manera completamente estúpida y dijo: - No se preocupe, hombre, son unas criaturitas. Pronto se callarán. Usted haga como si no les oyera. - Mire, B,... digo, señorita... u "otra señorita"... ¡Lo que sea! Si no los hace callar, me iré. Si no los echa usted de patitas en la calle, me largaré. - Bueno, pues puede irse. Esos chicos se dejan cada noche unas cinco o seis mil pesetas, chateando. Son clientes fijos y he de cuidar mi clientela. A usted, sin embargo, no le he visto el pelo nunca. Si he de elegir entre ellos y usted, no dudaré. - ¡Toma! -gritó uno de los aludidos. Lo estaban contemplando todo desde arriba. También los ejecutivos del cuarto inferior. Algunos ya hacían sus apuestas. Alberto se sintió desamparado. Uno de los chavales le señalaba y se reía de él... ¡de él! No podía subir, sería demasiado humillante. Pero el trabajo... ¡el trabajo lo era todo! ¿Sería capaz de pasar por encima de su orgullo? Fue débil: - ¿Cuánto le debo? -preguntó- Me voy de este sitio infame. - Mil. -replicó A- Desde el primer minuto, se aplica la tarifa nocturna, y se cobra por horas. De nada. Alberto no tuvo fuerzas para discutir. Pagó y se fue. En la calle, se sintió de nuevo solo y desgraciado. ¿Qué podría hacer ahora? Únicamente le quedaba una opción: trabajar sobre papel. Al viejo y lento estilo. A las ocho horas del sábado salió de su casa, hacia unos grandes almacenes del Centro, para comprar los programas informáticos con los que sí sabía trabajar. No había dormido y sentía los dedos pulgar, índice y anular de la diestra doloridos, pues estuvo escribiendo, casi sin interrupción, durante toda la noche. Había llenado muchas decenas de cuartillas con informes y estados de cuentas apresurados. Se le ocurrió ir al Hospital Clínico, a la habitación de su hijo. No por hacerle una visita, sino para tratar de hallar el paradero de Estrella. ¡Mala pécora! Le había hundido en la miseria. Pero cambió de opinión: un encuentro con su esposa le haría perder demasiado tiempo. Cuando tuviera todos los cabos atados en cuanto a su empleo, entonces, contrataría al más implacable abogado especializado en divorcios. Le iba a sacar hasta el hígado, a esa perra diabólica. Mas lo primero era lo primero. Unos empleados soñolientos le atendieron con no demasiada diligencia. Pero al menos cumplieron su cometido. Con las cajas de los programas bajo el brazo volvió a casa, utilizando el transporte público (imposible aparcar en el Centro, sólo podría lograrlo metiéndolo en un parking, cosa a la que no estaba dispuesto, pues le causaría una pérdida de tiempo adicional de diez a veinte minutos. En su despacho, casi frenéticamente, instaló los programas. Cuando aparecieron las famosas ventanitas en la pantalla, exhaló un suspiro de alivio. Unió las manos con las palmas hacia fuera, hizo crujir los nudillos sonoramente y comenzó a aporrear el teclado. En primer lugar, debía hacer un resumen y copia de lo efectuado en papel, durante la noche. Después, seguir con el material que su mente pudiera recordar de cuanto había perdido. A las tres de la tarde, los gruñidos de su estómago se hicieron tan insistentes que hubo de comer un tentempié, por supuesto sin dejar de trabajar, con una mano aferrando el tenedor y la otra tecleando (tenía cierta soltura en usar sólo la diestra para trabajar con el ordenador). A partir de las seis de la tarde la necesidad de sueño se hizo tan insistente que hubo de tomar un enorme tazón de café solo. Le escocían los ojos de mirar la pantalla, le dolía terriblemente la cabeza (esto lo solucionó con varias aspirinas). De pronto, notó que le invadía un estado de hiperactividad, fruto quizá de la cafeína. Contento, se lanzó a la labor con redobladas energías. Una hora después, su lucha contra el sueño se estaba tornando heroica. Siempre se ufanó de su agilidad mental, pero ahora le costaba concentrarse en lo que hacía. Las cifras cruzaban por su campo visual como jeroglíficos o criptogramas, las letras le parecían