Sones de muerte El recuerdo de mis años mozos me viene a las mientes de vez en cuando, alegrando mi espíritu como el susurro de la brisa primaveral soplando por los valles de mi tierra. En aquellos días yo era tan sólo un pobre muchacho huérfano y desamparado, al que un familiar había acogido bajo su tutela. Pronto comencé a aprender su oficio, el de amanuense, y en un principio lo detesté con toda mi alma. Veía a los otros muchachos jugar ociosos en las calles, mientras yo pasaba las horas frente al atril, practicando la tediosa caligrafía, limpiando las escribanías y llenando los tinteros de los oficiales de la tienda. Un día, harto de la tinta y las plumas de ganso con las que practicaba, me escapé de la tienda y vagué por las calles dando barzones, ansioso de nuevas experiencias. Porque, hasta donde alcanza mi desgastada memoria, lo que yo siempre había querido era convertirme en soldado. Mi abuelo, Nythosg guarde su alma, me había contado cómo mi difunto padre había sido capitán de infantería y que hasta su muerte en una batalla había acumulado muchos honores a lo largo de su carrera militar. Él mismo me contó gestas y hazañas épicas, puesto que también había sido soldado; así que no ha de extrañar que encaminara mis pasos hacia los arrabales de la ciudad, donde siempre se veían muchos soldados gastando su oro en las tabernas, bebiendo, jugando y peleando entre sí. Llegué a una bodega destartalada y sucia cerca de unas caballerizas, repleta de soldadesca y bullicio. Temeroso, entré sin saber bien lo que hacía, fascinado con las escenas que ante mí se desarrollaban. En la bodega habría al menos una treintena de personas, bebiendo alrededor de las ajadas mesas. La mayoría eran soldados, trasegando jarras de vino y jugando ruidosamente a las cartas y los dados, besando y manoseando a las cantineras que se sentaban sobre sus rodillas. Nadie parecía reparar en mi presencia, y como empezaba a asustarme, decidí dejar el local, cuando mis ojos se posaron en un viejo soldado, el cual cantaba obscenas canciones y antiguos himnos de guerra mientras apuraba un abollado pichel. Su aspecto me causó una fuerte impresión, pues estaba demacrado, con el rostro reseco y lleno de cicatrices; vestía un miserable jubón de cuero demasiadas veces remendado, cubriéndose los hombros con una capa gris y polvorienta. Pero lo que más me impresionó fue su pierna izquierda, o más bien su ausencia, pues a la altura del muslo veíase un muñón cubierto por un trapo grasiento y roído. Al lado, recostada contra la silla, tenía la muleta con la que suplía su pierna al andar. El hombre se dio cuenta de que le estaba observando y me hincó su penetrante mirada, hablándome luego con su vieja y cascada voz. -¿Qué haces aquí, muchacho? Este no es lugar para ti... ¿A quién buscas? -pese a lo rudo de su acento, noté que intentaba ser amable conmigo. Le miré a la cara y respondí tímidamente: -Me he escapado de casa... -dudé unos instantes, pero luego recobré el ánimo y exclamé lleno de orgullo.- ¡Quiero ser soldado, como mi padre, y honrar su nombre! El viejo me sopesó detenidamente y luego profirió una carcajada, abriendo una boca en la que quedaban ya pocos dientes en pie. Indignado y lleno de vergüenza, me aparté de su mesa, cuando me detuvo agarrándome por el hombro, bruscamente al principio, luego con más suavidad. -Espera, muchacho. No me burlaba de ti... ni menos aún de tu padre. Siéntate, anda -reluctante, le obedecí, viendo un extraño brillo en sus ojos. Parecía que al verme le había recordado a alguien, quizás a él mismo, muchos años atrás. -Dime, ¿cómo se llamaba tu padre? -el viejo tomó el pichel que tenía frente a sí, apurándolo hasta las heces y dejándolo de nuevo en la mesa, paladeando la bebida con un gruñido de satisfacción. -Amryl, señor -contesté-. Fue capitán de infantería, murió hace unos quince años, antes de que yo naciera -añadí, sin atreverme a mirarle a los ojos. El hombre sonrió esta vez, mirándome divertido. -Así que quieres seguir los pasos de tu padre... ¿Y tu madre, que opina acerca de eso de ser soldado? -Mi madre murió en el parto, señor. De mí se ocupó mi abuelo hasta que murió, hace poco más de un año. Desde entonces, he estado como aprendiz de amanuense en el gremio de mi tío... pero no deseo volver. Estoy harto de mancharme los dedos de tinta, afilar las plumas, leer polvorientos pergaminos y de practicar horas enteras mi caligrafía. ¡Todo éso no sirve para nada! Quiero ser soldado como mi padre y abuelo y aprender el arte de la guerra. El hombre volvió a reír, pero esta vez parecía complacerle mi determinación. Después de rebuscar entre sus ropas buscando alguna moneda y volver sus dedos con un zuraví de plata, me lo dio, añadiendo pensativo: -Hazme un favor, pídeme una jarra de vino y una hogaza de pan. Si así lo haces, te contaré cómo puedes llegar a ser soldado, pues yo mismo lo fui en otro tiempo. Aunque creo que