THRANSZULTH, PERDIDO EN EL TIEMPO. La tarde se prestaba oscura, nublada y de luz tenue. El plomizo cielo no prometía nada bueno, seguramente habría una tormenta dentro de poco, por eso yo volvía rápido; venía de una librería muy antigua situada a las afueras de la ciudad y traía dos libros como solía hacer cada fin de mes. Aquella librería no era muy conocida por mis amistades, pero yo iba muy a menudo. Siempre me pareció muy extraño, dada la cantidad inmensa de libros que poseía. Su dueño, el señor Suárez era un tipo muy sociable, afable según había oído, pero por extraño que parezca no mediaba palabra. Tenía la tez algo oscura pero desnutrida y siempre parecía estar en otro sitio, engullido por sus libros. Lo más extraño eran sus ojos, hundidos en su cara, profundos, oscuros e infinitos, por mucho que los miraba nunca conseguí saber el color ya que por mucho que los miraba nunca conseguía acordarme de él. No sólo no hablaba, si no que los únicos gestos que le había visto hacer eran dos, fruncir el ceño mientras leía y extender la mano para coger el dinero que le dejaba sobre la mesa. Parecía tener una vida longeva pero no se notaban rastros de la edad en su cara o en sus manos. Según ciertos rumores había tenido una infancia difícil y se había trasladado aquí porque su negocio de libros no era muy rentable, tampoco veía yo que lo fuera aquí, pero cada vez tenía más y más adquisiciones literarias. En cuanto a mis libros, el primero de ellos era un libro policiaco, una especie de novela negra de una autora no muy conocida pero que me habían asegurado era muy adecuada a mis gustos. El segundo no tenía título, solamente tenía en la primera página unos símbolos ilegibles y extraños, que no eran jeroglíficos ni nada que yo hubiera visto alguna vez. Estaba en un estante polvoriento de madera muy vieja, carcomida y de aspecto victoriano. Su color negro, tan oscuro como la nada me llamó la atención y no pude resistirme a cogerlo. Me sentía eufórico y tenía unas ganas de llegar a casa para ver sus ilustraciones, ya que me resultaba imposible su lectura, apenas algunos fragmentos pude traducir del latín, ¡por fin me sirvieron de algo esas aburridas clases de la universidad! El cielo abrió sus grandes fauces y rugió. La lluvia implacable se transformó en tormenta. El agua caía sin cesar y se tornaba cada vez más dura y abundante, escondí los libros bajo la ropa, cuando sentí el contacto con mi piel. noté una sensación extraña, literalmente se me heló la sangre, no me podía mover. La lluvia me despertó de esa terrible pesadilla... Corrí hacia mi casa escondiéndome bajo los alféizares y las techumbres de casas y pisos que me rodeaban. Abrí la puerta de mi casa con las manos empapadas. Me costó mucho abrir porque las llaves se me resbalaban, pero lo conseguí. Lo primero que hice fue mirar si los libros habían sobrevivido bien al agua. Ni siquiera estaban húmedos, tuve suerte, los dejé encima del recibidor, me quité la chaqueta, salvadora de los libros del desastre, me puse mis zapatillas de estar por casa y me sequé un poco. Bajé las escaleras y me dispuse a ver aquella perfección de color negro azabache, el solo hecho de tenerlo en las manos me producía una sensación de asidua adoración sobre él. Pude contenerme y no abrirlo hasta estar delante de la luz de mi pequeña lámpara. Olvidada ya aquella novela negra tan aburrida me dispuse a explorar el contenido de esa maravilla de edición. Examiné sus tapas: eran duras, y una vez limpias reflejaban un color negro, tan oscuro que parecía poder tragar tus manos al tocarlo. Solamente pude descubrir un pequeño bajorrelieve en la parte inferior izquierda de la tapa trasera. Parecía una especie "n", engarzada con otra del mismo tamaño, formando una letra un tanto rara, más bien un símbolo. Lo más raro es que no pude abrirlo, lo intenté con todas mis fuerzas, pero no se movió ni un centímetro. Estaba totalmente prensado, unido de alguna manera que se me escapaba y que desafiaba a toda ley física. Me quedé exánime, sin fuerzas, desilusionado totalmente. Solamente me quedaron ganas de acostarme y descansar un rato. Dejé el libro solo y subí al dormitorio a dormir un rato. Eran las seis y media así que me levantaría para la hora de cenar. Dormí plácidamente, y me desperté con un ánimo totalmente renovado, estaba como un rosa, me sentía más fuerte, como si tuviera dos años menos, y por supuesto no me había afectado nada el cambio tan repentino del tiempo, ahora hacía un sol muy brillante, la casa estaba completamente iluminada, seguramente me había despertado por la abrupta entrada de la luz que me acariciaba violentamente los ojos. Tenía hambre, pues debía ser la hora de cenar, pero ¿cómo iba a ser la hora de cenar si había tanto sol? Así que miré el reloj despertador que tenía encima de la mesilla, a la derecha de mi cama, eran las seis y treinta y cinco. ¿Cómo podía haber descansado en tan poco tiempo? Pensé que se había parado que se le habían gastado las pilas o que se había roto y miré el reloj de pulsera. La hora era la correcta pero el día no. Había estado durmiendo tres días sin parar. Era imposible, como había podido estar setenta y dos horas durmiendo de un tirón, que yo supiera nadie había podido dormir tanto tiempo seguido, bueno sí, una persona que sufriera catalepsia, pero