extraños y compulsivos insectos negros sobre la blanca pantalla, carentes de cualquier sentido. Veía a través de una fina rendija entre los párpados. Los cerró durante un momento. Despertó con la cabeza sobre el teclado. Un hilo de baba colgaba de sus labios y manchaba la tecla "Alt". Se incorporó, con alarma, y miró el reloj. Había dormido por lo menos durante seis horas... ¡seis horas! Demasiado tiempo. Aún así, debía seguir trabajando. Movió el ratón y no sucedió nada. Tecleó, y tampoco. Exhaló un pavoroso gemido: ¡el ordenador se había bloqueado! A veces ocurría (y él lo sabía por propia y amarga experiencia): el cacharro del demonio se bloqueaba y normalmente la única forma de que volviera a funcionar (tras los golpes en el monitor con la palma de la mano) era reiniciar el equipo, perdiendo la información con la que se estaba trabajando en el momento del desastre. Acongojado, Alberto se preguntó cuánto del archivo que tenía ante sí desaparecería y cuánto habría sido guardado automáticamente en el disco duro... Pulsó todas las teclas, después combinaciones (menos La Temida, la que hacía reiniciar el equipo). Tras quince minutos de desesperados intentos, apagó el equipo y lo reinició. Maldijo a Bill Gates, como varios millones antes que él lo habían hecho en casi todo el globo terráqueo, ya fuera con mayor o menor intensidad. Era un... Incompetente. Tras angustiosas indagaciones, comprendió que la totalidad del archivo en que estuvo trabajando se había perdido. Se mordió un puño para no gritar. Trato de consolarse: al menos, el resto de archivos que había efectuado en todas esas horas de trabajo parecían intactos. Pero no había diskettes para hacer copias de seguridad. Se le había olvidado comprarlos y ya era domingo: las seis horas de su madrugada, para ser exactos. No había tiendas abiertas, salvo... Ese establecimiento cuyos ordenadores funcionaban durante veinticuatro horas. Pero debería enfrentarse otra vez a A y B. Se pasó una mano por los labios. Bueno, en realidad no había demasiadas posibilidades de que la información del disco duro se fuera al garete, ¿no? ¿no? Era débil, así que en su fuero interno decidió que NO. Continuó trabajando. En previsión de no volver a quedarse dormido sobre el teclado, se obligó a disfrutar de una siesta de una hora y media, a las siete de la tarde del domingo. Cuando se tumbó en el sofá, casi experimentó remordimientos. Pero debía dormir, por el bien de su trabajo. Despertó en un momento indefinido, sintiendo un extraño malestar. Miró el despertador, en la mesita, frente a él. Las ocho y cuarto. Aún le quedaba un cuarto de hora de sueño. No había problemas. Volvió a dormir. Cuando abrió los ojos, vio que el reloj marcaba la misma hora: ocho y cuarto. Saltó del sofá y tomó su reloj de pulsera (siempre lo dejaba aparte, cuando dormía). Marcaba las siete y cincuenta y cinco... del lunes. Agarró el despertador y lo acercó a la oreja: no sonaba, pues se había parado en las ocho y cuarto. Y él entraba a trabajar dentro de diez minutos. Durante dos segundos, observó el traicionero y diabólico despertador. Lo agitó y lo llevó a su oreja. Escuchó el tic-tac, antojándosele burlón. Nunca le había fallado y eligió precisamente este día para hacerlo. ¡El fabricante era un INCOMPETENTE! Arrojó el despertador contra la pared y el aparato se rompió en varios pedazos y sonó la alarma que debiera haberle sacado del sueño en su debido momento, como una risa mecánica y siniestra. Alberto lo aplastó a patadas, hasta que dejó de restallar el maligno timbre. Tenía ocho minutos para cruzar la ciudad, en hora punta, por cierto, hasta el edificio donde trabajaba. Normalmente, en Metro tardaba setenta y cinco. Además, hoy, tenía una reunión a primera hora con Miguel Ángel Sobrino, su Jefe de Departamento. Debía acabar de convencerle de que su propuesta era mucho mejor que las de Gerardo Márquez y Juan Manuel Alba. Y los comentarios y apuntes que había preparado respecto a esas galletitas