cuando escuches mi historia, volverás al gremio, a practicar de nuevo tu caligrafía -tomando la moneda de plata, corrí hasta la barra y le pedí al tabernero lo que me había encargado. El tabernero me miró con suspicacia, pero al ver que podía pagarle me despachó una jarra de barro llena de vino peleón, junto a una hogaza de pan negro y duro. Volví a la mesa, le tendí la jarra y la hogaza y me acomodé a su lado, viendo expectante como escanciaba el vino y mojaba en él el pan para ablandarlo, pues era muy duro para los pocos dientes que le quedaban. Tras beber un largo trago y exhalar un hondo suspiro, comenzó como me prometiera a contarme cómo podía convertirme en soldado. -Muchacho, ah, muchacho... ¿de verdad que quieres ser soldado? Mejor harías tirándote de cabeza a un pozo, pues te ahorrarías muchos sufrimientos. ¿Así que tu odiada caligrafía no sirve para nada? Si hubiera sabido escribir con tus años, no estaría así ahora, arrastrándome penosamente con esta muleta de un lado para otro, sin al menos un sitio donde caer muerto -contrariado, me atreví a interrumpirle, pues sus palabras robaban las ilusiones y sueños que mi excitable imaginación había forjado. -Mi abuelo me dijo que la vida del soldado era gloriosa. Kryll el rojo mira con agrado a los valientes y les infunde fuerza y coraje en la batalla. Así me lo contó mi abuelo, y así quiero creerlo. El viejo soldado hizo una mueca de desdén, sacudió la cabeza desaprobando mis palabras y bebió de su pichel, mediándolo de un par de tragos. -Gloria, honor, renombre... basura, muchacho, eso es lo que son. Mírame ahora, y dime que ves. Hace años era joven y vigoroso, pero mírame ahora, te digo. Estoy viejo, solo y nada me queda después de toda la sangre y el sudor que vertí por mis señores... mi juventud se fue mientras marchaba al son de los himnos de guerra y mi pierna se quedó en Slonna, la última campaña donde participé. ¿Quieres que te cuente como fue mi vida como soldado? Acomódate, porque mucho he de contarte y quiero que vuelvas pronto a casa. Tu tío te estará buscando y no debes preocuparle. Escucha, pues. <> El viejo refrescó su gaznate de un trago, llenándose el pichel y masticando el pan empapado en vino, perdido en sus recuerdos. Cerró los ojos, para proseguir así: <> El viejo hizo otra pausa, probando otro bocado de pan y un trago del vino, cerrando los ojos mientras masticaba, como luchando con los fantasmas del pasado. Le miré en silencio, pues sus palabras, o lo poco que entonces entendí de ellas (y que luego cobraron significado para mí) me habían sobrecogido, casi tanto como el fúnebre tono con que las enunciaba y el brillo fanático de sus profundos ojos. Poco después, prosiguió con su relato. <> Le miré desconcertado, temeroso, mientras me recorría un escalofrío. El viejo soldado acabó la jarra de vino, mirando su fondo vacío con amargura y tosiendo entre estertores. Cuando se recuperó, se limpió la roja saliva que había expectorado con su andrajosa manga y clavó de nuevo sus fascinadores ojos en mí. -¿Y bien muchacho? ¿Qué me dices? Espera, no hables, sé lo que piensas. Crees que no tiene por que ser así, que tú no resultarás herido ni mutilado. Bien, puede ser, pero escucha: si te hieren o mutilan, acabarás como yo... Mírame -dijo con voz áspera, obligándome a mirarle - ¿Te gustaría acabar así? Bajé la cabeza, sin poder contestarle, mientras el viejo reía con amargura. De nuevo, me volvió a hablar con tono cariñoso, como si viera en mí su hijo: -Vuelve a casa, chaval. Sigue practicando tu caligrafía y aprende bien el oficio de amanuense. Tu maestro morirá algún día y acabará dejándote su negocio. Tendrás asegurado tu porvenir, podrás casarte y tener hijos... yo nunca pude tenerlos. Malgasté mi vida desfilando, sirviendo a mi señor y matando por él... para que así me lo agradeciera. Vete, muchacho, es tarde y te estarán buscando -me dio una palmada cariñosa en el hombro, y en ese momento tomé conciencia de que Anair, mi maestro y tío carnal, estaría muy preocupado buscándome por toda la ciudad. Salí de la bodega a toda prisa, y corrí en las calles oscuras sin saber bien como volver al gremio. Anair me encontró poco después, ya que había salido con un hachote y dos oficiales a buscarme. Hubiera merecido una buena paliza, pero como Anair era bondadoso y me quería, me abrazó mientras lloraba y nos fuimos a casa. No sé si fue exactamente por esa causa, pero resulta que desde aquel día me trató como al hijo que nunca tuvo. De él aprendí el oficio, y como el decrépito soldado de la fonda predijera heredé su negocio. Muchos años han pasado desde mi niñez, y ahora, en las postrimerías de mi larga vida, pese a las palabras de aquel pobre hombre, muchas veces me pregunto si hubiera merecido la pena ser soldado. Nunca lo he sabido, ni lo sabré, pues habré de arrastrar esa incertidumbre hasta que llegue el día de mi muerte. Fin (c) José María Bravo Lineros