eso es una enfermedad, una anormalidad del cuerpo humano, nada que ver con lo que me había sucedido. Ahora tenía otra preocupación, tenía que preguntarle al librero porque no podía haber abierto el libro que el me vendió. Me dispuse a ducharme, aunque ya estaba lo suficientemente despejado, ni una ducha de agua fría hubiera conseguido despertarme más aún. Una vez vestido, me miré al espejo para peinarme, cuando algo me llamó la atención la cicatriz que tenía en la mano, aquella que me hice el día de antes de dormir, con el cuchillo mientras hacía la cena, había desaparecido, no quedaba ni rastro. Rápidamente pensé que era porque se me había curado en esos cuatro días. Ni siquiera le di importancia y me fui a la librería. Iba caminando y estaba pensando, como ausente de la realidad, sólo pensaba en como había podido estar tanto tiempo durmiendo, como me había despertado con la luz y no lo había hecho los demás días, quizás hubiera estado lloviendo durante este tiempo, y ahora había salido el sol, quién sabe. Y me dije a mi mismo: ¡Te has dejado el libro! Rápidamente me di la vuelta para volver a casa, pero, no sabía dónde estaba, me había perdido en mi propio barrio en el barrio que crecí, en el que había vivido toda la vida, desde mi infancia. Seguí andando a tientas, buscando algún punto de referencia por el que guiarme para volver a casa. Sin saber como ni por qué conseguí llegar a un parque que me resultaba algo familiar, había estado en el de pequeño, sí, dos o tres veces, aunque estaba algo lejos de mi casa conseguiría llegar en veinte minutos y todavía me daría tiempo de llegar a tiempo a la librería. Antes de irme vi a un chico pequeño, de unos siete años, que jugaba con una pequeña pelota azul con manchas rojas. Me hizo recordar cuando yo era pequeño, quien pudiera ser joven otra vez, me gustaba pensar en como era mi vida cuando era pequeño, la inocencia, la pureza, mi única preocupación era poder comer chocolate... Una sonrisa se dibujó suavemente en mi cara. Olvidé mis preocupaciones y me acerqué al chico para jugar un poco con él. - Oye niño, estas muy solo, ¿quieres jugar conmigo?- le pregunté. El se giró y me miró fijamente, y me di cuenta de que era yo, cuando tenía siete años, que era esto, no podía ser yo, tenía que parecerse a mí simplemente. Mi subconsciente me habría jugado una mala pasada, sí, eso era, un niño parecido a mí, pero cuanto más lo miraba me daba cuenta de que era yo, que no podía intentar engañarme. Me quedé petrificado, intenté mover los labios, pero solo temblaban, balbuceé mi nombre. Mi cerebro se había quedado paralizado, estaba al borde de la locura, no podía pensar en nada, sería un sueño, para cuando conseguí mover la mano para pellizcarme, el niño se acercaba a mí, sin darse cuenta de lo que estaba pasando. Sentí el pequeño dolor producido por mis dedos, pero no consiguió despertarme de esta pesadilla, mis recuerdos me estaban jugando una mala pasada. Entonces el niño me dijo su nombre, que por supuesto era igual al mío y me dio la mano. Sin saber por qué le di la mano, y no pude soltarla, me sentía tan bien, empecé a recordar mis manos de cuando era pequeño, las conocía a la perfección, eran esas, no había duda alguna. De alguna manera había viajado en el tiempo. Ocurrió algo más increíble aún, el niño se encendió de azul, se convirtió en un ente luminoso y me rodeo. Sentí que se me escapaba la vida, mi corazón se paraba, y entonces la luz se fundió con mi cuerpo. Cerré los ojos aterrado, y me refugié en la oscuridad que esto provocó, no quería seguir recordándolo, quería borrarlo de mi mente, pero era mi mente la que se iba borrando. Intenté abrir los ojos, pero no pude. Lo único que pude hacer es tocarme la cara, desesperado por saber que le había ocurrido a mis ojos. La respuesta fue sencilla, mis manos atravesaron mi cara como si del aire se tratase, ya no era un ser material, me había convertido en un gas, en una luz o algo así.. Lo primero que me vino a la cabeza fue que había muerto, mi corazón se había parado, y solo me quedaba mi mente, mi alma. Ahora si conseguí recuperar la visión, y para mi sorpresa me había convertido en una luz azul, parecida a como había quedado el niño antes de fundirse a mí, era transparente, fluorescente, incandescente, lo único que había cambiado en mi aspecto físico era la ausencia de mi pelo y que mis ojos se habían convertido en dos destellos rojos. El horror que me provocó mi nuevo aspecto hizo que saliera corriendo y me escondiera, para que nadie pudiera verme. Me resultaba tan raro darle ordenes a esta nueva entidad intangible, era tan diferente, esta nube azulada se movía con gran velocidad, ya no era yo mismo, una sensación dantesca llenaba aquel lugar, aquel parque, aquel paraje. A medida que me desplazaba iba dejando una estela que se desvanecía al instante, era una prolongación de mi sufrimiento, de lo que ya no se podía llamar "mi cuerpo". Ya no era yo mismo, me había transformado en algo sobre lo que me gustaba leer, en una figura sombría, por la cual hubiera dado una fortuna por ver y entonces me di cuenta, me había convertido en lo que a mí más me gustaba, en algo que yo había deseado ser, mis fantasías se habían cumplido, por fin... Dedicado a Howard Philips Lovecraft, escrito por ZC-Koga 7 de Septiembre de 2000.