Estrella los hizo pedazos, el viernes. Debería volver a confiar en su memoria. Era lo único que parecía no fallar, en aquel mundo de locos. Abajo, cuando pidió un taxi, el conductor se detuvo un momento y echó el pestillo. - Lo siento, tío, no cojo yonkis -dijo. Y se fue. Alberto se miró en un escaparate y se asustó al contemplar su aspecto demacrado y macilento, con profundas ojeras bajo los enrojecidos ojos. El siguiente taxi sí paró. Era un tipo orondo y amable que saludó con un "Buenos días". Alberto replicó: - Cállese y lléveme cuanto antes a mi trabajo. Le dio la dirección y el chófer no volvió a abrir la boca. Le condujo en un tiempo excepcional: cuarenta minutos, cosa que Alberto, en su fuero interno, agradeció. Todavía quedaba alguien competente en este mundo (aparte de él mismo). Pagó y dejó propina. El taxista gruñó unas palabras con fingido agradecimiento y se fue. Entró en el edificio, haciendo caso omiso del espanto en los rostros ajenos. El ascensor (¡cómo no!) estaba parado entre dos pisos superiores. Alberto estaba preparado para recibir a aquella pájara parlanchina que siempre le hacía esperar; otros días se había limitado a dirigirle severas acusaciones, pero hoy tenía pensado gritarle en plena cara, vociferarle su incompetencia, todos sus múltiples fallos en cada asunto que sus delicadas manos trataban. Iba a hundirla en la miseria, sí, iba a descargar sobre aquella atractiva desgraciada toda la negra ira incubada durante el fatídico fin de semana. La imaginaba en estos momentos, con la pierna sobre la célula fotoeléctrica que mantenía abierto el elevador, conversando con un compañero o compañero que estaría en el pasillo. Además, la muy canalla estaba batiendo su propio récord: cinco minutos con el ascensor parado entre dos pisos... Ocho... ¡Diez! Ya había más de cinco personas esperando junto a Alberto, observándole con cierta alarma abrir y cerrar las manos espasmódicamente, respirar con fuerza, apretar las mandíbulas con tal fuerza que los tendones faciales temblaban espasmódicamente, y clavar aquella mirada de loco asesino ora en las puertas metálicas, ora en el indicador de planta del ascensor. Este se puso de nuevo en movimiento. Bajaba lentamente. Sonó un agudo y breve pitido y las puertas comenzaron a abrirse. Alberto se adelantó un paso, abriendo la boca y alzando el dedo índice, a punto de lanzarlo hacia delante en una poderosa acusación. El grito se le convirtió en un extraño gorjeo cuando descubrió a Miguel Ángel Sobrino saliendo del ascensor. - ¡Vaya, Alberto, qué mala facha traes! -dijo su Jefe de Departamento, haciendo una mueca desagradable- No has dormido bien, ¿eh? Se nota, porque llegas tarde. Bueno, por un día, no pasa nada. -le tomó de los decaídos hombros con un brazo y se alejó con él, por el Hall del edificio- Precisamente, he estado hablando con Gerardo Márquez y Juan Manuel Alba sobre el asunto de las galletas, ¿sabes? Me han dado los últimos apuntes ya cuando estaba dentro del ascensor y he tenido que mantener las puertas abiertas. Son unos chicos insistentes, ¿verdad? ¡Era él quien había mantenido el elevador parado! Alberto hizo un tremendo esfuerzo para ahogar su ansia asesina en un pozo de amargura y mostrar cierto interés hacia lo que aquel mequetrefe engominado le estaba diciendo: - Creo que el asunto de las galletas lo dejaré en manos de Gerardo y Juan Manuel. Aunque tú llevarás, por supuesto, la contabilidad. Pero deberás atender a sus sugerencias, ¿eh? Son gente competente, como todos los que trabajamos en esta empresa. Si hubieras llegado a tiempo tal vez hubieras logrado convencerme de que necesitaba únicamente a una persona: tú. Pero la reunión ya ha terminado. Le había llevado hasta el exterior. Dio dos palmaditas en su espalda, se puso las gafas de sol y sonrió con aquella mueca de absoluto cretino que Alberto tanto odiaba. Se metió en el Audi e imitó con la mano derecha una pistola, encañonándolo con el índice. Disparó guiñándole un ojo. - Yo ya he terminado por hoy. Como tú ya has acabado prácticamente los informes esos de los que te habías encargado voluntariamente y por tanto tendrás bastante ocio, te he dejado en tu despacho algunas menudencias que debes acometer en esta mañana. No te llevarán mucho tiempo. Cuídate, chico. ¡Hasta luego! Alberto sonrió con los dientes apretados hasta que el brillante y voluminoso coche desapareció tras doblar la esquina. Sí, tenía los informes prácticamente terminados... Eso es lo que pensaba Miguel Ángel Sobrino, y su fachada de amiguete caería cuando descubriera que ni siquiera había acabado uno solo de ellos. Mejor dicho, los había acabado todos... Y perdido todos. Se volvió, deprimido. Esperaba que esas "menudencias" no le llevaran demasiado tiempo; tal vez media hora. Después, tendría el ordenador de su despacho para él solo. Esta vez, el ascensor volvió a detenerse demasiado tiempo en un solo piso, pero Alberto estaba poseído por una sensación de irrealidad. Al abrirse las puertas surgió la pájara parlanchina y pasó a su lado con una gran y maligna sonrisa. La observó irse, como aire de púgil noqueado. En su despacho encontró varias notas pegadas sobre la pantalla del monitor, escritas por El Cretino. Abrió mucho los ojos. ¡Menudencias! Debía pedir varios permisos y verificar ciertas cuentas que tenían que ver con la empresa... ¡A las delegaciones más cercanas de Hacienda y la Seguridad Social! Este tipo de recados eran los "pegotes". Normalmente los pegotes se le colgaban al que llegaba tarde o no tenía nada que hacer. Era una forma solapada de mantener la disciplina en el horario y de que todo el mundo pareciese ocupado (lo estuviese realmente o no). Alberto nunca había caído en aquella trampa. ¿No había alguna especificación en las normas de cada Departamento al respecto? ¿Es que no existían las secretarias? ¿Y la carne de cañón en prácticas? Sabía que no existía nadie lo suficientemente novato y a la vez estúpido como para aceptar este pegote. Además, la solidaridad y el humanitarismo ante el colega destrozado eran una utopía. No, tendría que ir él a aquellos lugares de pesadilla de colas interminables, informaciones contradictorias y funcionarios de rostro aburrido, voz átona y motivación nula. Además, eran ya casi las nueve y media. A estos sitios había que acudir al menos una hora antes de que abrieran, para terminar en un tiempo decente. Frunció los labios, apretó las mandíbulas, agarró las (losas) carpetas que le habían dejado en la mesa y salió del despacho. Bajó del taxi y se encaró con aquel gris y enorme edificio. "Tesorería General de la Seguridad General". Le pareció en cierto modo ominoso. Trató de juntar energías, como el soldado al que mandan a luchar a primera línea, allá donde la batalla es más encarnizada. De algún modo, logró echar a andar y entró en el edificio. Le sorprendió que hubiera tan pocas personas en la cola para "Información". ¡Increíble! Pero enseguida comprendió la trampa, cuando, tras plantear al funcionario correspondiente el problema, éste le replicó: - Coja número y en la mesa correspondiente le atenderán. - ¿Y no me podría ayudar en concreto usted? - Lo siento, pero yo no puedo atenderle. En la mesa correspondiente lo harán. - Gracias -respondió Alberto, en tono gélido. Había un expendedor de papelitos que marcaban el orden, como en los supermercados, y agarró uno. 635. Descubrió varias hileras de sillas de plástico, todas ocupadas por personas que tenían la vista fija en un gran panel frente ante ellas, como si fuese una especie de altar en una futurista ceremonia religiosa que atentamente contemplaran los acólitos. Leyó en la pantalla que ahora se estaba atendiendo al número 558. "Paciencia", se dijo. Se le ocurrió que podría aprovechar el tiempo escribiendo a mano un borrador de los informes que más tarde debería confeccionar con el ordenador de su oficina. Salió al exterior, a comprar papel y un bolígrafo. Volvió al edificio ominoso al cabo de diez minutos, cargado con un taco de folios en blanco y tres bolígrafos (por si uno, o dos, fallaban: ya no le sorprendería). En la pantalla apareció el número 570. Vaya, iba rápida la cosa. Bien. No había sitios libres, así que, tras tratar de escribir de pie, lo cual resultaba bastante incómodo, se decidió por sentarse en el suelo, con las rodillas juntas y los papeles sobre los muslos. Al principio le dio apuro, pero allá nadie se fijaba mucho tiempo en el prójimo. Eran sólo números y los números no tienen personalidad. El murmullo de las conversaciones se hacía arrullador. Alberto se sentía muy cansado y además estaba horriblemente hambriento, pues no había comido nada en más de doce tensas y exasperantes horas. Pronto se encontró haciendo esfuerzos para no quedarse dormido. Las cabezadas se hicieron más frecuentes, hasta que de repente su frente chocó contra el papel y quedó ahí quieta, la boca abierta, los ojos cerrados y la mano contra el pecho, sujetando el bolígrafo en una extraña posición. Despertó súbitamente, provocando las sonrisas de algunos observadores. - Buen sueñecito, ¿eh? -le dijo un chico con largas melenas y una camiseta llena de monstruos. Alberto se levantó, sufriendo varios calambres, y miró con angustia la pantalla. Suspiró, aliviado. Sólo iban por el 525. Diez números y al fin le atenderían. Pero, al cabo de cinco minutos, la pantalla se apagó. Hubo cierto revuelo y los funcionarios bufaron al comprobar que también sus monitores habían muerto. La debacle comenzó cuando uno de ellos le comentó a otro, en voz lo suficientemente alta: - Vaya, se ha chafado el sistema informático. No se podrá atender a nadie por el resto del día. Protestas, gritos, puños en alto, incluso maldiciones y serias amenazas. Pero el funcionario jefe de aquel departamento, u oficina, puso un gran cuadro de papel de impresora sobre el altar-pantalla,. En él se leía, con caracteres enormes y escritos con rotulador de punta gruesa: "SISTEMA INFORMÁTICO INOPERATIVO. HOY NO SE PODRÁN ATENDER MÁS CONSULTAS. VUELVAN OTRO DÍA. PERDONEN LAS MOLESTIAS." Los funcionarios se mostraron inflexibles, algunos con mayor o menor grado de amabilidad (siempre inversamente proporcional a su veteranía). Alguien clamaba a gritos por el sueldo que había perdido aquella mañana. Una joven preguntó, airada, por qué demonios no habrían las veinticuatro horas del día, así no tendrían que pedir permisos de trabajo para solucionar estas cuestiones. ¿No había tanto paro? Pues que colocaran a gente trabajando mañana, tarde y noche. - ¡Anarquía, anarquía! -gritaba colérico el melenudo cercano a Alberto- ¡Derribemos este sistema corrupto y opresor! Se volvió hacia Alberto, quien observaba pasmado el cartel sobre la negra pantalla. - ¡Pues yo me lío un porro, tío! -dijo el airado muchacho, encogiendo sus escuálidos hombros. Y empezó a hacer realidad su deseo. Alberto no le miraba. Había esperado dos horas y dieciocho minutos... Para nada. La sensación de agudo surrealismo le golpeaba de nuevo, pues había un límite incluso hasta para la ira o la exasperación y durante los últimos tres días él lo había sobrepasado. Salió del edificio, con sus folios bajo el brazo, observando el numerito. Lo guardó maquinalmente en un bolsillo del pantalón y pidió un taxi. Aún le quedaba otra dura prueba: Hacienda. Una palabra que irradiaba implacable fortaleza y que provocaba en el hombre moderno a un tiempo pesar y resignación. Una vez dentro del edificio de la Agencia Tributaria, y recuperado del shock anterior, se creía con suficientes fuerzas para encarar la nueva tarea endosada. El primer paso era localizar el lugar y funcionario correctos para plantear su problema. Buscó en un cuadro de departamentos por piso el suyo propio y encontró tres que podrían ajustarse a lo que él necesitaba. Estaba cada uno en un nivel distinto, por cierto. Miró la cola de la ventanilla "Información" y tragó saliva ruidosamente. Decidió probar con el guardia de seguridad, aunque sin muchas esperanzas. - Pregunte en "Información" -respondió el agente, mirándole con rostro aburrido. También lo intentó en un mostrador solitario, con una funcionaria concentrada en limarse las uñas. - Ah, pues no sé exactamente. -repuso- Vaya a "Información". Ahí le atenderán. Y volvió con sus uñas. No hubo más remedio que ponerse en la cola. En dos ocasiones, algún espabilado hizo como si remoloneara, buscando quizá algún cartel, para intentar meterse en la fila sin esperar turno. En el caso de Alberto descubrían su mirada asesina y se apresuraban a alejarse. Una cincuentona logró entrar en la cola delante de una jovencita con aspecto de pazguata, argumentando con voz suplicante que tenía a su madre enferma en casa y que sólo iba a ser un segundín, una pregunta cortita y se iría. La pazguata, poco experta en este tipo de situaciones, le cedió el sitio. - ¿Es que no ves que se te ha colado? -gritó Alberto, furioso. La chica le miró, asombrada y algo asustada, pero no abrió la boca. La cincuentona arqueó una ceja y observó el aire ante ella, indiferente. Se armó un pequeño barullo, la gente clamaba irritada, pero sin encararse directamente con el objeto de sus iras, el cual continuaba muy erguida, contemplando las musarañas, como si hubiera perdido la capacidad de oír. Al cabo de tres minutos, sólo algunos jubilados continuaban gruñendo. Tras otros dieciocho largos minutos, le tocó a Alberto. El funcionario mostraba menos entusiasmo que el de cualquier personaje pintado por El Greco. Alberto hubo de repetirle la pregunta tres veces, siendo respondido a su vez por secos y malhumorados ladridos. - Espere un momento. -masculló el tipo. Con una lentitud digna de admiración se levantó y rebuscó en varios estantes algún que otro documento. Entrecerró los ojos y alzó el labio inferior mientras lo leía. Al fin, volvió a su silla y sólo cuando estuvo adecuadamente sentado, ladró: - Piso Segundo, Departamento Tercero. - ¿Está seguro? -inquirió Alberto. El hombre farfulló algo en tono enojado y Alberto se fue de allí. En el lugar mentado ya había diez personas esperando. Había un mostrador que comunicaba con el público, y, tras él, una gran sala con varios ordenadores, que a su vez daba paso a una tercera. Lo que ocurría en esta última podía verse a través de ventanas de plástico transparente sobre la pared. No había nadie en el mostrador, pero tras las ventanas vio a cuatro funcionarios, charlando entre sí. Uno de ellos, gordo y barbudo, tenía voz estridente, casi de pito, y se oía sobre las del resto: - ¡Eh! ¡No os comáis todos los quicos! - Yo traje la bolsa, así que son míos -replicó otro, de aspecto anodino y un tanto enfadado. - ¡Que me los dés! -el barbudo, beligerante, se acercó a él. Otra funcionaria reía de manera aguda, y el cuarto, más joven, tecleaba en un ordenador. Alzó la cabeza y gritó: - ¡Gerardo Montes Vidal! - ¡Servidor! -contestó un viejecillo, sentado en el único y pequeño banco de la sala de espera. Una máquina escupió varios impresos y el joven se acercó a una de las tres ventanillas, todas desocupadas hasta ese momento, para entregárselo. El anciano observó los papeles, mientras quien se los había entregado volvía con su ordenador- ¡Oiga! ¡Joven! Esto no se ve. No tiene tinta. El chico, malhumorado, volvió a la ventanilla. - ¿Qué pasa? -espetó. - No lo puedo leer. Está todo borroso. - No se preocupe. Preséntelo en caja y pague, porque está correcto. - Pero es que yo quiero ver lo que pone, antes de pagar -insistió el jubilado. - Entonces tendrá que esperar a que se impriman todos los demás documentos de esta gente - Pero yo estaba antes que todos ellos. Entró en escena el barbudo con voz de pito: - Usted piensa que está antes que ellos. Eso no significa que realmente el orden sea ese. Son cosas distintas. -y le miró altivo, como admirado de su ingenio y sutileza- Puede hacer dos cosas: esperar su turno o poner una queja, en el Piso Inferior, Departamento Cinco. El jubilado le observó con el ceñó fruncido y se rascó la boina. Murmuró algo por lo bajo y volvió a su silla. Refunfuñó, enfadado, pero sólo le contestó una mujer, que traía varias bolsas de la compra: - Es que para pagar todo son prisas, pero cuando vienen los problemas no hay más que lentitud. Los funcionarios no parecían oír estos comentarios. Al fin, tras veinte minutos de espera, le tocó el turno a Alberto. Torció la boca en una mueca extraña, porque le llamó precisamente el barbudo chillón. - ¿Alguien quiere ser atendido? ¿Por qué no vienen al mostrador? Alberto se acercó, mientras el enojado funcionario tiraba un quico al aire, logrando colarlo en su boca abierta. Se escuchó claramente el sonido de sus muelas triturándolo. - ¿Qué quiere usted? -espetó, a bocajarro. Alberto, con voz pausada, como la calma que precede a la tormenta, le expuso la cuestión, extrayendo de la carpeta bajo el brazo varios formularios y documentos que tenía preparados de antemano. - A ver, a ver... -dijo el funcionario, repasándolos con gestos rápidos. Cada pocos segundos tiraba un quico al aire, lo encestaba en su boca y lo mascaba ruidosamente, con las gruesas cejas unidas en un espeso fruncimiento. - ¿Quiere dejar de hacer eso? -inquirió Alberto, secamente. - ¿El qué? - Lanzar los quicos al aire y comérselos. - ¿Cómo? ¿Qué si quiero dejar de hacerlo? -le miró fijamente durante varios segundos- No. Usted no se preocupe por lo que pueda o no comer, que le solucionaré su problema, -alzó el dedo índice- si entra dentro de mis atribuciones. Volvió los ojos hacia los papeles, otra vez. Alberto controló dificultosamente ciertas ansias homicidas. Todo su cuerpo se tensó cuando un quico rebotó en el gordezuelo labio superior y después dio contra su propia camisa. - Vaya, perdone. -dijo el barbudo, distraído. Volvió la cabeza y soltó un grito estridente:- ¡Marquitos! ¡Ven aquí! El aludido, aquel jovenzuelo que trasteara con el ordenador, se acercó, remolón. - Mira, Marquitos, a ver si sabes qué ocurre con esta declaración. Este hombre dice que hay ciertos datos que no concuerdan. Su compañero echó un vistazo al papel y contestó: - No corresponde a este departamento. -miró a Alberto con rostro impasible- Ha de ir al número 7, en el Tercer Piso. Alberto parpadeó, sin poder creer lo que escuchaba. - En Información me dijeron que subiera aquí. - ¿Seguro? -receló el barbudo, mientras mascaba- ¡Qué raro! Lo más probable es que se equivocara usted. Suele haber alguien competente tras la ventanilla. Alberto, al oír el vocablo "competente", sintió que algo estallaba dentro de su cabeza. Su faz se transformó en algo diabólico, terrible. - ¿Competente? ¿Competente? ¿Usted se atreve a pronunciar esa divina palabra? ¿Cómo osa? Desde que he entrado aquí, no he topado con otra cosa que incompetentes. ¡Ustedes no tienen ni idea de lo que significa ser competente! ¡Yo sí! ¡Ustedes no son más que un hatajo de bobalicones que hacen lo que les da la gana porque tienen el puesto asegurado de por vida! ¡Deberían despedirlos, despedirlos a todos! ¡Yo, además, les cortaría la cabeza y las empalaría en picas! -el rostro se le congestionó, fruto de una maligna alegría al recrearse en aquellos oscuros deseos- ¡Después, haría una gran hoguera, en el centro de cada ciudad, y echaría sus cuerpos en ella! ¡Y aún eso sería un blando castigo! ¡Todos los incompetentes de este mundo, del Universo, deberían ser exterminados sin piedad, para que dejaran de hacernos la vida imposible a quienes sí somos competentes! ¡Les odio! ¡Les odio con toda mi alma! ¡Hacen de mi existencia un calvario! ¡Hacen que llegue a desear la muerte! Ambos funcionarios habían permanecido impasibles, mientras soportaban las imprecaciones. Pero en ese instante el más joven intervino: - Eso es estúpido: no puede desear lo que ya tiene. En realidad, usted ya está muerto. Cuando cruzó ese semáforo en rojo, mientras hablaba con su esposa por el teléfono móvil, el coche lo atropelló y acabó con su vida. - ¡Cállate, Marquitos! -el barbudo le dio un pescozón en la coronilla- ¡Siempre tienes que meter la pata! ¿Sabes lo que nos puede caer encima si este tipo lo descubre todo? - ¡Oh, es verdad! -Marquitos se llevó las manos a la boca. - ¿De qué hablan? -Alberto les observaba con estupor. - ¡Congélate! -ordenó el funcionario barbudo. Alberto quedó inmóvil, con la boca abierta y las manos en medio de un ademán. Parecía una estatua, como el resto de las personas de aquel lugar, excepto los dos funcionarios tras el mostrador. El barbudo miró enojado a Marquitos: - Vamos a ver, Marquitos, ¿cuántas veces te he dicho que los condenados no deben saber jamás dónde se hallan? La maestría de Nuestro Señor El Innombrable está en darle a cada uno lo que se merece, pero de forma solapada. El condenado nunca sabe que ya está condenado, ni siquiera sabe que ha muerto. La mayor parte de estos desgraciados creen que aún no les ha llegado la Hora, y sufren todo tipo de males y calamidades, los tormentos que merecen. Pero si alguno se entera de que ya ha muerto... ¡se pierde la gracia! - Llevas razón. -repuso Marquitos, compungido- Soy un bocazas. - Recuerdo que uno de nuestros compañeros de la Esfera de las Humillaciones le llegó a confesar, a un condenado por causa de su gran soberbia en vida, dónde estaba realmente. ¿Sabes lo que hizo Nuestro Señor con aquel incompetente? Pues se lo entregó al Otro Bando... -bajó la voz, con cierto temor- A los de la espada. - ¿A los Arcángeles? -Marquitos se volvió blanco de golpe- ¿A esos sádicos? - En efecto. Destruyeron al bocazas de forma poco agradable, y tardaron milenios. Por eso, mejor piensa un poco antes de hablar. - Perdóname, Evaristo. -Marquitos se dio golpes con el puño en la frente- Soy un idiota. El barbudo se volvió hacia Alberto. Dijo: - Y tú: recuperarás la voluntad, pero olvidarás cuanto has oído en este mostrador, y volverás a Información. Uno, dos, tres, ¡ya! Le dio una ligera pero sonora palmada en la frente y Alberto cerró la boca de golpe, mientras el mundo alrededor suyo volvía a la vida. - Me he equivocado de lugar. -dijo, frunciendo el ceño y recogiendo sus papeles- Preguntaré en Información. Sí, preguntaré en Información. Y se alejó de allí, con paso rápido y enérgico. Los dos funcionarios tras el mostrador le observaban irse. - Pobre desgraciado. -dijo Marquitos- Casi me da pena. Va a descubrir el auténtico significado de lo que más odia, la Incompetencia, en todas y cada una de sus facetas: dentistas que se equivocan de muela, albañiles que nunca llegan a las citas concertadas o lo hacen tarde, carpinteros que fabrican sillas con una pata débil, grúas que jamás llegan a tiempo para llevarse ese coche en segunda fila que te impide mover el tuyo, camareros que se olvidan de servirte tras pedirles el almuerzo, fontaneros que no solucionan las salidas de agua, hombres del tiempo que equivocan el pronóstico el día anterior al comienzo de tus vacaciones,... Y un largo etcétera. - ¿Largo? -bufó Evaristo, su compañero- Muy largo, diría yo. Al fin y al cabo, tiene toda la Eternidad por delante para sufrir el azote de los incompetentes. Pobrecillo, yo sí que siento pena por él. Nosotros no somos tan malos, a pesar de cómo nos pintan los humanos en sus leyendas. También tenemos nuestro corazoncito, y lo que le han hecho a ese condenado no tiene nombre. Mas también somos unos mandados y debemos cumplir con nuestra obligación. Por cierto, cuida esa boca o te la vas a cargar. Procura comportarte como un auténtico profesional. - Sí, ya lo sé, perdona. No volverá a ocurrir. - Eso espero -dijo Evaristo, poco convencido. Este chico... aún le quedaba mucho por aprender; era distraído y poco motivado. El funcionario barbudo negó con la cabeza, entristecido. Era difícil encontrar un buen profesional en estos tiempos. Cada vez más demonios de su nivel cometían fallos e imprudencias. Y es que la Incompetencia, desgraciadamente, llegaba a todas partes. Incluso al Infierno. FIN